19/10/08

Viernes 3 de Octubre de 2008








Otra visita obligada en la capital era el museo de Antropología, situado en el parque de Chapultepec. Era allí donde se guardaban las piezas arqueológicas fundamentales del mosaico de culturas que compusieron la Mesoamérica precolombina. México había sido desde tiempos remotos un lugar trasegado por innumerables culturas, que desplazando a otras previamente dominantes, habían vivido fugaces momentos de esplendor antes de ser sometidas y condenadas por el siguiente pueblo con éxito, en alguna derrota militar. Esta dinámica los había hecho cada vez más violentos, ya que sólo los pueblos guerreros más extremos podían preponderar. Al compartir un espacio tan relativamente pequeño, cada cultura había tomado los elementos religiosos, artísticos y organizativos de los anteriores, refinándolos progresivamente. Pocos pueblos habían conocido un apogeo tan prolongado como los teotihuacanos, que durante siglos aunaron alrededor de su ciudad y sus pirámides una liga de culturas dispares que se dejaron seducir y deslumbrar por sus innovaciones arquitectónicas y religiosas. Tras la diáspora que sucedió al final de la gran Teotihuacán, seguramente debida a una revolución interna que destruyó la ciudad, aquella cultura pionera que moría exportó sin saberlo sus elementos característicos a todos los pueblos que se desarrollaron después: los Mayas y Aztecas entre ellos.








La sala Maya destacaba por sus finas piezas cerámicas representando una variada y compleja estructura social, con peldaños muy diferenciados, que en el barro se distinguían por sus tocados y vestimentas característicos. En la sala Olmeca aparecían majestuosas las cabezas gigantes de piedra, con sus rasgos casi africanos llevando a la duda a los defensores de la teoría según la cual la población americana habría usado exclusivamente el helado paso del Bering glaciar. Un rasgo distintivo de esta cultura, la más antigua de todas las avanzadas, era la profusión en la representación de deidades femeninas sonrientes. Por orden cronológico parecía adivinarse una espiral de creciente violencia en sus ritos religiosos: desde la aparentemente apacible existencia Olmeca, hasta la descarnada parafernalia de muerte y decapitación azteca. Los atlantes Toltecas, cinco metros de piedra tallada, presidían otra más de las salas. Y así fuimos recorriendo una tras otra las innumerables culturas de aquella torre de babel.








Salimos a comer al parque, mientras unos voladores de Veracruz se descolgaban del alto mástil al que enrollaban sus cuerdas, dando vida a una clásica estampa ritual de los antiguos moradores del Golfo de México. Y aún quedaba por ver lo más impresionante: la sala azteca, con sus terroríficas deidades, los códices contando su odisea desde que salieran de la isla de Aztlán hasta que fundaron la ciudad de Tenochtitlán en el lago de Taxcoco, o la emblemática losa del calendario azteca. Pasamos un buen rato disfrutando de ésta última, por lo que pudimos asistir a la explicación de tres guías diferentes, con tres versiones que nada tenían que ver las unas con las otras. Uno explicaba que se trataba de un ring ritual en el que peleaban dos guerreros hasta la muerte; otro decía que era un calendario lunar. De los ofidios de su extremo inferior, uno interpretaba dos serpientes emplumadas; otro la vía láctea; y otro veía dos sacerdotes mirándose. En el centro, una cara encerrada en un disco con dos manos a los lados, para un guía era el quinto sol maya naciendo, agarrándose con sus manos para poder emerger; para otro guía era el Sol o el rey azteca aplastando dos corazones… Lo único que me quedó claro, es que nadie sabía a ciencia cierta qué demonios representaba aquella piedra; ah, y que había mucho charlatán viviendo del cuento.








Después de más de 8 horas de visita, en vez de cerámica tan sólo veíamos miles de pucheritos y más pucheritos, así que decidimos dar la visita por concluida. Una vista rápida al área de etnología nos sirvió para comprobar una vez más cómo la minoría blanca que dominaba a sus anchas el país, trataba, incluso en sus museos, de una manera denigrante a los pueblos originarios. Como en un zoológico se apilaban representaciones de chozas, trajes típicos y rituales en una versión comercializada y ruin de unas culturas que aún tienen mucho que enseñarnos. Durante siglos condenados a la miseria y a carecer de voz ni voto sobre su propio destino, eran mostrados allí para presumir de la riqueza cultural de un país que los ignoraba y maltrataba.
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Jueves 2 de Octubre de 2008

De tantos lugares como tenía para visitar la ciudad de México, elegimos el lado occidental de la ciudad. Caminamos por las decrépitas calles entorno al convento de Santo Domingo, sórdidas y peligrosas de noche pero vivas y bulliciosas de día, donde una miríada de oportunistas proclamaba sus servicios con la indolencia de los policías que pasaban: como quien ofrece peras y manzanas voz en cuello, estos curiosos personajes ofrecían falsificaciones de facturas y documentos oficiales, de declaraciones de la renta y de certificados de notas académicas, por un módico precio. Seguimos por las callejas hasta llegar a la plaza Garibaldi, más conocida como de los Mariachis. No había mucho que ver de día, ya que la fiesta mariachi diaria tenía lugar siempre después del anochecer. Tan sólo algún borracho perdido, y algún mariachi sin faena deambulaban por la plaza: habría que venir de noche a conocer el ambiente charro.















Continuamos hacia el norte, hasta llegar la plaza de Tlatelolco, o de las tres culturas. Su nombre se debía a que en su espacio se apilaban las ruinas de las pirámides ceremoniales aztecas de la antigua ciudad de Tlatelolco, vecina de Tenochtitlán, junto con la iglesia franciscana construida con la cantería procedente de las pirámides, y todo rodeado de los edificios modernos de hormigón y vidrio de la cultura mestiza a que aquel encuentro o desencuentro dio lugar. En la explanada libre comenzaban a concentrarse los estudiantes y activistas que venían a conmemorar la matanza de estudiantes del 68, acaecida sobre aquellas mismas losas, con una manifestación que partiría por la tarde de aquella plaza y llegaría al Zócalo. Pequeños mítines, reparto de revistas y octavillas… varios protagonistas de aquel día trágico, hoy ya rondando los sesenta, hablaban a las cámaras de una emisora de televisión mientras, a unas decenas de metros, la secta de los danzantes imitadores de los aztecas atronaban el ambiente con sus ritmos frenéticos, demostrando que la manifestación no iba con ellos. Una vez más éramos testigos de una expresión de cómo en el mismo país vivían muchos Méxicos, inconexos y extraños entre ellos.














Después de comer tomamos el metro al parque de Chapultepec, el área urbana ajardinada más grande de América, y que fuera ya disfrutada por Moctezuma, el legendario monarca azteca. Esperábamos el típico parque abandonado y solitario, peligroso y lleno de criaturas abominables; pero al contrario, nos encontramos con un cuidado lugar de esparcimiento donde familias con hijos paseaban distendidamente. Pocos árboles sobrevivían cuya edad permitiese pensar que llevasen 5 siglos plantados, y bajo su espesa sombra se desarrollaba una animada vida dominical.

A las 6 estaba prevista la llegada de los manifestantes al Zócalo, así que regresamos para estar a tiempo de presenciar el mitin. Ya se estaba llenando la plaza, y mientras Susana aprovechaba para comprar unas cosas en una calle cercana, yo tomé el camino de vuelta a la pensión. Me encontré de lleno con la riada de gente que desembocaba en la plaza por una callejita, y sin poder atravesarlos traté de seguir longitudinalmente la calle para buscar un hueco por donde cruzar. Entre miles de personas me topé, por sorpresa, con Elisabeth, la activista que habíamos conocido en el caracol zapatista de Garrucha unas semanas antes. Cámara en mano tomaba fotos de la manifestación, según me contó para una revista política. No nos dio tiempo ni a hablar de lo que habíamos pasado últimamente, porque en ese momento, de entre la marabunta surgió un grupo de anarquistas que comenzaron a golpear los escaparates y a romper vidrios y farolas con violencia asombrosa. La gente más próxima echó a correr, y Elisabeth y yo nos escapamos como pudimos de los palos, perdiéndonos de vista. Con el curioso y fugaz encuentro llegué a la pensión más tarde que Susana, y con el corazón latiendo desbocado por el susto.
Enseguida me tranquilicé y volvimos a la plaza, aunque yo no dejé de estar en guardia en toda la noche, y a cada conato de violencia en cualquiera de las salidas del Zócalo, donde los grupos más exaltados desafiaban a la policía, salimos corriendo en dirección opuesta. Al final nada grave sucedió, pese a que las porras volaron y numerosos manifestantes fueron detenidos; pero si no hubiese sido por el empeño un tanto inconsciente de Susana por quedarse, yo hubiese tenido más que suficiente con la huída del grupo anarquista. La plaza no llegó a llenarse, a pesar de la multitud de grupos que convocaban. Y en el ambiente se notaba una cierta desilusión, una desidia por tantos años de lucha y tantas voces barridas por el viento. Cuarenta años después, ni si quiera se conocía la cifra exacta de muertos en Tlatelolco.
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Miércoles 1 de Octubre de 2008

