7/9/08

Lunes 1 de Septiembre de 2008





Comparado con la magia de la visita a Palenque, el lunes fue un día de lo más anodino. El Panchán era un lugar estupendo para relajarse y charlar entre sonidos y aromas de naturaleza; pero pocas más actividades ofrecía que sentarse a tomar algo. Así que decidimos acercarnos al pueblo de Palenque, a cinco kilómetros por la carretera. Puestos a tomar el colectivo, preferimos ir caminando para hacer sitio al desayuno. Fue un paseo agradable, aunque los grandes árboles del parque de las ruinas quedaban atrás, dejando paso a ranchos de hierba y matorral. El verdor de Chiapas distaba mucho de la imagen que uno suele tener del México árido de los cactus, y es que en un país tan extenso como éste se puede encontrar la nieve, la selva y el desierto, la playa caribeña y la montaña más abrupta.

El pueblo de Palenque era feo y de construcción reciente. Pero valía la pena recorrer sus calles empinadas y el barrio del mercado, caminando entre el bullicio de la gente siempre adornado por mil fuentes de música que se mezclaban en un caos algo abrumador, en una atmósfera densa y vibrante. Al mercado acudían a vender las mujeres indígenas de las comunidades de los alrededores, vestidas con sus vistosas blusas y faldas de colores tradicionales. Para los nativos de esta región del mundo, el comercio es cosa de mujeres, por lo que mientras los hombres se quedan trabajando en las labores del campo, las mujeres llevan los productos a vender a los mercados. Imagino que estos pueblos antiguos y sabios llegaron hace mucho a la conclusión de que una mujer siempre es más avispada que un hombre.


En uno de los puestos compramos una mosquitera de cama. Con tanto bicho suelto por el suelo y por los aires, parecía una buena idea protegernos del exterior. Con la compra hecha, y después de mucho caminar, nos sentamos en un asadero de pollos a almorzar otra ración bien picante de lo que fuera. Un ranchero al más puro estilo texano nos habló de los lacandones cuando vimos pasar a dos por delante del restaurante, vistiendo sus camisones blancos, los hombres barbados y melenudos, con un aspecto primitivo y atemporal. Según nos decía, era increíble el cariño con que cuidaban sus bosques estos indígenas, y cómo el hecho de cortar un solo árbol era rechazado y penado por la comunidad. Nuestro amigo el ranchero valoraba este cuidado, y decía que allá en su rancho guardaba un buen pedazo de bosque virgen, porque las aves y los venados también tenían derecho a vivir, y disfrutaba viéndolos junto a sus hijos. La conciencia ecológica se ha ido extendiendo poco a poco por el mundo hasta rincones insospechados como éste; quién sabe si estamos o no todavía a tiempo.

En contraste sonaba de fondo una canción que repetía en su estribillo que “el presente es lo único que queda”. Me pareció una colosal síntesis del mundo que nos ha dejado el siglo XX: si ya es cierto esto en nuestras sociedades occidentales bien nutridas y abastecidas, cómo no lo será en este lado del mundo por el que viajábamos, tan repleto de problemas que nadie ya cree que tengan solución. Tras más de un siglo de luchas sociales, de idealismos e ideologías, de esperanzas en un mundo nuevo y mejor, la derrota de las únicas líneas de pensamiento y política que habían tratado de desafiar al orden eterno del capitalismo, habían dejado un vacío existencial en tantos pueblos acostumbrados a sufrir la miseria y el olvido. A lo largo del mundo, los pueblos habían dejado de creer en el futuro, y como decía la canción, sólo el presente queda. Y eso es tan peligroso… Una civilización que no cree en el futuro entra en una crisis de difícil solución. En Hispanoamérica es fácil observar a qué lleva: si sólo el presente tiene sentido, de qué vale estudiar, trabajar, labrarse un futuro sostenido por los pilares de la esperanza en algo mejor; llega el cumplimiento del deseo inmediato, que acaba significando el uso de la violencia para obtener lo que quiero, si hace falta matando a quien lo posee. Un paseo por las calles de Hispanoamérica sirve para darse cuenta de que sólo el ahora queda. Y después gobierna el miedo.


Volvimos al Panchán para pasear por la carreterita del bosque al anochecer. Los monos aulladores buscaban acomodo entre las copas de los árboles más altos, y las luciérnagas salían a volar de nuevo con las últimas luces de la tarde, cuando nos cruzamos con Oswaldo y Carina, dos chavales de la capital que trabajaban en uno de los hostales, y con los que charlamos largo rato mientras nos envolvía poco a poco la oscuridad. Oswaldo venía caminando descalzo y con una toalla liada como toda vestimenta. Él decía que los bichos huyen de las personas, y que no había problema en caminar sin calzado por el bosque, aunque siempre había casos de mordeduras de serpiente. Con esto no sabía yo si debía tranquilizarme, o si no debía volver a tener en cuenta la opinión de un mexicano, tal vez con un concepto tan diferente del mío acerca de la vida y de la muerte.
Nos hablaron de la universidad en la que habían estudiado en México DF, la Universidad Autónoma, que para mi sorpresa seguía siendo pública y gratuita, al alcance incluso de gente de extracción humilde. Supongo que era el último reducto de este tipo en todo el continente americano, en el que las clases altas habían sabido bien como perpetuarse en el poder, reservándose en exclusiva la formación y todos los escalones de la administración.

Como de costumbre, la noche se celebraba en el Don Mucho’s con música en vivo; algunas parejas salieron a bailar los sones cubanos como sólo ellos saben, mientras un aguacero refrescaba y armonizaba los aromas de la selva.
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Domingo 31 de Agosto de 2008

Cuando era niño me encantaba visitar con mi amigo David las chatarrerías que había alrededor de Teruel en busca de piezas con las que reparar nuestras bicicletas, o de tonterías varias con las que hacíamos inventos inútiles de todo tipo. Recuerdo una ocasión en que buscábamos una llanta, y el guardián de la chatarrería nos pilló in-fraganti. Creo que al principio me asusté, pero en unos minutos, aquel tipo ebrio con aspecto de vagabundo y un hálito del demonio nos estaba hablando tan tranquilo. No debía de recibir muchas visitas, y tal vez por eso se explayó con nosotros. Allí donde lo veíamos, cubierto de porquería hasta las orejas, con vedijas en lugar de cabellos, de joven había sido viajero y aventurero, había recorrido entre otros lugares el continente americano, y contaba historias de otros tiempos en los que una especie de esperanza en un inminente futuro casi mágico movía a miles de jóvenes del mundo, en una especie de hermandad que perdía la perspectiva y buceaba en lo esotérico, en las drogas indígenas, en las experiencias extrasensoriales. Según contaba, el lugar que más le había impactado y cambiado, de todos los que había visitado, era Palenque, un rinconcito casi salvaje de la selva mexicana donde no hacía mucho tiempo había sido descubierta la lápida de un antiguo rey maya que era representado manejando una nave espacial. Aquellos hombres volaban, nos decía mientras a duras penas conteníamos la respiración por el hedor que desprendía. Allí había probado las drogas indígenas, y había hecho sus viajes astrales. No sabría yo explicar cómo acabó viviendo entre la basura de un vertedero de Teruel. Tal vez aguardaba allí su revelación.

En su relato hablaba de árboles tan inmensos que no podía ver sus copas; de monos aulladores que se hacían dueños de la selva al amanecer. De ritos iniciáticos, de cascadas donde místicos de todo el mundo se bañaban entre espíritus de antiguos pueblos sabios.
Y allí nos encontrábamos al amanecer, por fin, caminando por la carretera que conducía a las ruinas, en la penumbra de esos árboles imponentes que tantas veces me había imaginado, sobrevolados por tucanes y mariposas desmesuradas. Por supuesto, jamás había dado ninguna relevancia al cuento místico de nuestro amigo el mendigo; pero había que reconocer que la atmósfera que se respiraba en el entorno de las ruinas era cuando menos interesante. Aún así, tal vez el turismo de masas había diluido definitivamente la magia de los años 60; los estudiosos no habían encontrado nada que se saliese del simbolismo clásico maya en la lápida del señor Pakal, echando por tierra la idea del astronauta que a tanta gente había atraído en peregrinación durante décadas. Seguíamos siendo vulgarmente corrientes en un mundo de piedras y barro. Pero la belleza permanecía inalterable.


Entre el escaso porcentaje descubierto, destacaban varios templos, como el soberbio Templo de las Inscripciones, una luminosa pirámide de líneas equilibradas y delicada estética culminada por un templo techado; allí descansaba la famosa lápida, aunque ya no se permitía ascender las empinadas escaleras para ver el prodigio. La selva seguía enseñoreada de la cara norte de la pirámide, y se ceñía por atrás anunciando unas montañas de brumosa belleza tropical que se encaramaban una tras otra hacia el interior.

Unos metros más al sur se levantaban los restos del gran palacio de los reyes de Palenque, con todo lujo de detalles aún en pie para poder situar a los personajes en su lugar. Era un extraño privilegio poder caminar por aquellas estancias exclusivas de la antigua estirpe desaparecida. Ver las losas de piedra elevadas sobre pilastras que hacían de camas reales; las ventanas con forma de T invertida que simbolizaban la complementariedad de lo vertical y lo horizontal, de la vida y la muerte como parte del todo y no como antagonistas. Por derrumbados pasillos se descubrían las letrinas, unas losas con un agujero que daba a un alcantarillado oculto bajo el suelo de piedra. Algunos relieves de estuco pobremente conservados permitían adivinar el aspecto de la familia que gobernó esta región. La deformación de cráneo a la que se sometían desde que eran a penas bebés, les confería de adultos un aspecto algo monstruoso, con el que seguramente se mostraban ante sus súbditos como una estirpe superior.