Coyoacán, el lugar de los coyotes en la lengua nahual de los mexicas, fue elegido por los conquistadores para construir sus haciendas y casonas. Allí vivieron Hernán Cortés y la Malinche, la princesa azteca que, encaprichada de Cortés, le abrió las puertas de la conquista de la capital. Se podía llegar en metro, así que era una excursión facilita. Saliendo de la parada del metro, y tras atravesar un extenso parque habitado por ardillas sin miedo, llegamos a las calles de intenso sabor colonial y caballeresco. Digamos que Coyoacán era lo que yo había esperado encontrar en el Zócalo, y que en realidad hacía mucho que allí había dejado lugar a construcciones más modernas e impersonales. El espíritu semitropical y relajado del lugar había acogido a los pioneros españoles, que allí vivieron como reyes durante generaciones; y aún hoy en día se respiraba un ambiente de clase media y alta bastante alejado del México de calle.








Tras las rejas se atisbaba algún enorme patio; pudimos visitar uno de ellos, abierto como casa de la cultura, para maravillarnos con la calidad de vida de los antiguos moradores. Alrededor de un gran jardín del tamaño de un parque se situaban varios edificios de corte rústico y solariego, cada uno destinado a uno de los hijos del fundador. El pozo, las fuentes, las bancadas de forja, y una parrilla enorme, habían sido testigos de una relajada vida familiar en común. Aquellos cuasi-bárbaros venidos de la península habían alcanzado en seguida un refinamiento y un estatus envidiable para el mayor de los nobles ibéricos. Los que habían hecho el canelo fueron los españoles que se quedaron en España… Y bien se entendía que sus descendientes optaran por la independencia y por asegurarse el dominio de un paraíso lleno de riquezas como lo era México.









De nuevo me sorprendía el poder pasear por un lugar tan exclusivo, seguro y adinerado como aquél, que había sabido conservar su encanto original poniendo al día sus detalles para la cómoda vida de las élites actuales. Tal vez sólo las casas de Cortés y la Malinche habían sido abandonadas a su suerte; todavía en pie, pero cubiertas de olvido, ni si quiera podían ser visitadas. En tiempos más recientes, había morado en Coyoacán el León Trotsky del exilio, y allí mismo fue asesinado por el espía de Stalin, el español Mercader. No tenía mucha gracia visitarla, pero sí la casona que perteneciera a Frida Kahlo y a su marido, el muralista Diego Rivera. Ésta última había sido convertida en un museo repleto de sus objetos de colección, libros y recuerdos, así como de algunas de las pinturas de ambos.









Después de comer en el mercado anduvimos hasta la parada de autobús para continuar unos kilómetros al legendario campus de la UNAM, la universidad más prestigiosa de habla hispana. En medio de una enorme extensión arbolada y ajardinada, surgía toda una ciudad aparte, con leyes autónomas, adonde teóricamente la policía no podía acceder. Bueno, excepto en el año 68, cuando entraron a sangre y fuego para acabar con las protestas estudiantiles. Paseando por los pasillos de sus facultades era fácil adivinar por qué se había originado el movimiento social del 68 en aquel lugar. Muy politizada, la mayoría de sus espacios comunes, pasillos y rellanos, estaban tomados por los estudiantes y sus asociaciones; carteles políticos revolucionarios de todo signo, convocatorias de marchas y conferencias… Se preparaba la inminente conmemoración de la matanza del 2 de Octubre del 68, cuyas víctimas habían sido en su mayoría estudiantes de la UNAM que se manifestaban en la plaza de Tlatelolco. Aquel día acabó con los sueños de un nuevo mundo de toda una generación. Cuarenta años después revivía el ambiente activo y creativo que nos mostraba todo un contrapunto a la adormecida juventud universitaria española, muy acostumbrada ya a dejarse llevar por la corriente y por los reality shows, de cabeza al precipicio. Viendo las noticias en la televisión cuando regresamos al hotel, nos encontramos con esos universitarios españoles: una congregación en la plaza Mayor de Madrid era noticia en el canal mexicano. Se habían reunido para reírse de la crisis, de la hipoteca y del Euribor, todos ellos entrampados de por vida para comprarse el agujero con techo. Cuando muy pronto se enterasen de que no dejarían nunca de ser esclavos del banco, y que a pesar de ello seguramente el paro que traería la inmediata crisis les haría perder sus casas por impagos, tal vez perderían las ganas de reírse. Es lo que tiene dejarse llevar alegremente por la corriente.
En el Zócalo empezaba a tomar posiciones la policía, cortando varias calles y flanqueando el Palacio de Gobierno. La marcha en recuerdo de la matanza del 2 de octubre tendría lugar la tarde siguiente; Susana quería acudir y ser testigo, y aunque nada indicaba que pudiera ser peligroso, yo no las tenía todas conmigo.
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11/10/08

Martes 30 de Septiembre de 2008







Tras haber visitado las principales ciudades coloniales del Brasil, del Perú, de Bolivia o de Venezuela, esperaba descubrir una monumentalidad en la capital de México que finalmente no encontramos. Pasamos el día recorriendo las cartesianas calles del centro, los alrededores del Zócalo donde cabía esperar grandes mansiones, palacios enrejados e iglesias barrocas… y no había mucho de eso. La catedral tenía una extensa planta que la convertía en la más grande de Hispanoamérica, pero sus torres no demasiado altas engañaban en la perspectiva, haciéndola parecer mucho más pequeña de lo que en realidad era. La ciudad de México se había construido sobre las isletas de barro del lago hoy desecado en las que los Aztecas edificaran su Venecia americana, cruzada de canales y lagunas; tras cinco siglos, los edificios más antiguos habían ido cediendo sobre el suelo pantanoso, y así por ejemplo, la catedral mostraba un desequilibrio notable, unos suelos, unos muros y unas columnas inclinados casi al azar, y era poco menos que un milagro que aún se tuviese en pie. Así mismo, las pocas casonas antiguas que quedaban en el centro se arqueaban y se hundían más en una parte que en otra, dando a la ciudad la ondulación de una cartulina arrugada; pasando a su interior se podían ver sus patios descuadrados, sus escaleras tumbadas de lado. Tal vez esto motivaba que la mayoría de las construcciones fueran relativamente recientes, o totalmente modernas, estropeando un conjunto que, pese a todo, mantenía un cierto sabor provinciano y a la vez cosmopolita. No había grandes avenidas, sino estrechas callecitas de un solo sentido.








Detrás de la catedral asomaban, hundidas varios metros bajo el actual nivel de la ciudad, las ruinas aztecas del Templo Mayor; o más bien su base, ya que la mayoría de sus piedras habían ido a parar a la construcción de la catedral y de la nueva capital de los conquistadores. Mientras las recorríamos con la vista desde la barandilla de la plaza, se acercó a nosotros un guía mexicano con unas teorías algo sui-generis acerca de los antiguos dueños de Tenochtitlán. Según él, por ejemplo, los aztecas no tenían una retahíla de dioses como siempre nos habían contado en la versión oficial, la de los conquistadores españoles. En su visión, los supuestos dioses no eran más que símbolos de elementos, la lluvia, el Sol, la Luna, Venus, el fuego… y su adoración lo era a la Naturaleza como creación maravillosa y como sustento y salvaguarda de la vida humana. Por tanto, los sacrificios humanos no eran más que una leyenda interesada; nada de verdad había, pues, en los relatos según los cuales Hernán Cortés halló a su entrada en la ciudad 500.000 calaveras humanas apiladas, procedentes de los sacrificios de la pirámide mayor. Sólo había, para celebrar ocasiones especiales del calendario azteca, y cada muchos años, algún sacrificio voluntario. Y para el oferente la muerte no era una tragedia, sino un honor y un salvoconducto a una vida próxima más perfecta. La idolatría no era patrimonio azteca, sino, al contrario, de la nueva religión católica impuesta, que había llenado las iglesias de un politeísmo disfrazado, de santos y vírgenes, cada uno especializado en un tema (los comerciantes, los viajeros, la lluvia, el sacrificio, el amor, la fertilidad…) La virgen de Guadalupe había sido otro vergonzoso invento que nadie podía creer, pero que sirvió a los conquistadores para extender el catolicismo en aquellas tierras. La verdad es que pintaba tan lindo a los aztecas, que su versión no era para mí mucho más creíble que la de los cronistas del siglo XVI.