Los guías locales llevaban grupos de turistas occidentales a los que contaban una versión de la Historia que me parecía interesada y parcial. Por ejemplo culpaban a los españoles por las inscripciones que aparecían en el estuco de muchos muros del palacio. Se trataba de firmas en caracteres latinos de imprenta, que más podían pertenecer a alguien del siglo XIX o XX que a un español del siglo XVI, con sólo ver el tipo de letra. También era patente el hecho recurrente de referirse a los españoles como algo ajeno y lejano, como esos salvajes que vinieron, se lo llevaron todo y se marcharon; sin darse cuenta de que aquellos españoles a los que los sudamericanos actuales tachan de saqueadores y ladrones, se quedaron en esa tierra y allí siguen. Que se trata de sus ancestros; y no de los míos, que a lo largo de generaciones jamás salieron de su pueblo en las montañas de Guadalajara. Si hubo saqueadores fueron sus tatarabuelos y no los míos, y si hay alguien a quien culpar por los problemas de Hispanoamérica a día de hoy, es a los criollos de esos países, y no a los pobres nativos de la península ibérica, que ya tuvieron bastante con aguantar a sus propios reyes y dictadores en los siglos que siguieron a la independencia de las colonias de ultramar. Volviendo a Palenque, mucho menos sentido tenía mezclar a los españoles con los mayas, ya que cuando Colón llegó a estas costas, los mayas llevaban siglos desaparecidos, y sus ciudades abandonadas.

Pasado el palacio, un río sorprendentemente encauzado y enterrado bajo losas desaparecía antes de la plaza y reaparecía tras esta, cruzándola por debajo, tal cual lo habían dejado los mayas hace mil años. Siguiendo el cauce del río nos internamos unos cientos de metros montañas arriba en una selva vieja repleta de árboles monumentales, entre los cuales asomaban por todas partes las piedras de templos y viviendas mayas convertidos en meros montones de lajas naturalizadas por la vegetación. La mayor parte de la antigua ciudad seguía allí enterrada, guardando quién sabe qué tesoros. De vuelta a la zona excavada llegamos a otro grupo de templos, entre los que destacaba el pequeño pero hermoso templo del Sol, una pequeña pirámide coronada con unas espléndidas vistas del valle.


Mientras nos relajábamos sentados en lo alto de una de las pirámides, Susana escuchó una conversación entre unos chicos, y empezó a hablar con ellos. Gabriel, un chiapaneco de unos treinta y muchos, contaba la extendida historia de que los mayas venían de las estrellas, y por eso las adoraban; que llegaron de las Pléyades a crear un tiempo nuevo y a dejar un mensaje. Y que desaparecieron porque alcanzaron la perfección y pasaron a otra dimensión, un tipo de idea asiática tomada de bastante más allá de Yucatán. Según esta explicación, los muchos descendientes actuales de los mayas lo son de aquellos que entonces se encontraban en un estado espiritual más primitivo y no pudieron cruzar la puerta; me hubiera gustado saber qué opinan estos pueblos indígenas de esta explicación peregrina que los deja, digamos, un poco mal. El hecho es que sigue siendo un misterio por qué una civilización que construyó numerosas ciudades extensas y populosas, y alcanzó considerables logros arquitectónicos y un refinamiento cultural nada desdeñable, un buen día abandonó todo su legado a la selva y dejó como único rastro una colección de pueblos dispersos y atrasados. Una teoría más razonable y probable que la de Gabriel, sería que sencillamente vivían una vida insostenible, crecieron a lo tonto, y tal como nosotros hoy en día, acabaron por agotar los recursos naturales de los que vivían, viéndose obligados a abandonar la tierra quemada de sus ciudades para buscar alimento en lo que quedaba de selva virgen.


El calor nos había vencido de nuevo, y pasando casi por alto algunos otros edificios menos interesantes, salimos del recinto para volver en colectivo a por las mochilas, guardadas en la recepción de la posada de la noche anterior. Después de un almuerzo reparador nos cambiamos de cabaña, para estar más cerca del ambiente del Panchán, que bullía alrededor del Don Mucho’s. De nuevo una preciosa cabañita entre árboles y orquídeas; pero yo, que continuamente me reía del pavor que le tenía Susana a los bichos, y que andaba más o menos despreocupado por los senderitos, le tuve que dar la razón cuando nos topamos, cerca de la cabaña, con una serpiente roja y negra que bien podría haber sido la que llaman Coral, y cuya picadura envía al barrio de los mayas en un rato. A partir de ese momento anduve con más ojo por los oscuros caminitos del Panchán, a penas indicados por débiles lucecitas a un palmo del suelo que le daban un color de cuento de hadas, pero no permitían atisbar la abarrotada vida que lo poblaba.
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4/9/08

Sábado 30 de Agosto de 2008

Tengo un despertador que sólo funciona de vez en cuando. Tal vez debería comprarme otro, pero no sé cómo me las apaño para llevar siempre conmigo este trasto inservible. Y no creo que sea por haberle tomado cariño, tantas veces como me ha traicionado. Es el único reloj que tengo para el viaje; no es muy recomendable viajar por países como México con un reloj de pulsera medio decente asomando en la muñeca, pues es para los vampiros de las calles lo que los vidrios de colores para los cuervos. El caso es que nunca estoy seguro de qué hora es, ni de si me despertará por la mañana a la hora que le pedí para coger el autobús. Es una bonita incertidumbre que tal vez nadie entienda. En fin, aquella mañana teníamos que coger el transporte a Palenque a las 6:30 de la mañana, y amanecimos más tarde de las 8 con una galvana propia del calorón que ya apretaba. No quedaba más remedio que tomar el de las 10:30, así que con filosofía hicimos un desayuno completo en el porche de la cabañita.








El conductor nos cobró unos pesos menos de lo que nos habían dicho; claro, sin darnos los billetes, el dinero se lo metió directamente a su bolsillo. Cada pequeño gesto de este tipo da forma a estos países que nunca terminan de levantar cabeza del todo. La corrupción es un modo de vida, y alcanza todos los niveles de la sociedad, siendo una de las principales causas del subdesarrollo crónico que estos lugares de inmensas riquezas y extraordinarios talentos viven sin remedio. Y seguramente en esto tenía mucha culpa la heredada cultura española, la del trapicheo y la puñalada trapera.

Recorrimos unos 140 km de selva baja y reciente, con escasos pueblitos de a penas unas casas. En Escárcega nos dejaba este primer autobús, y de allí debíamos tomar otro para llegar a Palenque, el destino del día. Escárcega era un pueblo pequeño, pero un transbordo tan inmediato como el que conectaba sus dos localidades vecinas, Xpujil y Palenque, requería un paseo de casi dos kilómetros, desde la terminal de segunda clase hasta la de primera clase. Después de una caminata a la carrera pensando que no nos quedaba tiempo para enlazar con el siguiente autobús, aún tuvimos tiempo de comer y esperar en la terminal hasta aburrirnos. En fin, quién necesita un reloj en lugares como éste. Es cuestión de relajarse y disfrutar de las idiosincrasias locales. ¿No?

El autobús hacía parada en cualquier lugar en el que alguien le hiciera señas al conductor. Los indígenas subían al maletero puercos vivos en sacos, grandes bultos, y cualquier cosa que llevaran a vender. A las 6 de la tarde, quedándole aún mucha luz al día, llegamos al pueblo de Palenque, un sencillo y feo núcleo urbano crecido en las últimas décadas al calor del turismo que viajaba hasta aquí desde todo el mundo para poder contemplar la mítica ciudad maya del mismo nombre, que no distaba más que unos kilómetros montaña arriba. Allí había multitud de alojamientos, pero otros viajeros nos habían recomendado coger un colectivo y desplazarnos cinco kilómetros hasta el Panchán, un curioso lugar en medio de una selva exuberante repleto de cabañas y alojamientos escondidos en la espesura, que habían sabido respetar el entorno y crecer sin romper la magia y la armonía naturales. Cuando llegamos al Panchán comprendimos que el mero hecho de pasar unos días allí valía la pena, incluso obviando las ruinas que comenzaban un par de kilómetros carretera arriba. Por un laberinto de caminitos de tierra envueltos en un bosque imponente, se llegaba a unas cabañitas sencillas pero agradables. Tal era la cubierta vegetal, que la diferencia de temperatura con el cercano pueblo de Palenque era de más de 10 grados.









Árboles gigantes, arroyos cruzados por pasarelas de madera, lianas y orquídeas, flores tropicales en su esplendor de colores… y regados entre la Naturaleza, barecitos de inspiración hippy con multitud de viajeros charlando tranquilamente. Tras mucho buscar nos decidimos por uno de los pocos resorts con cabañas libres, que quedaba ya dentro del Parque Natural.

Después de acomodarnos y quitarnos el polvo del camino, salimos a caminar por la carreterita escondida bajo los brazos poderosos de aquellos árboles gigantes, que con la última claridad se llenaba de decenas de luciérnagas voladoras. Nada en comparación con la lluvia de miles de luciérnagas que yo viví en la frontera de Laos con Tailandia; pero para Susana era una experiencia nueva que la maravillaba.

Don Mucho’s era el punto de encuentro, un restaurante al aire libre techado por una estructura de palos y guano, donde casi todo el mundo en el Panchán cenaba disfrutando de la actuación de un grupo, sones caribeños y viejas trovas comprometidas de épocas pasadas en las que Hispanoamérica bullía de sueños y revoluciones. La luz tenue de las velas y el sonido del arroyo que lo rodeaba aderezaban aquel lugar de selva y sueños dulces. La noche podía alargarse hasta la mañana, pero nosotros preferimos irnos pronto a dormir. Nos esperaban las ruinas de Palenque, un lugar del que yo había escuchado historias desde que era un niño.
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3/9/08

Viernes 29 de Agosto de 2008

Madrugar tenía su recompensa; por un lado podíamos disfrutar del paseo por las ruinas con la fresca de la mañana, antes de que el horno se pusiera a hacer pan. Y por otro lado, así podíamos ver más algunos animales durante el recorrido y en las propias ruinas. Incluso las especies autóctonas evitan el calor del mediodía, y prefieren el amanecer o el atardecer para sus actividades.
Ezequiel llegó puntual. Era un padre de familia de aspecto tranquilo, diría yo casi de inspiración religiosa; daba confianza. Antes de partir pasamos por una caseta en donde preparaban unas empanadas de pollo para llevar, suficiente para disimular el hambre durante todo el día. Calakmul estaba en medio de la nada, o más bien del Todo que es la selva. Por descontado no había dónde comer o beber, y teníamos que llevarlo con nosotros desde el pueblo.