José era un ferviente nacionalista, pero reconocía que el problema principal de los mexicanos era que se negaban a sí mismos como indígenas y como españoles. Como él decía, los mexicanos no eran nada, ni una cosa ni la otra; y mientras no se solucionase este problema de identidad, el país seguiría reptando por el barrizal.
La Identidad. Un concepto que me molesta, que me resulta atroz. ¿Qué es la identidad? ¿Es que hay alguien idéntico a alguien? ¿Hay algo más deshumano que la Identidad? En mi opinión ni si quiera las ovejas son idénticas a las demás ovejas; esta necesidad humana de encontrar la identidad se puede observar en los adolescentes, en los pueblos dejándose arrastrar por nacionalismos y por dirigentes políticos nefastos. Doblegando su espíritu, su capacidad crítica y su iniciativa para poder pertenecer a un clan de seres que se parecen, que imitan una referencia ridícula. No abogo por el individualismo, pero creo que mientras no superemos estos conceptos tan básicos, el ser Humano no dejará de ser un pobre bicho indefenso y asustado, a merced de quien más alto grite.

Algo en lo que yo estaba plenamente de acuerdo con José, era que la independencia fue impuesta por los criollos; que así dejaron de pagar impuestos, de rendir cuentas a los peninsulares, y a partir de ese momento hicieron y deshicieron a su antojo. Y por supuesto, mejoraron infinitamente su situación. Pero para el pueblo mexicano había sido una continuación de su tragedia, y a su juicio no había mucho que celebrar los días 15 de Septiembre. La verdadera independencia aún estaba por llegar.
También nos explicó que los aztecas llamaban a los conquistadores “los apestosos”, porque por edicto del Papa nadie podía bañarse en el mundo cristiano para evitar frotarse las partes pudendas, y así el olor de los recién llegados horrorizaba a los refinados aztecas, que se lavaban varias veces al día.

Tras muchas vueltas y revueltas, acabamos volviendo de noche a las placetas de las danzas. Una batiente y ritual percusión rescataba el alma más tribal, las atávicas y nocturnas sensaciones que una parte de nosotros siempre vive como extrañamente propias.






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Lunes 29 de Septiembre de 2008

La ciudad era demasiado cara para nosotros, y después del recorrido del domingo parecía buena idea dar otro salto, y llegar por fin a la capital del país. Teníamos muchas ganas de conocer el DF, pero tantas veces habíamos oído que era una de las ciudades más peligrosas y violentas del mundo, que de buena mañana andábamos hechos un manojo de nervios. Nos separamos durante unas horas, y mientras Susana se recorría sus platerías en busca de alguna ganga, yo caminé por algunas otras calles del laberinto Taxqueño. Nos reencontramos a medio día para tomar un café en la plaza de la catedral, recoger nuestras mochilas, y caminar a la estación de autobuses: destino, México. En seguida abandonamos las montañas de Taxco, y tras el valle inclinado de Cuernavaca, comenzamos el ascenso de la verde barrera montañosa que rodeaba el valle de México, el protegido enclave donde los Aztecas construyeron su capital Tenochtitlán, y forjaron su imperio.

Una primera sorpresa: al menos por el sur, llegábamos a la megalópolis por una zona verde y despejada hasta la misma ciudad, y en todo el recorrido hasta la estación de autobuses no vimos chabolas ni ciudades miseria como las que rodean todas las capitales de este lado del mundo, en las que se apiñan seres de mirada perdida, y serpentea una malgama de pavorosos peligros para el visitante inexperto. Luego comprobaríamos que por otras salidas de la ciudad las había, extensas y paupérrimas, pero México nos recibía con un agradable y saludable sabor que alejaba un poco los temores y aplacaba el nerviosismo que traíamos con nosotros. De la estación al centro viajamos en metro, y tampoco detecté la atmósfera peliaguda y punzante de tantas otras ciudades sudamericanas. Eran las 4 de la tarde, y en el metro no palpitaba un bullicio de vampiros, sino de gente sencilla que iba y venía de su trabajo. No había que confiarse, pero el susto se iba convirtiendo en risa, no era para tanto. Como todos los rincones que habíamos visto hasta entonces, se trataba de una ciudad impecablemente limpia, ordenada y civilizada, que en algunos aspectos recordaba a Madrid.







Nos bajamos en la estación del Zócalo, el centro neurálgico del antiguo Tenochtitlán, y después de la capital de Nueva España. La prueba de fuego podía llegar en el tramo a recorrer calles arriba en busca de pensión; pero de nuevo se quedaba en agua de borrajas, y un apacible ambiente urbanita nos acogía sin que atrajésemos las miradas. Algo cansados de lo cutre y cochambroso, nos decidimos por un alojamiento ligeramente más caro, pero limpio y cómodo, y en seguida salimos a caminar sin la arriesgada carga de nuestras mochilas. Todo parecía un mito: agradables calles repletas de gente, cafeterías y pastelerías alrededor de la legendaria calle Tacuba donde los trajeados profesionales tomaban un aperitivo después del trabajo; multitud de estudiantes curioseando en las librerías, y un regusto de ocasión especial flotando en el aire.








Cenamos en un garito familiar, disfrutando de dos tipos de aspecto canalla y bohemio, ya rozando la cincuentena en sus melenas cuidadas, que cantaban con una guitarra desgarradas canciones de amor, amenizando nuestra comida sin quererlo. Cuando se despidieron para marcharse, uno de ellos se disculpó por haber cantado tantas “fresitas”, como él las llamó. Le pregunté si es que estaba enamorado, y con una sonrisa nos dijo que, ¿cuándo no…?







De noche, en el Zócalo no disminuía la algarabía. Detrás de la catedral dos grupos de danza y percusión llenaban de ecos étnicos las oscuras ruinas del Templo Mayor azteca. Vestían con plumas y túnicas tratando de imitar a los antiguos Señores del lago Taxcoco, en un frenético baile rítmico colectivo que vencía el frío considerable que hacía desde que se ocultara el sol. Después sabríamos que se trataba de sectas milenaristas, que seguían un refrito de la religión de los antiguos pueblos mexicas, y que esperaban el supuesto fin del mundo anunciado por los mayas para el año 2012. Tras un buen rato observando sus estéticos movimientos, Susana preguntó a uno de ellos, sentado en unas bancadas alrededor de los danzantes. Decía ser profesor de biología en la UNAM, la Universidad Autónoma de México, pero no demostró mucha lucidez ni rigor en el rollo proselitista que nos contó, un revoltijo inconexo de ideas entre tradiciones mayas, pseudociencia, milenarismo del fin del mundo, y conceptos mal entendidos y peor hilados de física cuántica… Razonamientos del tipo “los mayas inventaron el cero; el cero y el uno son la base de la informática, luego los mayas regalaron al mundo la informática, y por tanto la robótica, la biomedicina,…” Cuánta gente no se verá desbordada por la aparente sabiduría de caraduras como éste; pero a mí lo que me daba era risa, eso sí, una risa algo acongojada, por saber lo fácil que es engatusar al prójimo prostituyendo conceptos de ciencia, siempre fuera del alcance de la mayoría de la gente. Entre tanto los danzantes seguían invocando a sus dioses al son de timbales, ocarinas, y conchas convertidas en tubas.
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Domingo 28 de Septiembre de 2008

El siguiente autobús nos llevaba con una soleada mañana a Taxco, una ciudad que durante siglos se había dedicado a la minería de la plata y a la joyería. Con más luz veíamos los alrededores de Cuernavaca, situada en un kilométrico talud levemente inclinado desde los volcanes que rodeaban al norte la ciudad de México, hacia los valles que conducían hacia el oeste al océano Pacífico. Y como siempre, en un verde esplendoroso rodeado de brumas de humedad.
Antes del mediodía estábamos en Taxco, situada en las faldas de empinadas montañas, cubriendo el espacio entre una decena de barrancas entre lomas. Esta orografía intrincada le había dado una fisonomía complicada, con cuestas interminables y un laberinto de callejas diminutas con casitas coloniales pintadas en blanco, muy españolas y algo descuidadas, mostrando un pasado lindo ya echado a perder. Buscando alojamiento por los vericuetos del mercado y el centro ya comprobamos que la ciudad vivía casi exclusivamente de la artesanía de la plata, y del turismo. Era una ciudad muy cara, y tras muchas vueltas encontramos un cuchitril con un precio asequible en los arrabales, gracias a la ayuda de un señor que se recorrió el pueblo con nosotros para llevarnos a la pensión mientras me hablaba de su juventud conduciendo camiones por todo el continente.






Parecía una ciudad agradable, aunque charlando con una chica que vendía postales en la magnífica catedral de la plaza central, supimos que la situación había empeorado en los últimos años, y había surgido una delincuencia que amenazaba con espantar al turismo. Con la reciente subida del precio de la plata, la venta de su artesanía se hacía más difícil, y esto había traído desempleo a la ciudad. Una creciente comunidad turca y china se dedicaba a la falsificación de piezas en plata, y así el turista menos avisado podía ser fácilmente timado, yéndose al piso la reputación platera de la ciudad. Para terminar, la emigración del abandonado campo hacia la ciudad había engrosado las filas de los desheredados, y las noches podían ser un tanto peligrosas.

Mientras ojeábamos los abalorios de una de las platerías pasó un nutrido grupo de personas con banderas del PRI, el partido que tras 70 años en el poder había dado paso al actualmente gobernante PAN. Según nos contó el platero, el PRI había convocado su mitin en domingo, ya que era el único día de la semana en que los campesinos podían dejar sus labores para acudir a la ciudad. El PRI solía ganar los comicios en el campo, ya que la pobreza llevaba a muchos de los campesinos a aceptar la compra de su voto por unos pocos pesos.







Susana quería llevarse algunos recuerdos de plata, anillos y cosas así, por lo que pasamos el día paseando por las cuestas entre casonas, y entrando en cada platería que encontrábamos. Bajando al barrio de la carretera, un poco más descuidado y oscuro, encontramos un cartel reivindicativo, y unos mineros entrando a un local presidido por una enorme bandera anarquista. Preguntamos por curiosidad, y tuvimos otra explicación que sumar a la interminable cuenta de problemas. Los mineros de la región llevaban más de un año en huelga; un tal Germán Larrea, el dueño de medio México y de las minas de plata, había reducido al mínimo la inversión en seguridad, lo cual había llevado a un accidente en el que quedaron sepultados 65 mineros; varios años después seguían bajo tierra, porque el magnate se había negado a gastarse el dinero en recuperar los cuerpos. Y tras tanto tiempo de huelga, más que vivir sobrevivían, aquellos hastiados mineros de gesto abatido.








Al anochecer nos sentamos, como buena parte de los Taxqueños, en los bancos de la plaza. Un estupendo ambiente dominical recordaba la vida en la calle de alguna capital andaluza, relajada y bulliciosa. En eso llegó un muchacho de unos 15 años, bien vestido y repeinado, a pedirnos un peso. Sorprendido, le pregunté por qué. Lo hacía como acto de humildad, pidiendo la moneda más pequeña posible; Susana se acordó de algo similar en China; para entrar en muchas empresas, se hacía pasar al solicitante un día pidiendo limosna en la calle, también como acto de humildad. No sé si acabé de entender la intención ni la idea, pero le regalé un pesito al muchacho, por simpático.
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Sábado 27 de Septiembre de 2008

No había mucho que ver en Cuernavaca; poco quedaba de su casco colonial aparte del palacio de Hernán Cortés y de la catedral, una de las primeras construidas en el nuevo mundo, y dotada de ciertas características que la hacían especial. Para empezar, su portada norte estaba coronada por una calavera y dos tibias, el clásico emblema de los piratas cinematográficos. Se trataba en realidad de una representación prehispánica de la entrada al Inframundo, el lugar de los muertos donde la muerte era sólo la antesala de la vida: algo realmente fácil de asimilar a la idea católica de la resurrección. Sobre la calavera una cruz enclavada en un montículo de piedras, recordando a algunas representaciones católicas del Monte Calvario. Así, de un golpe, aquellos pioneros que se habían empeñado en imponer la religión católica, habían creado un símbolo que aunaba dos tradiciones tan dispares, ofreciendo a los indígenas una solución de continuidad con algunos de sus antiguos ritos para hacer más asimilable la nueva superstición. Ellos la seguirían a su modo, dando lugar a la religión sincrética de la que todavía hoy eran devotos los nativos. El interior de la iglesia no era menos interesante, cubierto de frescos murales del siglo XVI, realizados por maestros filipinos y artistas aborígenes, y representando los primeros capítulos de la conquista de Nueva España.








El palacio de Cortés ofrecía un recorrido histórico por los cinco siglos de mestizaje, convertido en un museo en el que se podían encontrar piezas prehispánicas, fusiles de la revolución de 1910, y todo tipo de fetiches nacionalistas, aunque del antiguo dueño de la casona apenas subsistía un viejo arcón apolillado.







Un amigo de Susana le había dado las señas de una conocida que vivía en Cuernavaca, Iliana, que durante el viaje ya nos había hecho alguna recomendación por correo electrónico. Por la mañana la llamamos a su móvil, y quedamos en encontrarnos a la hora de comer frente al palacio. Mientras la esperábamos, Susana empezó a charlar con uno de los profesores en huelga que acampaban en los soportales del palacio. Era un tipo elegante, con una impecable media melena blanca que contrastaba con su vestimenta negra. Según le contó, llevaban ya 38 días durmiendo allí, luchando por no perder los derechos laborales que les serían arrebatados con la próxima privatización de la Educación Pública: derecho a la jubilación y seguro médico, entre otros. Nos hablaba de un pueblo mexicano harto de ver cómo todos los gobiernos no habían hecho otra cosa que defender a los ricos y olvidarse del resto de la gente. En la protesta estaban los más radicales, los dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias; pero la mayoría de sus compañeros temía la larga tradición de represión y asesinatos, que era ya un clásico en las movilizaciones sociales mexicanas. No sólo los maestros estaban en lucha: campesinos, mineros, transportistas… José estaba convencido de que se estaba gestando otra revolución, que tarde o temprano estallaría todo por los aires. Todos eran conscientes de que cuando eso llegase habría muertos, pero no había otra vía. Era palmaria la falta de libertad de expresión, la represión, los desaparecidos; la manipulación informativa de unos medios de comunicación que seguían en manos de los de siempre. La gente más humilde, y por tanto la que menos cultura tenía en un país de contrastes como México, era la más fácilmente manipulable: por unos pocos pesos eran comprados los votos que llevaban al poder al PRI o al PAN, perpetuando una situación insoportable para un creciente número de gente de todas las clases sociales.
Actualmente el gobierno estaba representando una mascarada tratando de convencer a la gente de que libraba una guerra contra la violencia del narcotráfico, cuando todo el mundo sabía que el narcotráfico eran los propios gobiernos, la policía, el ejército… La violencia provocada por el narcotráfico no era más que una lucha entre familias por el control, entre grupos de poder con intereses distintos. Sobre los toldos que resguardaban de la calle a los maestros colgaban carteles reivindicativos; pintadas zapatistas demostraban que los descontentos se iban sumando. No me pareció que se respirase un aire prerrevolucionario, pero estaba claro que los mexicanos se estaban despertando.