A esas horas Xpujil se desperezaba en medio de una bruma que difuminaba las precarias casitas de colores, rodeadas de terrenitos muy verdes en los que igual se acumulaba la basura que un coche desguazado, al lado de los postes donde colgaban sus hamacas para pasar lo peor de la tarde. Los niños acudían en grupos a la escuela, y los adultos, mochila al hombro, salían a trabajar sin prisa.

En seguida nos pusimos en marcha por una carretera rodeada de una selva joven, pura y espesa, sin grandes árboles, pero bien enmarañados. Algunos grupos de pavos reales salvajes se cruzaban por la carretera, por lo que Ezequiel conducía despacio y atento. Paramos junto a un árbol con marcas de cortes en la corteza; era el chicotzapote, el árbol a partir de cuya resina se extrae el chicle. Comimos sus frutos, con el aspecto de un kiwi redondeado y sabor a chirimoya terrosa. De esta región salía la goma que mastica el planeta entero, dando a nuestras aceras y calles ese aspecto punteado tan encantador.

Ezequiel nos preguntaba con curiosidad por España, por el coste de la vida, por los salarios; le hablábamos sobre el problema de la vivienda, de cómo unos pocos se habían enriquecido a costa de condenar a toda una generación a la esclavitud hipotecaria, o a dilapidar la mayor parte del sueldo en un alquiler excesivo. Se reía contándonos que en México no era difícil pagarle el alquiler a dos o tres mujeres, y así tener tantas como un jeque; eso sí, siempre que la esposa no se enterase. Según él, la región era humilde pero no conocía la miseria; quien más y quien menos se las sabía arreglar, y la comida no faltaba en ningún hogar.

Sobre las 9 llegamos a la entrada a las ruinas, sumergidas por completo en una selva inmaculada. Un caminito entre los árboles guiaba por los edificios principales. De los más de 10.000 detectados con radar bajo la tierra, sólo un 2% había sido desenterrado, prácticamente las pirámides mayores y los templos centrales. El caminito era prácticamente un laberinto en el que era fácil perderse, sin indicaciones ni mapa que permitiesen hacerse una idea del itinerario.


Primero ascendimos las pirámides más pequeñas, siempre de menos a más, como manda el sentido común; unos monos aulladores comenzaron, sobre las ramas de los árboles que escondían la antaño monumental plaza central, una ruidosa y agitada pelea. Numerosos grupos de aves, cotorras y tucanes, echaban a volar en la espesura y se dejaban ver de vez en cuando. De todas las pirámides escalonadas de la plaza central, dos enormes moles destacaban y asombraban por tamaño y perfección, aunque nos sorprendían por la ausencia de detalles escultóricos. Subir con el ya notorio calor era un ejercicio agotador, pero la vista que se dominaba desde la cima era grandiosa. Un mar de selva perfecta, sin una sola calva, se extendía hacia el horizonte en 360 grados, internándose hacia el sur en tierras guatemaltecas. De esta alfombra verde increíble surgían como montañas las principales pirámides de la antigua ciudad, sumergidas por los árboles casi en su totalidad. Incluso la pirámide gemela de la que habíamos ascendido, mostraba la piedra tallada solamente en uno de sus lados, restaurado y arrebatado a la foresta; las demás vertientes tan sólo parecían las de un cerro redondeado inundado por la maraña tropical.


La acrópolis, tras la plaza central, permitía imaginarse la vida más mundana de los linajes nobles de la ciudad. La base de piedra de sus casas construidas entorno de un patio central al que daban todas las estancias, había estado cubierta alguna vez por una palapa de madera y guano; no era difícil evocar una vida sencilla y cotidiana en aquellas gentes que vivían en un equilibrio precario con una tierra que, probablemente, los acabó expulsando de su seno por el agotamiento de los recursos. El declive de la ciudad de Calakmul fue precedido por la derrota ante la antagonista Tikal, al otro lado de la frontera de Guatemala. Una suerte de reinos atomizados se repartía las áreas de influencia, y en sus continuas disputas fueron labrando su propia decadencia. Bellísimas mariposas del tamaño de una mano revoloteaban por aquellos patios que antaño cobijaron intrigas y grandes hazañas de guerreros, ambiciones humanas de las que a la larga no quedan más que cascotes.


Susana seguía alucinada por su primera vivencia en la selva, por sus árboles enormes y sus criaturas asombrosas. Pero después de ascender la segunda pirámide gemela, el agotamiento nos había vencido, y decidimos que era hora de volver. Ezequiel nos esperaba en la caseta de entrada, había dormido una buena siesta durante nuestro paseo.


Después de comer en una taquería de la calle principal, nos regalamos una tarde de descanso en la cabaña, una siesta y una ducha fresca, mientras evolucionaba la tormenta de las tardes, y la oscuridad se iba asentando sobre las copas de los árboles. De nuevo despertaban los sonidos de la vida para darnos las buenas noches.

Jueves 28 de Agosto de 2008






Lo primero de todo era comprar los billetes para Xpujil, nuestra siguiente parada y punto de acceso a las ruinas mayas de Calakmul. En la ventanilla de la terminal de autobuses nos habían dicho que la única ruta salía a la 1:30 del mediodía, un autobús de primera clase bastante caro. Habíamos preguntado a la gente del pueblo, y nos hablaban de otros buses de segunda clase, económicos y con horarios más amplios; pero si en la estación nos decían que no existían, ¿qué más podíamos hacer? Compramos los billetes rascando de nuevo la cartera con pena, no había más remedio. Pero a eso del mediodía ya sabíamos que haberlos de segunda, los había; una vez más nos habían engañado, esta vez en la terminal, para vendernos el de la compañía más cara. Yo estaba acostumbrado a este tipo de rateros a pie de calle; pero no a que en la propia estación, o en la autoridad del aeropuerto, como nos pasó en la Habana, me vendiesen gatos por liebre. Teníamos que acostumbrarnos a esto, pero a mí se me estaban agriando las ganas de seguir viajando por un país tan bananero.

Para aprovechar las horas de la mañana decidimos volver a la playa Paraíso, a despedirnos por unas semanas del mar. De nuevo la única manera de llegar era mediante un taxi, y de nuevo todos querían cobrar mucho más de lo que sabíamos que en realidad valía. Tras varios intentos taxista a taxista, por fin obtuvimos el precio correcto, aunque sabíamos que a la vuelta no tendríamos tanto poder de negociación. Me empezaban a tocar las narices estos mexicanos. Estaba viviendo el tipo de situaciones de las que Pako, un viajero que conocí en Laos, contaba acerca de su estancia en Vietnam, mientras yo le insistía que viajando en bicicleta jamás me había sucedido nada parecido.

Al menos la playa Paraíso no dejaba de hacer justicia a su nombre. Estaba casi desierta, aunque el amanecer quedaba lejos ya. Con las gafas de buceo nos sumergimos de nuevo en el habitual colorido en movimiento, dejando en la arena nuestra mochila, y sin quitarle ojo de vez en cuando por si había que correr para recuperarla. Una majestuosa manta-raya de una envergadura de más de un metro, y dos metros de longitud se desplazaba como un ave que volase bajo el agua. Una espeluznante barracuda de un par de metros pasó justo por debajo de nosotros; estos bichos tienen malas pulgas, y en el Caribe causan peores encuentros que los tiburones, que por lo visto son en realidad bastante pacíficos. No sé cómo me las apañé para distraer a Susana señalándole un banco de peces azules, de modo que no se percatara de la presencia del depredador. No le hablé de ello hasta que salimos a la arena de la playa, creo que le ahorré un buen susto.

Durante varias horas nuestro autobús recorrió unas llanuras inmensas pobladas de un bosque algo reseco, pero esplendoroso. Algunas plantaciones de caña de azúcar, papaya y banana, recortaban de vez en cuando la selva, sobre la que no sobresalía ni el más mínimo cerro. Poco a poco dejábamos la costa para adentrarnos en el interior de la península. Todavía no teníamos experiencia suficiente con el país, así que un cierto estado de ansiedad me evidenciaba que no las tenía yo todas conmigo sobre el hecho de dejar la zona turística y adentrarnos en un pueblo del México profundo perdido en una carreterilla. Menos aún de llegar al atardecer, que es cuando en los lugares conflictivos de Hispanoamérica comienzan a salir a la calle los que yo llamo Vampiros.

Pero aun era de día cuando llegamos a Xpujil, y no parecía que atrajésemos más miradas que la de un taxista que esperaba en la puerta de la estación. Mi primera impresión, que muchas veces es una buena guía, no me producía ninguna desconfianza. Esto me tranquilizó un poco, pero no quise que nos expusiéramos tan pronto, así que pregunté al taxista por algún alojamiento económico, y al ofrecerme llevarnos por unos pocos pesos, ni me lo pensé. Nos acercó a unas cabañas a la salida del pueblo, algo primarias y no muy limpias, pero enclavadas en un precioso jardín tropical que crecía sobre una loma elevada desde la que se divisaba el mar de selva que se perdía hacia el horizonte, entre flores y sonidos de aves, ranas y grillos. Una estupenda tormenta se acercaba, y la selva bullía de excitación.


Con las últimas luces de la tarde salimos a pasear por nuestro primer pueblito auténtico, y disfrutamos de un café en la cochambrosa terraza de un puestito callejero, bajo un techo de lata sobre el que la lluvia se estrellaba con estrépito. Un altavoz algo saturado cargaba el ambiente algo barroco con cumbias mexicanas, mientras los amigos bromeaban, y alguna mujer indígena recogía la ropa de su puesto en el mercado. Era aquél un pueblo agradable y tranquilo, con casitas sencillas de las que se construyen en un rato, muchas de ellas en madera y tejado de chapa pintadas de vivos colores.


Queríamos emplear el día siguiente en visitar Calakmul, la segunda ciudad maya en extensión e importancia, y un sorprendente enclave en medio de la segunda selva más extensa de la Tierra, a la que todavía no había llegado el turismo de masas. Por eso, la única manera de llegar consistía en tomar un taxi del pueblo. Y negociar un buen precio con el conductor, ya que las ruinas estaban a 120 km de Xpujil, y el precio de partida que nos pedían era excesivo. Sabiendo cómo se las gastaban las mafias de los taxistas, no podíamos ir a la parada de taxis a negociar, ya que ninguno estaría dispuesto a rebajar el precio por miedo a las represalias de los demás. Más bien paseamos por la calle principal, y cuando encontramos un taxista aislado del resto, parado frente a la farmacia, entramos con gesto fingidamente distraído a dejarnos querer. No tardó en ofrecernos transporte a Calakmul, a lo que respondí que, en efecto, queríamos ir, pero como sólo éramos dos y no había más viajeros en todo el pueblo, se nos hacía muy caro lo que nos habían pedido, y por eso pensábamos marcharnos sin ver las ruinas. El regateo tiene éxito si se disimula el interés por el producto, y de esta manera conseguimos rebajar el precio, de los 800 pesos oficiales que para todos los demás eran innegociables, a los 500 por los que nos llevaría Ezequiel. Acordamos encontrarnos a las 6:30 de la mañana, y nos volvimos a nuestra cabaña.

A mí el trópico me resulta ya un viejo conocido, aunque no por ello deja de gustarme y motivarme. Pero Susana estaba maravillada por los aromas, por el concierto de sonidos que ofrecía la noche viva tras el aguacero. La contrapartida fue la propia vida del gran bosque: dos ranas de buen tamaño habitaban nuestro cuarto de baño, y alguien que yo conozco se fue a dormir sin pasar por el susodicho.

Miércoles 27 de Agosto de 2008

Habíamos planeado aprovechar el día haciendo varias visitas por los alrededores de Tulum: Muxil y Cobá, dos yacimientos arqueológicos mayas que parecían interesantes. Y acabar bañándonos en un cenote, una de esas piscinas naturales de origen kárstico que se forman cuando una gran bóveda subterránea se colapsa y deja, por debajo del nivel del planísimo suelo del Yucatán, un hueco por el que afloran aguas cristalinas.

Pero la mañana se torció de manera inesperada. Cuando Susana buscó su bolso, escondido entre la ropa de su mochila, para coger algo de dinero, descubrió que no estaba. Alguien había entrado, sin duda durante el tiempo que pasamos en Punta Alen, y se lo había llevado con unos 150 euros y su pasaporte, dejando todo tan ordenado que al llegar la tarde anterior no habíamos notado nada. Debió de ser una acción rápida, porque si el ladrón hubiese mirado en los escondites de mi mochila se hubiera podido llevar el doble de dinero y algún aparatillo de valor. Tenía que haber sido alguno de los viajeros de la pensión; especialmente sospechamos de unos norteamericanos de aspecto desarrapado cuya única actividad era tirarse en la hamaca del patio durante todo el día, y que casualmente se marchó al mediodía. Pero llegados a este punto era difícil probar o buscar, y nuestra única opción era decir adiós a los euros, y denunciar en la policía la desaparición del pasaporte, para poder seguir viajando sin ser detenidos por indocumentados. Lo cierto es que era la primera vez que me sucedía algo así en todos mis viajes, y me dolía que tuviera que ser justo en el primero que hacía, en muchos años, en buena compañía. Yo sabía que la posibilidad de que la endeble cerradura fuese forzada estaba ahí, y por ello siempre oculto cuanto puedo mi dinero dentro de la mochila, dentro tal vez de un calcetín sucio, que meto en la bolsa de la ropa, al fondo de la mochila… Pero no esperaba que nos pudieran robar en un lugar como aquel, con nuestra cabaña a la vista de todo el mundo.

De este modo se nos fue toda la mañana, con un mal cuerpo considerable, recorriendo las oficinas de policía del pueblo. Primero nos enviaron a la policía federal, a las afueras del pueblo. Y de allí al ministerio público, vuelta al centro. Cada cual cumplía su papel, ponía cara de circunstancias y anotaba lo que decíamos; pero por supuesto no pensaban si quiera acercarse por la posada a hacer un par de preguntas. En la oficina del ministerio público aguardamos más de dos horas nuestro turno. Un comisario sin una pizca de mezcla indígena tomaba nota de las denuncias que llegaban. Robos en casas particulares; una mujer agredida por su expareja; una señora que debía dinero a otra, y pedía que el plazo de devolución fuese ampliado, ya que el dinero con el que pensaba pagar se lo acababa de robar su propio marido… Historias cotidianas en un país complicado.


Con un cierto aire de superioridad, un paternalismo del que hacen gala las clases altas hispanoamericanas cuando tratan con el pueblo llano, y una sonrisa sarcástica, aquel tipo engominado que tomaba notas en su ordenador era el vivo reflejo del tipo de gobierno, o más bien de desgobierno, que padecen los pueblos de este lado del mundo, tan acostumbrados a tener que arreglárselas solos. Nadie iba a mover un dedo para detener a los que habían robado todas sus pertenencias a una pareja de aspecto abatido, o para buscar a quien nos había robado en la habitación; ni para proteger a aquella mujer ya madura que no tenía quién la defendiera de su exmarido. Las autoridades, en un país como éste, no están para ayudar a la gente, sino más bien para aprovecharse de ella con corruptelas y chantajes. La justicia sólo está al alcance del que puede pagar (y mucho) por ella. Es la ley de la selva, y el que quiere justicia no tiene más remedio que tomarla por su propia mano. La vida en estos países adquiere así un cariz de violencia generalizada, y el ciclo se hace más y más profundo en cada pasada, sumergiendo la espiral hacia el mismo infierno en que se vive ya hoy.
Saltaba a la vista que el Estado aquí no era más que una versión despótica y ridícula de los ya decepcionantes Estados europeos. A veces me resulta positivo vivir estas situaciones cuando viajo, para apreciar mejor cuánto de bueno tiene nuestro muchas veces menospreciado paisito, contra el que tanta rabia solemos gastar. Rabia justificada, pero seguramente exagerada, viendo las habas que cuecen por ahí.

Cuando por fin recibimos la copia de nuestra denuncia, con la cual Susana podría seguir viajando hasta que pasásemos por alguna ciudad con un consulado español donde solicitar un pasaporte nuevo, volvimos a la pensión a comer algo y descansar. No nos quedaban ganas de nada, tan sólo de dormitar un poco y olvidar el mal trago. Pero le quedaban muchas horas al día, y después de un rato pensamos que sería bueno relajarnos en un cenote próximo. Entre unas cosas y otras, el viaje estaba resultando más accidentado de lo acostumbrado; y aún teníamos que pugnar con los taxistas para que nos llevasen sin timarnos hasta el cenote, a unos 7 km de nuestra posada. Me estaban hartando ya…








Las penas se nos fueron nadando en las transparentes aguas azuladas del Gran Cenote, buceando entre peces plateados que entraban y salían de las oscuras simas que continuaban hacia el inframundo. Una luz espectral inundaba el agua, más luminosa que el aire dentro de las grutas, dándole un aspecto misterioso y extraño. Algunos grandes árboles creciendo dentro y fuera de la poza completaban una postal que ya debía deslumbrar a los antiguos mayas, que obtenían de los cenotes el agua fresca y potable tan escasa en esta región carente de ríos. Cuando se fueron los últimos bañistas, una tortuga de unos 40 centímetros de longitud salió a nadar desde la profundidad de la sima. Aquél era un lugar mágico.









No teníamos transporte de vuelta, así que comenzamos a caminar por la carretera. Al poco alcanzamos a una familia mexicana que se había estado bañando cerca de nosotros, y que hacía autoestop en la cuneta. Un camión de grava vacío nos recogió, y disfrutamos de la ventisca amontonados en el remolque, y agarrados como podíamos, esperando que el camión no encontrara a su paso un bache que nos mandase a todos por los aires.


Cenamos con nuestros amigos italianos, y con una viajera suiza que se les había sumado, y que dio pie a una conversación algo manida ya, pero que no deja de resultarme interesante por cuanto es muestra de la cantidad de gente que va tomando conciencia sobre un tema peliagudo. Parecía que en un país rico como Suiza, la gente no podía ser menos que feliz, y sin embargo tenía algunas de las tasas más altas de suicidios, y una especie de encabronamiento general que provenía de la soledad gris del individualismo mal entendido. La cultura occidental era de las pocas que llevaba siglos imponiendo la idea de que cuanto más se tiene, mayor es la felicidad. Y comenzaba a ser evidente que la visión oriental e indigenista de que es más feliz el que menos necesita, y no el que más tiene, tenía la clave acertada. Que en el individualismo el ser Humano está fuera de su elemento, que es en realidad la comunidad bien articulada. Occidente ha construido toda su civilización entorno a esta idea tan simple y destructiva del crecimiento ilimitado de la posesión y de la riqueza, agotando recursos y condenando al resto de los pueblos al sufrimiento y la miseria. Un modelo de vida que se nos fue de madre hace mucho. Y todo para, a comienzos del siglo naciente, darnos cuenta de que así no vamos a ningún lado, que nuestra cultura está entrando en crisis, en un declive del que no saldremos sin un cambio de paradigma.
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2/9/08

Martes 26 de Agosto de 2008

El desayuno estaba incluído en el precio de la posada, así que allí estábamos a la mesa de buena mañana, desperezándonos y ya enmohecidos por el calor y la humedad cuando el sol no había si quiera despuntado sobre los árboles. Con la galvana del que no termina de hacerse al clima, los pómulos caídos y las piernas entre perras y romas.

En estas se acercó Giulianno a preguntarnos si teníamos planes, o si mejor nos apetecía apuntarnos con ellos a una excursión en coche por la reserva natural de Sian Ka’an. Habíamos leído en la guía que este lugar tenía unos rincones bellísimos, pero lo habíamos descartado porque la única manera de visitarlo parecía ser pagar un tour, por supuesto, exageradamente caro. Giulianno y compañía tenían un permiso para poder pasar con su coche alquilado, así que en seguida nos buscamos hueco en su combi. Gabriele había rodado por las escaleras de la cabaña la noche anterior, y con un aparatoso vendaje no podía a penas caminar, por lo que se quedó en la pensión y nos cedió su sitio en el coche.