Por fin llegó Iliana con su bebé en brazos, y hechas las presentaciones subimos unas calles para almorzar. Su marido daba conferencias sobre pedagogía en los más diversos rincones del mundo, y en aquel momento se encontraba en Helsinki. Los dos habían viajado por España no hacía mucho, y tuvimos que darle la razón cuando con toda diplomacia nos confesó que había hallado a los españoles rudos y desagradables, en el hablar y en el trato, sin modales ni educación. Comparados con los ceremoniosos, dulces y caballerosos mexicanos, los españoles parecíamos una panda de salvajes, eso lo digo yo. En el país del “Mande, para servirle”, nuestro hablar directo y seco podía parecer grosero. Susana y yo, a estas alturas, imitábamos con bastante soltura las maneras atentas y humildes de los mexicanos, y Susana, como buena lingüista, incluso el acento y la fonética; así que tal vez pudimos ser unos buenos embajadores de nuestro país, demostrando que en todas partes hay de todo. En cualquier caso Iliana, un espíritu refinado y cultivado, había comprendido en seguida que su experiencia en España no se debía a nada personal, sino a que los españoles éramos así con todo el mundo, y no había maldad en ello.

Después de comer fuimos en coche a su casa, a las afueras de la ciudad, para tomar el café. Dimos un buen repaso a la situación social y política de México; y tratamos temas más ligeros, como la lucha libre mexicana, un fenómeno extravagante y curioso que, por más explicaciones que habíamos recibido, no terminábamos de entender. Nos habló también de un viaje por Nuevo México, la región tomada por los gringos un siglo atrás; hasta que hubo viajado por esta región, Iliana había pensado siempre que la representación tópica del mexicano en el cine norteamericano era pura invención, que los mexicanos no eran así. Pero por lo visto, sí que lo eran, y mucho, los habitantes de Nuevo México. Tal vez se imponía un recorrido en busca de Perdita Durango. Algún día.








Nos despedimos de Iliana y regresamos al centro con el atardecer. La noche del fin de semana se llenaba de gente joven, de tunos vestidos a la salmantina yendo y viniendo de algún tugurio o del teatro. Una zona muy fina cerca del palacio de Cortés estaba repleta de bares a los que acudían los jóvenes más engominados. Cuernavaca era un agradable y saludable lugar; de nuevo tenía que dar la razón a Susana: existía, efectivamente, una clase media que vivía y disfrutaba las ciudades de México.
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6/10/08

Viernes 26 de septiembre de 2008








Nos quedaba por visitar un barrio interesante de la ciudad, el barrio de las Artes. Desde mediados del siglo XX éste había sido el lugar de encuentro y creación de los artistas de Puebla, y mezclados con su colorista arquitectura colonial aparecían multitud de talleres y tiendas de artesanías, óleos, y esculturas, y bares y cafeterías con un cierto aire intelectual. También allí se podían encontrar muchas casas de empeño, un claro indicador de épocas de crisis, de malos tiempos y carencias. Si habían casi desaparecido de la España que salió a flote después de la Transición, aquí eran parte integrante del paisaje urbano, y la frenética actividad de sus ventanillas atestiguaba el estado de la economía civil. ¿Volveríamos a verlas muy pronto en España?














Después de comer hicimos el equipaje y tomamos un colectivo a la estación de autobuses; próxima parada, Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera, el lugar de desahogo y fin de semana de las clases pudientes de la ya cercana capital del país. Cuando llegamos ya se estaba ocultando el sol; pero desde la estación de Cuernavaca hasta el centro teníamos que tomar otro autobús; los maestros, en huelga desde hacía meses, habían tomado la plaza del Zócalo, y aquella tarde además habían cortado varias arterias importantes de la ciudad, por lo que el ya habitualmente caótico viernes por la tarde se paralizó en un atasco monumental. El conductor del autobús trató de tomar atajos por los barrios periféricos, y poco a poco se fue adentrando en lugares de un aspecto un poco más sórdido mientras la noche se hacía sobre la ciudad. Yo trataba de mostrar calma para no asustar a Susana, pero por dentro estaba hecho un manojo de nervios. No era ni la hora ni el lugar adecuado para estar metidos en un atasco con todas nuestras cosas encima. Afortunadamente no sucedió nada, y tras más de hora y media parados o avanzando despacio entre vericuetos humildes de los arrabales, conseguimos llegar al Zócalo. Las únicas víctimas habían sido mis uñas, que había devorado por el estado de ansiedad que me produjo la situación. Después de todo el susto, parecía una ciudad de lo más tranquila. La plaza estaba cubierta de lonas y tiendas de campaña donde los maestros continuaban su ya larga huelga, algunos de hambre. Y entre ellos paseaba la gente por puestos de comida callejeros, o se paraba a escuchar la música de los grupos de percusión y capoeira que animaban la noche. Siendo lugar de vacaciones de la clase media mexicana, se podía haber esperado un atractivo arquitectónico colonial y cuidado; pero al contrario, al más puro estilo de las ciudades españolas, se alternaban viejas casonas con solera y nuevos bloques infames de hormigón y vidrio que arruinaban el conjunto. Allí habían descansado los nobles aztecas, y más tarde Hernán Cortés, que se hizo construir su palacio entre los nobles indígenas.
Con tanta gente paseando era seguro recorrer las callejas del centro en busca de posada. No lo hubiese hecho en ninguna otra ciudad a esas horas; pero Cuernavaca parecía tan segura como una capital de provincia española. En seguida vimos que todo era sensiblemente más caro de lo que acostumbrábamos, así que no tuvimos más remedio que elegir una posada en una calle dedicada a la prostitución, el único lugar con precios a nuestro alcance… al menos la habitación estaba decente.
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Jueves 25 de septiembre de 2008








Si algo bueno tenía para nosotros haber pasado de las zonas eminentemente indígenas a un lugar tan criollo como Puebla, era que a cualquier hora se podía disfrutar de una cafetería con encanto, y tomar un expreso bien cremoso mientras se hojeaba el periódico. Claro, que para desayunar, eran ganas de amargarse; la sección internacional y financiera relataba en tiempo real la hecatombe en la que nos adentrábamos como marcados por un sino inalterable. Ya en abril, cuando viajaba a lomos de una bicicleta por Asia, tenía la sensación de que este viaje era el último que podría hacer en un mundo que en poco tiempo no recordaría si quiera a sí mismo. Por eso, sobre todo, estaba aprovechando este año como si fuera la fiesta final del Titanic antes de sumergirse para siempre.

Y las noticias locales no eran más tranquilizadoras, siempre al estilo de “Aparecen 20 ejecutados en Tijuana”. Las conversaciones de cafetería, las de las abuelitas esperando la vez en la tienda del pan, o las que se podían escuchar en cualquier esquina, a menudo versaban sobre pistoleros, ajustes de cuentas, o algún sicario que había sido encontrado en pedacitos después de haber sufrido una tortura inhumana… México, como gran parte de este lado del mundo, era un país de origen apasionado que solía llevar las pasiones demasiado lejos. Y la creciente violencia, la guerra entre bandas rivales de narcos que estaba sembrando el país de cadáveres mutilados al más puro estilo azteca, y la estrategia del miedo que, como en el resto del mundo, estaba usando la derecha para ganar elecciones y reducir los derechos civiles al mínimo, habían conseguido sumergir al común de la gente en una psicosis colectiva, en un terror findelmundista que se respiraba en cualquier rincón de sus ciudades. La gente estaba acostumbrada a ver armas de asalto en la calle; los guardas jurados, los escoltas de algún cargamento valioso, o los mismos policías, se paseaban tranquilamente a cualquier hora del día o de la noche con sus fusiles de repetición y sus chalecos antibalas, entre las familias con niños y las ancianas bolso en mano. Y nadie más que nosotros parecía asombrarse; si algo he aprendido en tantos viajes, es que la capacidad del ser humano de adaptarse a cualquier cosa, por extrema que sea, es infinita… Así que ojo, tal vez hay que ir poniendo las propias barbas a remojar.

Como los volcanes seguían encapotados, nos decidimos por una visita corta a Amozoc, un pueblito en el que la guía situaba una casa de Hernán Cortés y el rollo, el lugar donde los rebeldes indígenas eran torturados o ajusticiados en los principios de la conquista. Mientras esperábamos el autobús pasó por encima de nosotros un helicóptero con dos Rambos armados con fusiles de asalto, chalecos y cascos de guerra, colgados de los patines, y listos para abrir fuego al sobrevolar los barrios marginales en los que se adentraban y que oteaban como a la caza. Más de lo mismo, y nadie parecía alterarse.