Durante más de una hora seguimos el camino de tierra, relativamente en buen estado, que circulaba no lejos de la linea de la playa, oculta tras la espesa vegetación de manglar y bosque bajo. Los primeros kilómetros estaban ocupados por dispersos hotelitos compuestos de cabañas perfectamente integradas en la espesura, con detalles acordes con el entorno que sabía conservar. Era el lugar perfecto para que cualquier pareja pasara una luna de miel, supongo, aunque a un precio acorde, muy elevado y fuera de nuestro alcance. En el auto charlábamos y nos íbamos conociendo. Arianna y Paula me sorprendían por atentas y educadas, por elaborar cada momento para crear un ambiente armonioso que invitaba a la conversación relajada. A penas habíamos hablado un par de noches antes del sueño, y ya nos hacían sentir como amigos de toda la vida. Mauriccio, el novio de Arianna, fue al principio algo más reservado y serio, pero poco a poco pareció tomar confianza, y cuando un día después nos despedimos, yo ya me había dado cuenta de que desprendía una nobleza de la que no se toma la amistad a la ligera, y acaba siendo la fortuna de quien lo tiene como amigo.


En la playa de Punta Alen nos dimos un baño antes de almorzar. Era un pueblo de pescadores con calles de pura arena de playa, a la sombra de los cocoteros. Ninguna de las casas era mucho más que una colorida cabaña anclada sobre la arena, con mucho espacio alejándola de las demás; y las barquitas se alineaban en el frágil embarcadero de la playa, construído de madera sobre pilotes. Esta playa no era de las más limpias que habíamos visto; estaba claro que aquél era un lugar donde vivía la gente, y la basura afeaba de vez en cuando un rincón sencillamente hermoso. Pero el conjunto formaba una postal de paraíso tropical. Mauriccio salió del agua con una enorme estrella de mar para mostrarla antes de devolverla al lugar del que la había traído. Nunca habíamos visto algo así, ni imaginába yo que una estrella de mar pudiese pesar casi dos kilos.


Después de comer en el pueblo preguntamos por algún lugar para bucear por nuestra cuenta, y un pescador me habló de Punta Pelícanos, unos kilómetros hacia el norte. Nos costó encontrarlo, pero esto lo convirtió en una estupenda ocasión para disfrutar de una auténtica discusión entre italianos, algo que siempre resulta entrañable. Es que da gusto verlos enfrascados.


Punta Pelícanos era una playita olvidada, en la que había encontrado refugio una colonia de pelícanos y otra de fragatas, que se zambullían contínuamente en el agua pescando su comida. No era el arenal más bello, aunque la vegetación surgía como una maraña tras la escasa linea de playa; pero dentro del agua una explosión de vida y color nos aguardaba: variedades de peces sin fin, una caracola gigante de color rosa brillante habitada por un enorme molusco de aspecto extraterrestre; una escalofriante barracuda con su aspecto agresivo y sigiloso en el bosque submarino que nos asustó hasta el punto de escondernos tras unos corales, para ignorarnos y pasar de largo; un pulpo escondido en una torre de coral, … Pasear por entre aquel paraíso escondido era un privilegio del que había que ser consciente. Ya era oficial, Susana se había aficionado al buceo.

Faltaba poco para el atardecer, y volvíamos hacia el coche, cuando un tipo canadiense que disfrutaba de las vistas que ofrecía el mar desde su jardín, comenzó a charlar con Stefania y Arianna. Nos invitó a ver atardecer desde la terraza de la casa, y aunque no era fácil comprender su inesperada hospitalidad y más de uno comentó su desconfianza, acabamos comprobando que valía la pena ascender la empinada escalerilla de madera que accedía, a través de una agujero en el suelo, al tejado de la casa. Al salir, de pronto se alcanzaba un increíble mirador elevado sobre un entorno iluminado por el sol muriente, con vistas sobre un bosque infinito que sólo se interrumpía al llegar a la playa por el este, y al enorme lago que aparecía tan sólo unos cientos de metros al oeste; a norte y a sur llegaba en un plano perfecto hasta la linea curvada del horizonte, que se difuminaba con la humedad en que se veía envuelto. Mientras disfrutábamos de un atardecer especial allí encaramados, Twain, que así se llamaba, nos hablaba de su vida. A sus cincuenta y muchos años abultando su barriga y blanqueando su barba de Harley Davidson, este era el primer canadiense que me hablaba mal de su país. Hablaba de Vancouver como de un paraíso perdido, donde la violencia y la lucha por el control del narcotráfico habían transformado la antaño tranquila y agradable ciudad en un infierno de balas perdidas y miedo. Por añadidura, Twain había perdido a su mujer e hija en un accidente de tráfico, y en aquel lugar aislado disfrutaba de la soledad y de viajeros ocasionales, de atardeceres y noches al raso refrescándose con el viento del mar, para tratar de escaparse de su pasado de recuerdos, y reubicarse de nuevo en este mundo extraño.


Se hizo más larga la vuelta, por un camino por el que era difícil conducir: unos enormes cangrejos de tierra invadían el firme en su peregrinación diaria en busca de comida, y no se podía ir demasiado deprisa si no se quería reducir su población a la mitad. Acabamos el día cenando juntos un buen plato de pasta italiana, receta de Paula, que preparamos en la cocina de la posada, y hablando hasta tarde con una familiaridad que hubiera dado la impresión a cualquiera que nos viera, de que nos conocíamos de mucho más tiempo.

Lunes 25 de Agosto de 2008







A diferencia de otros enclaves arqueológicos de México, Tulum había sido recuperado de manos de la Naturaleza a base de hacha y machete, así que en lugar de estar protegido por la sombra de la selva, se quemaba bajo el insoportable sol del trópico. Por eso habíamos pensado que valía la pena madrugar y acudir a la misma hora de apertura de las ruinas, y evitar tal vez lo más caluroso del día. En la avenida principal compramos unas empanadas para pasar el día, y un par de litros de agua. Volvimos a hacer el recorrido del día anterior caminando desde el cruce por la carreterita del bosque que ya a las 8 de la mañana hervía sin compasión. Aquél era nuestro primer contacto con los misteriosos mayas, y por eso nos tomamos todo el tiempo del mundo para recorrer el espacio relativamente reducido del que fue pueblito portuario más de una docena de siglos atrás. No era ninguno de aquellos un edificio portentoso. Más bien se trataba de estructuras pequeñas, de escasa altura, construidas sin demasiada idea; las hileras de piedras irregulares no trataban de formar lineas horizontales que le dieran equilibrio a la estructura. Su disposición desordenada explicaba que la mayoría de los edificios estuviesen hechos añicos sin mediar saqueo o conquista, que no fuera la del tiempo y el olvido. Algunos relieves de estuco eran aún reconocibles en la fachada de uno de los templos. En su mayoría, estos templos habían tenido usos astronómicos relacionados con el Sol, Venus, y algunas constelaciones con un simbolismo especial para los mayas.


La mayor parte del espacio estaba ocupado por muros de escasa altura que delimitaban estructuras elevadas a penas medio metro del suelo, con unas escaleras frontales como acceso a las viviendas de madera y guano que alguna vez se habían asentado en ellas. No era difícil imaginarse una plácida vida en aquellas callejitas jalonadas de cabañas, en un promontorio de roca sobre un mar de belleza inigualable. No era difícil imaginarse muchos siglos después del esplendor maya, a los descendientes de aquellos asomarse al acantilado para divisar, atónitos, a los primeros barcos españoles que venían del oriente para traer el final de un mundo. Aquellos españoles compararon la linea de la ciudad con la de Sevilla, tal vez por las torres que aparecían sobre las rocas.

A los pies del templo principal, que seguramente daba la bienvenida al sol cada mañana en alguna ceremonia ya olvidada, se abría una pequeña playa a la que se podía bajar por una escalera de madera. Caminando despacio, curioseando cada perspectiva y cada iguana que trepaba por las viejas piedras, se nos había hecho mediodía. La playa era la tentación perfecta para los dos calcetines sudados que estábamos hechos Susana y yo. Sin quitarme si quiera la ropa, me metí de cabeza en el agua.

La playa estaba abarrotada de los muchos turistas que habían venido a ver Tulum, así que era difícil imaginarse aquel marco de belleza inusitada con sus niños mayas corriendo por la arena, o con las embarcaciones de caña y madera varadas en la playa o recorriendo los acantilados para comerciar con otros enclaves al norte y al sur. La mejor vista, y tal vez la más evocadora para mí, era la que se disfrutaba desde unas decenas de metros mar adentro.


Cuando ya estaba todo más que visto, decidimos dejar las ruinas y volver a la playa idílica de la tarde anterior, pasada la muralla de Tulum. Veníamos con la idea de tantear precios para hacer una excursión en barca a los arrecifes mar adentro, y hacer snorkel entre peces y corales. Uno de los muchos propietarios de barcas nos hizo un buen precio, y sin pensarlo mucho nos decidimos. A trescientos o cuatrocientos metros de la playa, el mar de aguas cristalinas se hacía más somero hasta que el fondo se elevaba y tocaba la superficie del agua. Era el arrecife coralino, y un espectáculo para nadar con unas gafas de snorkel. Yo ya había buceado en el Mar Rojo de Egipto, un paraíso del color y las formas; pero Susana se iniciaba prácticamente aquella tarde, y se llevó una bellísima sorpresa. Decenas de especies diferentes de peces coloridos, numerosos bancos nadando al unísono entre corales y recovecos de las rocas; extrañas criaturas que nos miraban tal vez con una curiosidad semejante a la que los observaba. Un mundo extraterrestre bien dentro del nuestro, un desconocido que habita cerca de nosotros y que solemos ignorar. En el siglo de la tecnología que acabó con todo bicho viviente sobre la faz de la tierra, sólo en el fondo del mar se podía deleitar la vista con la abundancia y la variedad de la vida, con la miríada de seres armoniosos en agitada existencia, en frenética actividad.