La guía estaba equivocada, no era Amozoc donde se encontraba el rollo, sino Tenejapa, unos kilómetros después; así que continuamos hasta este pueblo, que no tenía mucho más que estas dos atracciones que ofrecer al visitante. El rollo no era la típica picota con forma de columna y horca, sino todo un imponente torreón decorado con esculturas de hechura prehispánica y demoníaca apariencia. De las paredes colgaban los grilletes a los que eran atados los reos para el castigo. La plaza en que se enclavaba le daba un curioso contraste, lleno de una bulliciosa actividad que se desarrollaba bajo sus árboles frondosos. De la casa de Hernán Cortés no quedaba mucho, y estando en manos privadas no se podía ni visitar, así que nos conformamos con el rollo y un agradable paseo.








De vuelta a Puebla decidimos ver una película de época, desarrollada en la misma ciudad de Puebla a comienzos del tumultuoso siglo XX; un buen retrato de los comienzos de la cultura mestiza mexicana actual, en la que la violencia política era el pan de cada día, y en el que diferentes grupos de intereses de las élites pugnaban entre sí por perpetuarse en el poder y la riqueza a costa de cualquier cosa, asesinando y torturando sin miramientos.
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Miércoles 24 de septiembre de 2008

Cerca de Puebla se levantaban tres poderosos volcanes, entre los cuales se encontraba el legendario Popocatepetl, que todavía activo daba algún que otro susto cada cierto tiempo. Sin mucha esperanza tomamos el colectivo al cercano pueblo de Cholula para obtener una de las mejores estampas de los volcanes; el cielo estaba tan encapotado que contábamos con no ver mucho más que una ladera escondiéndose en las nubes. Pero el pueblo tenía un centro colonial y monumental que valía la pena en sí mismo. El colectivo nos dejó bastante lejos del centro, pero eso nos sirvió para recorrer el extenso mercado indígena que abarrotaba las callejas de alimentos y puestos de ropa. Variedades sin fin de frijoles y maíz, pozole de cacao y maíz en polvo endulzados; frutas que tal vez nunca habíamos probado, y mil cachivaches cuyo uso no siempre era evidente. Y como de costumbre, las mujeres indígenas a cargo de la venta.







Un hombre con rasgos mestizos y poblada barba española atendía un puestito de fruta. Al vernos nos preguntó si éramos españoles, y ante nuestro asentimiento nos felicitó por lo bien que la habíamos montado los españoles para matarlos y esclavizarlos. Bueno, que tal vez nosotros no, pero sí nuestros padres, nuestros abuelos… Le contesté que mis antepasados jamás salieron de su pueblito de las montañas españolas, y que si acaso los abuelos de alguien cometieron desmanes, fueron los suyos, no los míos. Con esto se quedó sin saber qué responder. Era infame volver a comprobar la manera en que los criollos mexicanos se han pasado dos siglos echando la culpa de los males de su sufrido pueblo a los españoles; hasta el punto que un descendiente de aquellos españoles que llegaron, tomaron y se quedaron, nos echaba sin complejos la culpa a nosotros. De qué manera tan parcial y partidista se ha usado siempre la Historia en todos los rincones del mundo…








Tras un amplio y despejado Zócalo porticado se subía a un cerro, antaño cubierto de templos y rampas precolombinas, y después de la conquista coronado por la sempiterna iglesia barroca que debía erradicar los viejos cultos. Las vistas de los volcanes hubieran sido privilegiadas de no ser porque el cielo estaba completamente cubierto. Tres soberbios conos volcánicos desaparecían bajo las nubes, y sólo las vistas de Puebla y Cholula, con sus innumerables iglesias y torres, compensaban la falta de los primeros.









Por la noche paseamos por las agradables calles del centro, y descubrimos una zona de bares nocturnos enclavados en un colorista entorno colonial y enrejado. No era día de salir, así que estaban vacíos, pero mostraban otra cara que yo desconocía de este lado del mundo. Después de pasar por internet y leer las noticias anunciando el tortazo final del sistema, la crisis financiera, y el negro futuro al que nos veíamos abocados sin remedio, nos alegramos de estar viajando y disfrutando de la fiesta en lugar de estar trabajando; quién sabía si de un día para otro desaparecerían nuestros ahorros del banco, si el esfuerzo y el trabajo diario de cada uno se iría por la fregadera de la noche a la mañana. Si sería tan fácil viajar dentro de un año o dos… Carpe diem.
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Martes 23 de septiembre de 2008

Después de otra agitada noche de autobús por las curvas que ascendían entre montañas los 2000 metros de desnivel de regreso a Oaxaca, llegamos a esta ciudad para tomar al alba otro autobús que continuase hasta Puebla. Nuevamente el paisaje cambiaba radicalmente, atravesábamos lomas áridas erosionadas en cárcavas y pequeños cañones aluviales, con cactus y pitas como toda vegetación, aunque la época de lluvias acababa de reverdecer su desnudo suelo con un ligero tapiz verdoso.

El autobús nos dejó en el cruce de la autovía, en medio de una zona industrial a las afueras de Puebla. Si no hubiese sido mediodía me hubiese asustado un poco por la situación; pero había suficiente gente yendo y viniendo de su trabajo como para que la excursión por las calles industriales no me pareciese demasiado peligrosa con las mochilas a cuestas. En seguida encontramos qué colectivo tomar para acercarnos al centro, y sumergirnos en el atasco de la hora del almuerzo. Las calles en damero de la soberbia ciudad criolla de Puebla no se habían modificado durante los últimos siglos, y no daban abasto para el tráfico caótico de la ciudad de dos millones de habitantes en que se había convertido. Tuvimos que caminar durante un buen tramo para alcanzar el Zócalo, y desde allí buscar la calle en que la guía situaba las posadas más económicas.







Después de quitarnos la mugre del camino salimos a almorzar. Hasta el momento conocíamos tan sólo la típica taquería roñosa que daba comidas sin cuento ni gusto; pero por algo Puebla había sido desde su fundación uno de los principales centros del poder criollo, de la población blanca y la cultura predominantemente española. Sus restaurantes exhalaban un aroma y un encanto españoles, un toque burgués de antaño, de las buenas maneras corteses, de la falta de prisa y los detalles de gusto. Creo que, después de años recorriendo ya unos cuantos países del continente americano, aquel almuerzo fue el primero en el que sentí mejor que en mi propia casa, atendido por camareros que podrían estar en palacios, y que daban menús económicos como en cualquier otro rincón del país. En un colorido patio de una vieja casona colonial remodelada, comían los ejecutivos de los bancos, tipos trajeados de los bufetes de abogados… una estampa que bien podría haber sido madrileña si no fuese porque en Madrid el trato nunca es ni correcto ni atento.

Y es que Susana y yo habíamos tenido nuestras discusiones sobre el tema; yo insistía en que en años viajando no me había cruzado ni una sola vez con la clase media culta y refinada que ella situaba en su imaginario hispanoamericano. Y de repente allí estaba, llenando las cafeterías de buen gusto, los restaurantes de los viejos palacetes coloniales; paseando trajeados y engominados por las calles del centro de la ciudad. En lo sucesivo tendría que dar la razón a Susana en más de una ocasión, sin duda México era un país que nada tenía que ver con el resto de Hispanoamérica. Fuera de México los centros coloniales son pasto de vampiros, y las clases pudientes, si existen, hace tiempo que se mudaron a exclusivas urbanizaciones donde alguien que viaja a pie de calle no puede ni remotamente acercarse. Aislados del mundo, separados de los pobres de los que tal vez desconocen hasta la propia existencia.








Paseando por el centro descubríamos los siglos de riqueza e historia que adornaban su arquitectura monumental. Decían las guías que en Puebla había una iglesia para cada día del año, y era cierto que al menos se erigía una en cada cuadra del damero de la ciudad. En el Zócalo porticado se sucedían las cafeterías, y un delicioso aroma de café decoraba la calle. Los enormes árboles ocultaban las mejores vistas de la magnífica catedral. Unas cuadras más al norte, un antiguo edificio remodelado de estilo art deco albergaba un centro comercial al más puro estilo americano, pero aderezado con el gusto local. Tiendas y puestos de comida rápida surtían a las familias de clase media que empleaban la tarde en un paseo por las tiendas de moda.








Y la noche no me pareció menos sorprendente. En el centro de 2 millones de habitantes, se podía pasear después de las 9 de la noche sin vérselas con mis temidos vampiros. Las churrerías del Zócalo se llenaban de jóvenes, y una acogedora sensación nos tranquilizaba después de recorridos en los que habíamos tenido que estar más alerta. También nos llamaba la atención la pulcritud de los mexicanos, la extremada limpieza de sus calles, sus locales públicos y sus parques. Abundaban los carteles invocando a la buena educación de la gente para no tirar basura. Ni un papelito, ni un chicle pegado en las aceras. Los cuartos de baño podrían ser algo viejos y destartalados, pero nunca sucios o llenos de papeles y porquería. En esto no había duda de que nos podían dar lecciones a los españoles.
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Lunes 22 de septiembre de 2008

Lo de Santa Bárbara parece que funcionó, e inesperadamente amaneció un día despejado, ofreciéndonos una estupenda oportunidad para caminar por las playas y bañarnos, si acaso encontrábamos alguna calita resguardada donde el Pacífico no despanzurrase lo que se le atreviera. Tomamos una pasarela que rodeaba el puerto hacia el norte, colgándose por las rocas en escaleras, puentecitos y rampas, y durante un buen trecho disfrutamos de unas vistas privilegiadas. Moles de granito esculpidas a capricho por las mareas y los oleajes ponían freno a las embestidas del mar, que a menudo se estrellaba y sobrepasaba la pasarela amenazando con ducharnos.

Un hotel era el final de la pasarela, y obligándonos a regresar a las calles interiores seguimos hacia el norte para alcanzar la siguiente playa, una cala amplia tras el roquedal. Bajando por sus boscosos acantilados volvimos a la arena, aunque tampoco era fácil bañarse allí por lo desprotegido de su orientación a la rompiente de las olas. Después de un rato de contemplación subimos y bajamos la siguiente loma para alcanzar otra cala, ésta chiquita y resguardada, orientada lateralmente a la línea de la costa, donde un movimiento más suave del agua nos permitió estrenar por fin el Pacífico. El agua estaba sorprendentemente tibia, y los pocos turistas que había en Puerto Escondido también la habían descubierto y tomaban el sol en la arena, mientras que algún pescador local se sumergía con sus gafas de snorkel para recolectar ostras que ofrecer a los extranjeros acompañadas de rodajas de lima.







Antes de que atardeciese queríamos ver la última de las playas, que comenzaba a algo más de un kilómetro siguiendo al norte por las calles entre hoteles y urbanizaciones que cortaban el paso a los acantilados hasta mucho más adelante. Después de una barrera verde se abría una línea de arena de varios kilómetros que se difuminaba con la humedad del aire hasta un vaporoso cabo casi en el horizonte. Ni una sola persona poblaba el paisaje; yo ya había visto playas infinitas y desiertas en Brasil, pero para Susana aquélla era otra experiencia nueva y sorprendente. Por una playa de película para nosotros solos caminamos despacio, dándonos tiempo a disfrutar de la soledad de aquel paisaje natural y salvaje. Abierta, indefensa ante el océano, sus olas poderosas se derrumbaban con estruendo llenando la orilla de espuma y el aire de brumas.







De regreso al pueblo, pasamos largo rato contemplando la bahía, y a los pescadores entrando al agua para lanzar a mano sus redes. Los perros olisqueaban los restos del pescado cortado, y fragatas y pelícanos se sumaban a la merienda zambulléndose cerca de la playa.








Antes de que se hiciese demasiado tarde recogimos las mochilas que habíamos dejado al cuidado del vigilante de la pensión, y tomamos un taxi a la estación de autobuses. De noche no era buena idea callejear para buscar el colectivo a la estación, menos aún en las soledades de la temporada baja, y valía la pena pagar un poco más por no tener un mal encuentro. La combinación de montaña y playa había resultado un agradable relax en medio del viaje, pero ya era hora de regresar al interior. Próxima parada: Puebla.
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4/10/08

Domingo 21 de septiembre de 2008







Las playas de la zona no vivían su mejor momento, y la lluvia y el oleaje no permitían el baño. Sin fiesta ni remojón, lo único que quedaba era disfrutar del paisaje y continuar viaje a otra parte. Madrugamos para aprovechar las horas de la mañana paseando hasta Zipolite, la más grande de las playas de los alrededores. Recorrimos la carretera en dirección opuesta a la de Mazunte, y durante 40 minutos subimos y bajamos lomas cubiertas de bosque por los que se colaban pájaros de colores. Habíamos salido en ayunas, y llegamos muertos de hambre a Zipolite. No es que fuese sede de la Madre de las fiestas, pero algo más animado sí que estaba el lugar. Las playas del Pacífico eran populares desde que en Norteamérica diera sus primeros pasos la cultura del surf, toda una hedonista forma de entender la vida que, en lugares como Zipolite, había configurado una fisonomía, una forma y un fondo particulares. Las palapas en la playa, las drogas, las hamacas a pie de playa, los bares de copas y la música hasta el amanecer bailando en la arena… veníamos fuera de temporada para conocer el espíritu, pero alguno que otro surfero pasado de vueltas con las drogas se veía desayunando en el bar. Algo es algo…








A penas pudimos dar una caminata por la playa antes de tener que tomar el colectivo de regreso a San Agustinillo para dejar a tiempo la habitación y no tener que pagar un día más. Recogimos todo, y en dos colectivos y hora y media, llegamos a Puerto Escondido. Ya no se trataba del ambiente hippy y relajado de las playas que acabábamos de ver. Aquél era un destino turístico para mexicanos, y por tanto estaba afeado por la estética local, descuidada y encementada en llano, pintada de colores y saturada de carteles anunciándolo todo a los cuatro vientos. Más sucio, menos romántico, más enrevesado y orientado a una bahía que alguna vez había sido una hermosa playa, convertida ya en un mugriento arenal y puerto de lanchitas de pesca desde el que entraban al mar los pescadores con sus redes.








Tampoco acompañaba el tiempo, y estuvimos tentados de olvidarnos de la playa y regresar esa misma tarde al interior. Pero finalmente optamos por quedarnos e intentar pasear sus playas infinitas cuando la intermitente lluvia lo permitiese. Después de acomodarnos en otra mugrienta habitación, seguimos la playa hacia el sur, una infinita línea de costa abierta a un mar salvaje que la golpeaba sin piedad. Carteles en la arena avisaban de que bañarse suponía riesgo de morir ahogado, y sólo algunos surfistas provistos de sus tablas desafiaban a las olas, que los vapuleaban tras dejarse surcar durante unos segundos.







Puerto Escondido también estaba fuera de temporada, y no había mucho que hacer tras el anochecer. Cenar y acostarse, y poner una vela a Santa Bárbara para que no tronase y nos trajera una mañana soleada para probar el mar con la piel.
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Sábado 20 de septiembre de 2008

De buena mañana recogimos nuestros bártulos y, bajo una fina llovizna de alta montaña, bajamos a la carretera a esperar el colectivo. En unos minutos ya nos mareábamos a gusto en otro rally al límite, por curvas y cuestas empinadas en un paisaje siempre verde que, poco a poco, dejaba atrás los pinos y los musgos de los altos para irse enmarañando en una selva espesa y tropical, más acorde con la latitud a la que nos encontrábamos. Dos horas después llegamos a Pochula, cambiamos de colectivo, y en media hora más desembarcábamos en la pequeña playa de San Agustinillo, con el cuerpo revuelto por el agitado trayecto.







Yo volvía al Pacífico por primera vez en más de 6 años. Conocía el gris y bravo océano que golpeaba las costas desérticas del Perú, y esperaba un paisaje similar. Y el océano era, efectivamente, furioso y de color plomizo; pero tras la estrecha franja de arena rojiza que entraba muy inclinada en el mar que la castigaba, surgía una exuberante floresta tropical surcada por mariposas enormes y coloridas, tucanes y aves de bellos plumajes, en lugar de un desierto sombrío.

Después de buscar alojamiento salimos a almorzar junto al mar, bajo un precario techado de hojas de palma que nos protegía de la lluvia. A pocos metros la selva se precipitaba por unos acantilados de roca hasta la arena, y un mar embravecido llenaba el aire de una neblina de espuma que le daba un aspecto otoñal y atormentado, romántico y lleno de vida. No era lugar para bañarse, con un oleaje que podría ahogar a cualquier insensato que se atreviese con él, pero el paisaje merecía recrearse. Salimos después a caminar playa adelante vestidos con los impermeables, bajo un aguacero impenitente, mientras algunos surfistas locos se jugaban la piel entre rocas y olas de tres metros.