De nuevo había sido éste un día completo, y volvíamos a la pensión agotados pero encantados, con mucho de lo que hablar y comentar. Después de mucho tiempo viajando solo, se me hacía agradablemente extraño poder compartir un día repleto de sensaciones, y la charla que tiene que seguirlo para poderlo saborear como se merece. La única pega de ir dos era el riesgo de cerrarse a la gente, y no buscar activamente el conocer a otros. Cuando se viaja solo no hay más remedio que abrirse al exterior y ponerse a hablar con todo lo que se cruza en el camino (lo digo así porque he hablado con cabras en Tailandia tras mucha soledad…) Pero acompañado, esta necesidad está cubierta.

Para evitar este aislamiento incosciente, al volver a la posada nos sentamos un rato con nuestros amigos italianos, que ya empezaban a sernos cotidianos. Formaban un animado grupo de viejos colegas viajando en un coche alquilado y, a punto de terminar sus tres semanas de viaje por el sur de México, tenían mucho que contar. Giulianno y yo encontramos en común muchos recorridos pasados, y la idea de dejar algún día Europa y su frenética y su estética y su dialéctica, para tratar de vivir de una manera agradable y sencilla en Asia. Con gente que se conforma con poco, que sonríe tenga o no tenga, que es feliz con ver felices a los que le rodean. Que no envidia, ni roba ni mata por lo que no tiene, y vive la vida con la perspectiva, la dulzura y la relatividad que se merece. Era un tipo interesante, Giulianno.

29/8/08

Domingo 24 de Agosto de 2008

Susana intentó de nuevo localizar al tipo del buceo en su oficina a primera hora de la mañana, sin éxito. Al menos ya teníamos su teléfono, y le llamamos después de desayunar. Nos dio cita para tomar algo y charlar casi día y medio después. No tenía sentido seguir allí por tan poca cosa, así que decidimos marcharnos a Tulum, un pueblito en la costa conocido por las ruinas de una antigua ciudad portuaria maya construida en un acantilado sobre la playa, una de las postales más idílicas del México de los circuitos turísticos.

En un país como México, donde cualquiera va a intentar engañar al extranjero cobrándole el doble por cualquier cosa, desde el billete de autobús hasta los caramelos de la tienda, es una sana costumbre preguntar a alguien que nada tiene que ver con aquello de lo que se está buscando información, por el precio habitual de lo buscado. Es decir, aquella mañana, por ejemplo, antes de tomar el transporte a Tulum preguntamos al recepcionista de la posada cuál era el modo más económico de llegar a Tulum, y qué precio tenía. Los colectivos, esas furgonetas adaptadas para transportar viajeros en cortos recorridos, de un modo más o menos anárquico, que abundan en Hispanoamérica, costaban 20 pesos; y el autobús regular 45. Evidentemente fuimos directos al colectivo; el tipo que lo conducía en seguida nos ofreció acomodo para Tulum. Pero el precio no era el legal, sino 35 pesos. Hasta aquí bien, siempre tratan de aprovecharse del que lleva una mochila; pero en otros países, con contestarle que todo el mundo sabe que son 20 pesos, hubiera bastado para que con una sonrisa nos dejase pasar por ese precio. Aquel tipo de bigote bien recortado y grasiento, que lucía al cuello una gruesa cadena de oro a juego con su reloj, también de oro, y un sombrero de vaquero al más puro estilo western bajo el que cobijaba unas impecables gafas de sol de marca, sin más perdió los modales para decir que en nuestro país ganábamos mucho más que en México, y que por tanto teníamos que pagar más. Con desaires nos dijo que si no nos gustaba así, podíamos ir a pie. Ya no era por pagar 15 pesos más, que no llega a ser un euro; sino porque me repugna ser tratado como un gringo estúpido. Sin decir más tomamos la calle que llevaba a la terminal de autobuses, y tomamos el de 45 pesos, más caro, pero regulado. Era cuestión de honor. En unos pocos días me estaban empezando a caer mal estos mexicanos.

Una hora de autobús más tarde nos bajamos en la calle principal de Tulum, la carretera general, que lo cruzaba por el medio. Aquél era el típico pueblo sin sombra azotado por un sol polvoriento, de construcciones sencillas de hormigón de poca altura, que lo mismo servían como viviendas que como tiendas de alimentos, farmacias abiertas a la calle, o taquerías donde entre fuerte olor de asado y parrillas humeantes, el sudor hervía en los rostros curtidos por el sol. El pueblo distaba unos kilómetros de la playa y las ruinas, pero era el centro de alojamiento de los viajeros de bajo presupuesto, aunque no por ello dejaba de inflar los precios hasta lo absurdo, sobre todo teniendo en cuenta que el salario medio mexicano no pasaba de los 200 euros mensuales.

Tras la usual búsqueda calle por calle, acabamos decidiéndonos por una pensioncita apartada de la ruidosa carretera, que alquilaba unas bonitas cabañas de madera construidas alrededor de un patio techado con una estructura de madera más grande, abierta al viento y salteada de hamacas y tumbonas. La atendían dos indígenas chiquitas y encantadoras, algo ya entradas en años, que creaban un ambiente familiar y relajado con los pocos viajeros que allí nos encontrábamos.

Después de comer tomamos otro colectivo para ir, a poca distancia del pueblo, al cruce del que salía el camino a las ruinas de Tulum y a la playa adyacente. La mafia local, formada entre otros por los taxistas, monopolizaba el transporte de turistas en este tramo, por lo que ningún colectivo o autobús hacía el recorrido a partir del cruce. La opción era pagar un buen montón de pesos a un taxista, o caminar un par de kilómetros por un bosque cocido por el sol. No estábamos por derrochar, así que disfrutamos del paseo entre iguanas, lagartos y aves de plumaje azul. Las ruinas aparecían majestuosas y evocadoras justo antes de la playa; pero habíamos decidido emplear la tarde en el mar y dejar a los mayas para la mañana siguiente. Seguimos caminando otro par de kilómetros rodeando la vieja muralla maya, tras la cual se podía acceder a una idílica playa de cocoteros moldeados por el viento del Caribe, ancha, blanquísima y muy extensa, tras la que se abría un mar inventado por algún poeta.
Se nos murió el día disfrutando del espectáculo, con las ruinas de Tulum al borde del acantilado que se veía hacia el norte; paseando por la orilla del mar, bañándonos en sus aguas transparentes. Respirando un viento húmedo que llegaba del océano.


Pensando que tras la puesta del sol los mosquitos podían adueñarse del bosque, antes de que esto sucediese volvimos a atravesar las pequeñas dunas deslumbrantes tras los cocoteros, y la explanada de cabañas circulares pintadas de colores suaves y sombreadas por sus tejados de guano bajo las palmeras.

Era de noche cuando regresamos al pueblo, y después de una buena ducha salimos a buscar donde cenar por las callejas que se escondían tras la principal, evidentemente turística y sobrepreciada. No tuvimos que caminar demasiado para encontrar una taquería, con un ambiente autóctono inconfundible. Susana era la única mujer entre varios hombres que bebían en silencio en las mesas, mientras observaban sin demasiado entusiasmo, en un ambiente indiferente y parado en el tiempo, los videos musicales de corridos y rancheras de la televisión. Nos habían mirado todos con un gesto de sorprendida curiosidad al entrar, pero tal vez juzgando que no había mucho interés en nuestra presencia, parecieron ignorarnos durante el resto de la cena.


Conocimos en otro local a una pareja de mexicanos que pasaban una semana de vacaciones haciendo un recorrido por Yucatán. Las mesas estaban llenas, y el mesero nos preguntó si teníamos problema en compartir la nuestra con ellos, así que de pronto una animada conversación estaba servida para empezar a conocer a las gentes de México. Para completar el día, al regreso a la pensión conocimos a un grupo de varios italianos con un español bastante reconocible, y con los que en seguida congeniamos. Un detalle bonito de los viajes es el estado de apertura mental con que se sale al mundo, y que permite en poco tiempo darse a la charla, en situaciones distendidas y agradables, con personas variopintas cuyos puntos de vista enriquecen los propios. Uno de ellos, Giulianno, era un viajero de fondo que, como yo, cada pocos años dejaba el trabajo para, con lo ahorrado, vivir aventuras allende los mares. Estuvimos de acuerdo en considerar a nuestros respectivos países como los menos aventurados del mundo occidental; existe tal cultura de la estabilidad laboral (que por el contrario en la práctica desapareció hace mucho), que lleva a que el entorno social vea como una locura intolerable el sacrificar un prometedor trabajo (ja, ja) por conocer mundo. Esto, que es frecuente en los países anglosajones y escandinavos, en España e Italia se vuelve extraño e inusual. Y pensar que existe un mundo de sorpresas más allá de la Puerta de Alcalá…

Sábado 23 de Agosto de 2008

La impresión de los primeros días nos estaba asustando en lo crematístico, por llamarlo de alguna manera que no suene a lo que es: que sólo podemos viajar si es a un coste ridículo, y México estaba superando todas las espectativas. No sabíamos si la causa era la proximidad de Cancún, el hecho de que todo este litoral fuese el destino de vacaciones preferido por la clase media mexicana; o si bien todo el país resultaría así de caro. Estábamos pagando precios casi españoles por el alojamiento, la comida y el transporte. Con un proyecto de viaje económico, como no podía ser de otro modo en nuestro caso, esto nos conducía a tener que reducir al mínimo los caprichos, y optar siempre por lo más cutre para dormir o para comer. Nuestro siguiente destino era Playa del Carmen, destino del turismo local y extranjero más refinado que el de Cancún; y antes de subir al autobús por la mañana yo estaba ya nervioso pensando que a este ritmo de gasto no llegábamos al final del viaje sin tener que pedir en alguna esquina. Sin duda, este era el lugar más caro por el que yo había pasado en mis viajes.

Tras una hora de autobús hacia el sur, llegamos a Playa del Carmen. En contraste con el casi desierto y tranquilo Puerto Morelos, nuestra siguiente parada aparecía repleta de turistas europeos y norteamericanos, que paseaban por sus calles comerciales abarrotadas de artesanías, joyerías, telas típicas y ropa, centros de buceo, restaurantes finos y hoteles de autor. El ambiente era barroco, y daba la espalda a la luminosa y espectacular playa que aparecía de vez en cuando al final de sendos accesos enarenados. Bajando hasta el mar se veía en el horizonte, tras unos kilómetros de mil matices turquesa, una plana silueta, la isla de Cozumel, con sus moles de apartamentos estropeando el paisaje de cirros blancos y algodonosos que formaban torres deslumbrantes en el cielo.

No era aquél uno de los lugares donde queríamos emplear nuestro tiempo de viaje. Como paraíso del turismo organizado, ni el ambiente ni el tipo de turistas que podíamos encontrar nos ofrecía interés alguno. Sin embargo, a Susana le habían dado un contacto de utilidad en esta ciudad, un tipo español que tenía aquí un negocio de actividades submarinas; parecía una buena idea tratar de conseguir un buen precio por un bautismo de buceo, por ejemplo, en el arrecife de coral que distaba pocos cientos de metros de la playa. Con las mochilas a cuestas caminamos durante un buen rato por toda la extensión de la ciudad, que poco a poco se iba alejando del turismo para adoptar un aspecto más desolado y autóctono, con solares escombrados y casas bajas de techos de lata junto a comercios impersonales de los que salían bocanadas del aire acondicionado cuando alguien abría la puerta. Tanto caminar para nada, ya que al llegar al negocio del tipo que buscábamos no había nadie. De hecho, más que un próspero establecimiento para turistas, parecia un destartalado almacén con algunos vidrios de la puerta rotos, en perfecta armonía con el barrio. No había peligro, pero me empezaba a mosquear el que Susana atrajera la atención más de la cuenta; y eso que vestía ropas anchas disimulando al máximo su silueta. Así que era cuestión de volver hacia el centro y al menos dejar las mochilas a buen recaudo. Tal vez el cine y el turismo globalizado han hecho mucho daño presentando en todo el mundo el modelo de mujer europea y blanca como la belleza por antonomasia. Para los mexicanos de calle, más bien chaparritos, de cuello corto y tez oscura, cualquier mujer europea desplazaba de su atención a las mexicanas. Y no precisamente en una manera agradable.

Cuando regresamos cerca del centro se había pasado el mediodía, y no nos apetecía seguir de peregrinación. Encontramos una de esas típicas posadas de viajeros, cutre y colorista, con escaleras empinadas de madera, terrazas acolchadas y sucias con techados de guano, y catacumbas con mesas y paredes forradas de fotografías de tantos como por allí habían pasado. La habitación daba a la terraza del primer piso, y a unas duchas compartidas con un aspecto tirando a desolador. La cama era tan sólo un jergón en el suelo, y la higiene misión imposible. Pero la otra opción era un hotel de demasiados euros como para poder tirar durante dos meses, así que hicimos de tripas corazón, y nos acomodamos como pudimos. El sol nos había horneado, y los rodales de salitre del contínuo sudor del día se asomaban por la camiseta. Lavar la ropa y ponérsela empapada garantizaba un cierto alivio al calor durante al menos diez o quince minutos, el tiempo que tardaba en secarse sobre la piel, brevemente, antes de recalentarse y volverse a empapar en sudor.


Después de un almuercito seguimos un instinto más allá del pensamiento, y sin saber cómo ni cuándo, aparecimos ya dentro del caldo caribeño, azotados por unas olas agitadas por una preciosa tormenta que crecía sobre la isla de Cozumel, y que desafortunadamente nunca llegó hasta Playa del Carmen.

Después de todo, el pueblo, por más artificial y turístico que fuese, estaba construído con buen gusto, y ofrecía un paseo agradable entre las tienditas, demasiado caras para comprar, pero suficientemente bonitas como para curiosear. El atardecer llegó cuando, sentados junto al mar sobre un espolón al final de la línea de costa de Playa del Carmen, disfrutábamos de las cambiantes tonalidades del mar. Un par de recién casados, vestidos según la tradición occidental más peliculera, posaban con dificultad ante el fotógrafo sobre la arena de la playa, mientras entre todos no daban abasto para sostener la cola del vestido de novia que entre la arena y el viento daba más guerra de la necesaria.

El calor seguía rindiéndonos; todavía inadaptados, teníamos el cuerpo hinchado, los pies doloridos, la ropa siempre mojada y el ánimo casi vencido. Aunque la pensión hubiera sido un lugar estupendo para conocer viajeros e intercambiar impresiones, nos conformamos con tumbarnos a dormir cuando la vida nocturna no había ni empezado.

Viernes 22 de Agosto de 2008




Yo había aprovechado cada momento del interminable trayecto desde España para dormir, por lo que más o menos ya estaba adaptado a la diferencia horaria cuando me desperté con el amanecer. Sin embargo Susana, alterada como estaba por el inicio de la pequeña aventura en México, llevaba sin dormir casi dos dias cuando se fue a la cama; y no tuvo pereza en levantarse con las primeras luces para empezar a empaparse de Yucatán. No me podía creer que no estuviese deshecha y deseando dormir hasta las doce. Aún no habíamos desayunado cuando, paseando por la placita del pueblo comenzó observando, y acabó uniéndose, a tres mexicanos de aspecto bohemio y maduro que, vestidos de un blanco impecable, hacían tai-chi para dar la bienvenida al nuevo día. Ellos nos contaron dónde podíamos bucear por nuestra cuenta, y en seguida volvimos a por las gafas para hacerlo.

La playa comenzaba al final de una callecita peatonal enarenada por el viento que llevaba a un pequeño faro que había quedado abandonado tras haber casi sucumbido a la furia del huracán Wilma. En la actualidad, inclinado cual torre de Pisa sobre su base mal enclavada en la misma arena, representaba tan sólo un mudo testigo de la devastación que sufrió todo el litoral de Yucatán. Alguien había colocado unos azulejos con la imagen de una virgen en uno de sus muros; no supe si para pedirle protección, o para pedirle cuentas por haberse dormido en su momento.

Las playas del Caribe se convierten en un horno no más tarde de las 9 de la mañana, y la luz de un sol siempre cerca del cénit ciega los ojos al reflejarse sobre la arena blanquísima formada por la abrasión de conchas y corales. No habían arruinado demasiado la playa al urbanizar aquella costa con pocas alturas y detalles de buen gusto, pero sin una mala sombra en que cobijarse pasamos casi toda la mañana dentro del agua, que lejos de refrescar daba la sensación de caldear más la piel, pero seguía siendo la mejor opción. Juraría que yo sudaba bajo el agua. Susana vio sus primeros peces tropicales entre las rocas que rodeaban el Ojo de Agua, teóricamente un manantial submarino a pocos metros mar adentro. No pudimos encontrar el supuesto manantial, pero sí una rica vida submarina, colorida y cadenciosa. Al final de un largo paseo por la arena llegamos a otro embarcadero de madera que penetraba en el verde turquesa del mar, y con las gafas de snorkel hicimos una segunda visita al inframundo. La habitual variedad de peces se veía eclipsada por un gigantesco banco de, seguramente, varios cientos de miles de pececillos de la misma especie que nadaban al unísono en una extraña nube viva a la sombra de la estructura de madera.

No podíamos marcharnos sin hacer una visita al legendario Cancún, así que después de comer otra buena ración de tacos bien grasientos, tomamos un autobús al cruce, y de allí otro hasta la ciudad. La geografía de la costa yucateca es tan absolutamente plana como que se trata del lecho emergido de un mar somero que retrocedió hace un par de millones de años; así que el recorrido ofreció poco atractivo a parte del bosquecillo de escasa altura, y en esta época del año reseco, que cubría la estéril y blanquecina caliza.

Cancún era un despropósito de cemento, de esos que adoramos los occidentales y sus simpatizantes. Sin a penas sombra, el sol caía como una losa sobre la espalda. Recordaba el urbanismo norteamericano que todos conocemos por las películas; un insufrible estrato de hormigón y asfalto pensado para los coches y no para las personas, donde cualquier lugar está demasiado lejos para caminar. Donde cruzar una calle es un ejercicio arriesgado que puede llevar tiempo y causar buenos sudores. Los centros comerciales, tiendas de lujo y franquicias de ropa ocupaban este insólito recorte de tierra arrancada al bosque caribeño. Nativos americanos, mayas de corta estatura vestidos con sus ropas tradicionales, deambulaban por el laberinto, tratando de vender sus productos de artesanía a los turistas que los miraban como a algo exótico pero fuera de lugar. Perdidos en su propia tierra, extranjeros en su casa ancestral. Antes del atardecer volvíamos de camino a Puerto Morelos, a disfrutar por unas horas de un rincón más humano que aún conservaba un toque de sabor mexicano. En nuestra posada ya habíamos congeniado con varios huéspedes oriundos, que nos hicieron sentir como en casa, y nos recomendaron lugares para visitar y playas que no nos debíamos perder.

Jueves, 21 de Agosto de 2008

No quedaba ya mucho para la hora de embarque, y el vuelo no tenía retraso. Nadie nos había avisado, ni en persona ni por megafonía para recoger la documentación y las tarjetas de embarque. Así que fuimos a preguntar al personal del aeropuerto. Nos aguardaba una sorpresa desagradable. El funcionario de turno nos dijo que no sabía dónde estaban los pasaportes ni las tarjetas, y que el vuelo ya estaba completo. Tras mucho esperar y desesperar viendo cómo nuestro avión partía sin nosotros, un funcionario más en la cuenta apareció con nuestros pasaportes y cara de cordero apesadumbrado para contarnos que habían tenido un problema y que por sobreventa, no teníamos más remedio que esperar al vuelo de las 4 de la tarde. La sospecha inicial venía a ser que, por un lado habíamos sido víctimas del famoso overbooking, y que por otro lado la inoperancia de la manada de funcionarios nos había dejado en tierra en lugar de otros pasajeros, por no haber generado las tarjetas en su momento, unas cuantas horas más pronto. Pedimos hablar con alguien de la compañía aérea; su respuesta fue que sin visado no podíamos salir de la terminal de tránsito, por lo que ellos hablarían por nosotros. En seguida volvío el de la cara de cordero famélico para pedirnos que no diésemos cuenta de su parte de responsabilidad en el asunto, y entregarnos las tarjetas de embarque para las 4 de la tarde, y 20 dólares para poder comer durante el día en el aeropuerto. Como uno está acostumbrado a confiar en la autoridad, pensamos que, aunque era una faena tener que esperar otras 8 horas, y más el llegar a México al anochecer en lugar de bien temprano, tal vez un descuido lo puede tener cualquiera, y no valía la pena hacer un mundo de aquello y denunciarlos a sus superiores para exponerlos a vaya a saber qué amonestación. Así que nos conformamos a regañadientes, y pensamos que, ya que en aquella terminal no podíamos salir a hacer una reclamación, la presentaríamos al llegar a Cancún.


La espera se terminó por hacer eterna; pero cuando por fin elevamos el vuelo sobre la verde alfombra cubana y nos adentramos en un paisaje de nubes gigantes, cayos y matices de esmeralda tras las líneas de la costa, todo se olvidó para dejar paso a una renovada ilusión por el nuevo país que se abría ante nuestros ojos. Por fin México, le había costado…


Ya en el aeropuerto de Cancún nos dirigimos a la oficina de la compañía aérea para plantear nuestra reclamación por overbooking. Cuando el encargado nos dijo que no había ninguna notificación de sobreventa y que no teníamos nada que reclamar, comprendimos lo que había sucedido. Los funcionarios del aeropuerto de la Habana habían tirado nuestros pasaportes a una canasta aquella noche; así por la mañana, sin haber generado nuestro embarque, dispusieron de dos plazas libres en nuestro avión, seguramente para vender al estilo del mercado negro a cualquier mangante que pagase bien por ellas. Habíamos estado casi 24 horas abandonados en un aeropuerto por la falta de vergüenza de la gentucilla del aeropuerto. Todo un retrato de lo que hacía que este país entrañable que sueña con mundos nuevos se quede enfangado y desencantado.

Comenzaba el viaje en sí. Con una llegada tan accidentada se me habían olvidado los nervios que siempre me produce el desembarco en un país como éste, tan lleno de relatos de violencia descarnada, de barbarie cotidiana. Cancún era una ciudad monstruosa, turística y sin ningún encanto, por lo que tomamos un autobús directamente del aeropuerto a Puerto Morelos, un pueblito en la costa que la guía señalaba como uno de los últimos rincones con encanto de todo el litoral. El autobús nos dejó en un cruce de carreteras a unos kilómetros del pueblo. Ya era casi de noche, y sin conocer el país estábamos algo asustados por acaso descubrir demasiado pronto qué había de verdad en los testimonios de malandros y vampiros que yo había vivido en otros países del entorno. Alguien nos indicó dónde tomar el transporte a Puerto Morelos, y en un minuto estábamos a bordo de un autobús sucio y ruidoso que nos llevaba hacia el mar. Los minutos en el cruce me habían servido para tomar unas primeras impresiones. No había notado miradas especialmente punzantes, o grupos de hombres más atentos de lo necesario. Me sentía aliviado, el lugar parecía relativamente seguro. Susana me había oído tantas historias sobre los rincones infernales de hispanoamérica, que sufrió seguramente aquellos minutos por la pequeña paranoia que yo le había producido tratando de avisarla sobre los peligros de un viaje como éste, y que al menos aquella noche se revelaba infundada. En seguida estábamos en un precioso pueblito pegado a la playa, con bares y hotelitos de colores y tejados de guano tratando de conservar un estilo autóctono, en los que algunos viajeros europeos cenaban despreocupados. Un vistazo al mar, y un par de preguntas aquí y allá, y en cuestión de minutos teníamos habitación en la posada más barata del pueblo, un lugar con encanto alrededor de un patio arbolado.

La ducha se llevó por el desagüe los últimos lazos con España, y la cena a base de tacos y quesadillas en un rincón a un paso del mar, nos depositó poco a poco en el suelo Mexicano. Con todos los sustos del comienzo pasados y las mochilas a buen recaudo, la mente podía por fin sosegarse en la espesa atmósfera de la noche tropical, entre rostros sudorosos de facciones antiguas y poderosas. Susana disfrutaba con una ilusión deliciosamente infantil de sus primeras horas en aquel suelo con el que había soñado desde adolescente. Con la brisa fresca del mar fluían más despacio los pensamientos, en un familiar silencio de oscuridad sólo endulzado por el acento cantarín de los nativos que charlaban sentados sobre el embarcadero de madera que penetraba en el oscuro Caribe sin luna.

Miércoles 20 de Agosto de 2008

Cuando el tembloroso pedazo de metal enfiló la pista y aceleró, un silencio sepulcral se adueñó de todos nosotros. Como habitualmente, los motores agudizaban paulatinamente su sonido de cuchilla giratoria. Como habitualmente, el relieve del pavimento, el viento y la mano humana del piloto hacian que el avión basculase y se escorase ligeramente a un lado y a otro. Avanzábamos por una pista que se nos hacía seguramente a todos demasiado corta, ¿quién tendría la idea de construir pistas tan limitadas seguidas de árboles y rocas? Creo que todos los ocupantes de la endeble estructura que nos protegía del abismo contuvimos la respiración durante unos segundos eternos. Por fin, y de algún modo evidenciando que no había vuelta atrás, el aparato se elevó tímidamente del suelo, vibrando y amenazando con partirse. Como es habitual.

Pero esta vez no lo sentíamos como de costumbre. Un miedo irracional anudaba las gargantas y resecaba las bocas. Un vértigo atávico nos paralizaba al rondar tan cerca la negra Dama. Aquél no era como los demás despegues.

Por la mañana habíamos llegado con mucho tiempo a la terminal 2 de Barajas. Nuestro vuelo salía a las tres de la tarde, y el embarque estaba marcado pasadas las dos. Sin que nadie supiera por qué, éste se iba retrasando más y más; quien más y quien menos se hacia sus cruces: otro retraso, tal vez un transbordo por perder, tal vez tener que comer demasiado tarde el catering del avión. Paseábamos por las tiendas de la sala de embarque cuando vimos un grupo de gente dentro de una de ellas que escuchaba paralizada una radio que daba un boletín de última hora. Ahí estaba la razón, un vuelo que se dirigía a Canarias se había estrellado nada más despegar. Hablaban de siete víctimas mortales, una cifra que a lo largo de las tres horas de espera hasta que por fin se reabrieron las pistas del aeropuerto se incrementaría hasta los 145. Con una tragedia semejante tan solo unos cientos de metros más allá, en la terminal 4, un ambiente de encogimiento y lenta pesadumbre se fue adueñando de todos los pasajeros que esperábamos nuestro vuelo. Seguramente pocas veces fue tan duro el paso de embarcar, ni tan fríio el sudor que empañó mi frente. Sin quererlo, mi mente se llenaba de imágenes de gente dentro de un avión, viendo, entre ruido y gritos estériles, cómo un día de encuentro se convertía en el final de sus días, envuelto en llamas y dolor.

Con un comienzo como éste, los nervios y la incertidumbre vibrante y agradable que precede a cada viaje, se habían cambiado por un estado casi febril que no dejaba pensar con calma. Ya tendríamos todo el tiempo del mundo para hacerlo en el aeropuerto de la Habana, donde esperando el transbordo a Cancún teníamos que pasar unas 9 horas. Por algo el billete nos había salido relativamente económico en plena temporada alta. Con más de dos meses por delante para viajar, no parecía mucha la pérdida por tanta espera, así que veníamos con la idea hecha de pasar la noche dormitando en los bancos del aeropuerto.

Yo creo que no las tuve todas conmigo hasta que el avión tocó tierra y se detuvo suavemente frente a la pasarela. Hasta ese momento no se esfumaron los irracionales miedos generados por el accidente. Pero allí estábamos, por fin en el trópico, con un aire húmedo y caluroso que a mí siempre me resulta evocador, para desempañar un pensamiento adormecido por los sucesos de la mañana.

Ya era de noche, y el pequeño aeropuerto habanero, decorado con banderas de todo el mundo recordaba más un palacio de deportes que un terminal de pasajeros. Con muchas horas de espera por delante, la prisa era poca, y con toda calma disfrutamos del hecho de pisar tierra cubana, aunque fuese tan sólo la del edificio del terminal. Mi recuerdo de aquel país era el de un lugar extraordinario de gentes refinadas y humanas. Más de una década me separaba ya de un viaje en bicicleta por su geografía alargada, dulce, verde y aromática, bajo su relajada atmósfera de café caliente a la sombra de las palmas y de música de otro tiempo; de guajiros de corazón noble, lengua vivaraz y humor chispeante. Una visión del país que aquella noche se enturbiaría, al menos temporalmente, en mi caldero de las pinceladas.

A diferencia de otros aeropuertos, en éste no se veían por ningún lugar indicaciones sobre mostradores de tránsito. No teníamos tarjetas de embarque, y sólo quedaba preguntar al personal del aeropuerto. Nos dirigimos a unas empleadas uniformadas que parecían trabajar atendiendo a los pasajeros para saber qué teníamos que hacer. Y nos contestaron al estilo cubano: el de este pueblo que ha sabido conservar en medio de esta vorágine de mundo del siglo XXI, donde el tiempo se paga y se cobra, el a veces ineficiente pero encantador gusto por la calma, la conversación tranquila, y el desprecio de la prisa y los malos modos. Un mundo ya perdido y entrañable que, por desgracia, ningún europeo sabrá juzgar como otra cosa que falta de eficiencia y desesperante lentitud. Nos indicaron que esperásemos; avisaron a una funcionaria con un uniforme más serio, y ésta debió de avisar a algún otro, y así sucesivamente hablamos con una docena de personajes con opiniones discordantes y una galvana que hubiera hecho perecer al mismísimo Job. Al cabo de un buen rato apareció alguien con otro uniforme más que nos pidió los pasaportes y las reservas del vuelo a Cancún, y nos indicó que sobre las cinco de la mañana nos avisarían por megafonía para recoger las tarjetas de embarque y los pasaportes, y tomar con tiempo el vuelo de las 7. Claro, los europeitos de pro estamos acostumbrados a confiar en la autoridad, y qué podía haber de extraño en todo aquello. Quién sabe, si así lo dice el policía será que es así como se hace en este aeropuerto. Un café para templar el estómago, y a tratar de dormir las muchas horas que quedaban hasta el vuelo.