Cuando el chaparrón se calmó un poco, tomamos la carreterita que subía el cerro tras el pueblo, y después de unos cientos de metros entre árboles, llegamos a la playa de Mazunte, otro de esos lugares que suele hervir de vida y música en la temporada alta, y que ahora sólo ofrecía el encanto decadente de la soledad. Sólo alguna viajera solitaria y despistada paseaba por la amplitud salvaje de la playa. Despedimos la claridad del día en uno de los pocos bares abiertos de la playa, y ya de noche regresamos por la carretera a San Agustinillo. No había ni una sola farola, ni un alma que la poblase, así que la fama que aquellas playas tenían de peligrosas por los asaltos y los problemas de drogas, nos hizo caminar rápido y en silencio, como queriendo no ser vistos ni delatarnos ante algún vampiro que anduviese al acecho en la oscuridad. Afortunadamente sólo nos topamos con algún perro que se puso en guardia al ver aquellas sombras extrañas y silenciosas. San Agustinillo estaba desierto, y no quedaba más que acostarse con el rumor lejano del oleaje.
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Jueves 18 y Viernes 19 de septiembre de 2008

Llegaba el momento de abandonar Oaxaca y continuar; la primera opción que habíamos considerado era la de saltar directamente a Puebla. Pero también podíamos tomar un autobús hacia el sur, a San José del Pacífico, y plantarnos en un paisaje alpino justo antes del océano, para desde allí bajar hasta las playas después regresar al interior. Tras varias semanas tierra adentro no parecía mala idea relajarnos con la montaña y después el mar, y dejar la abarrotada ciudad de Puebla para más adelante.

Pero antes había una visita obligada a unos pocos kilómetros de Oaxaca: el Tule, el árbol más grande del mundo, y uno de los más antiguos todavía vivos. Al final de nuestra calle llegamos a la terminal de segunda, y allí tomamos el colectivo hasta Santa María del Tule, la localidad que lo albergaba. Como no destacaba por su altura, sino por su extraordinario grosor, cuando nos bajamos del colectivo y ya lo vimos aparecer junto a una colorida iglesia colonial y tras una elegante verja, no sentimos especial sorpresa. Pero acercándonos un poco más a la reja y entrando en el parquecito que lo rodeaba, nos topamos con un impresionante monumento de la Naturaleza. Aquel sabino de unos 2.000 años de edad, 14 metros de diámetro y 58 de perímetro era uno de los seres vivos más longevos de la Tierra. Adorado por los indígenas, resistió los rayos y el paso de los siglos, y se pudo librar por poco de ser convertido en muebles por un comerciante de la capital. No quisieron los indígenas aceptar la suma de dinero que ofreciera por él, demostrando una vez más tener más sentido común que los occidentales. Frente a aquella maravilla me habló Susana de otros indígenas, los de la isla índica de Tivea, que se compadecían de los europeos, esos hombres que acumulaban cosas y más cosas sin saber por qué. Los tiveanos sabían que por mucho que se empeñe el Hombre en hacer cosas grandiosas, nunca puede alcanzar a compararlas con las que hace la propia Naturaleza. Allí estaba, majestuoso, el Tule, dando la razón a los tiveanos.







Volvimos a Oaxaca a por nuestras mochilas, y caminamos hasta la terminal, unas cuadras más abajo. El autobús a San José del Pacífico era una destartalada lata vibrante y ensordecedora, que con todo fue capaz de atravesar los amplios valles de vegetación somera, cactus y agaves, hacia las altas y oscuras montañas que poco a poco se fueron aproximando desde la lejanía. La vieja cafetera consiguió ascender hasta los 3.300 metros sobre el nivel del mar, mientras a mí me empezaba a doler la cabeza en aquel aire enrarecido y frío.







San José era un pueblito, apenas unas casas, entre empinadas laderas cubiertas de pinares por las que se encaramaban las nubes que llegaban desde los valles que, mucho más abajo, continuaban descendiendo hasta el océano. Su fuente principal de ingresos era el turismo; pero un turismo particular. De hecho pocos visitantes se aventuraban a caminar por sus paisajes de bosque húmedo casi alpino. Porque a lo que se venía a San José era a comer hongos alucinógenos, a emprender supuestos viajes astrales distorsionando la intención original de los indígenas que los utilizaron en sus ritos. En las cabañas más altas del pueblo, con las vistas más envidiables de todas, encontramos alojamiento económico. Allí mismo almorzamos casi a las 5 de la tarde, mirando la infinita sucesión de montañas que aparecían y desaparecían entre gasas de nubes que evolucionaban a toda velocidad, movidas por el helado viento de las alturas, desplomándose sobre los árboles enormes, ascendiendo las laderas, girando en volutas al raspar las cumbres. Al final se adivinaba, sin verse, el océano entre brumas, y algunos rayos de un sol muriente coloreaban tibiamente la postal. Por algo era el lugar elegido por los comehongos para sus viajes.








Bajamos a tomar un café a un barecito apañado del pueblo, con estufa y música de jazz para caldear el ambiente. Roberto, un joven maestro del pueblo, vino a charlar con nosotros. Nos contó su día a día con los niños en la escuelita de la comarca, de cómo el maestro era casi tanto como el padre para ellos. Según decía, eran tan limitados los recursos que la gente no tenía ni para comer en condiciones, tortas de maíz y frijoles eran toda su dieta. Roberto compraba de su bolsillo leche para repartir entre los niños. La actividad principal de las comunidades, además de la recolección de los hongos alucinógenos para los turistas, era talar los árboles de los ancianos bosques de las montañas; y eso era pan para hoy y hambre para mañana. Con sus niños plantaba árboles, y regándolos y cuidándolos día a día contribuía a un cambio de conciencia que tal vez daba cabida a la esperanza. Y además de las asignaturas programadas, trataba de transmitir valores y conocimientos tradicionales, tan alejados de la loca carrera occidental a ninguna parte. Los conocimientos que se suelen impartir, decía, eran inútiles para niños que nunca tendrían la oportunidad de seguir estudiando. Sólo servían al gobierno, que dotaba a los chavales de la cultura básica para ser empujados como mano de obra barata a engrosar los cinturones depauperados de las ciudades.
Cuántos maestros como Roberto hacían falta en este mundo, cuántos…

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A la mañana siguiente amanecimos helados, y el cielo seguía encapotado y lluvioso. Desde las cabañas salía una sendita que se internaba en el bosque hacia la cumbre, y después de desayunar decidimos hacer una ruta por ella. Con la suave pero continua llovizna se hacía necesario cubrirse con los impermeables, y el paseo algo embarrado se hacía no tan agradable; pero las brumas y el agua reverdecían los musgos y líquenes de los centenarios pinos y equisetos; envolvían en magia los helechos, las orquídeas y las flores de colores visitadas por colibríes y mariposas. De pronto nos encontrábamos sumergidos en un paisaje céltico, de hadas y duendes, de verdores misteriosos y sonidos evocadores. Y aunque acabamos helados y empapados, el paseo bien valió la pena. Tan espeso era el bosque que, para no perdernos, cada vez que se bifurcaba la ligera senda andábamos listos en dejar alguna marca en el suelo, algún tronco alineado con la ruta de vuelta. Así, haciendo un recorrido circular por aquel laberinto, supimos dar con nuestro camino de regreso sin tener que volver sobre nuestros pasos, ni desorientarnos peligrosamente.







De vuelta al pueblo escuchamos la música de una animada charanga que bien pudiera haber sido navarra o aragonesa, y que a mí me hizo sentir como en casa. Pero cuando preguntamos nos dijeron que no se trataba de fiesta alguna, sino de un entierro a la manera de los indígenas. Por más que nos encontrásemos en tierra extraña, no dejaban de sorprender a cada paso los paralelismos y similitudes de este pueblo con el nuestro.

Un mexicano que se acababa de hospedar en la cabaña contigua a la nuestra compartió con nosotros el bellísimo atardecer sobre el mar de nubes. Había venido a lo que todos, a tomar los hongos alucinógenos. Nos contó que el “viaje” llevaba a un punto de perspectiva desde el que se podían apreciar con otro enfoque los problemas cotidianos que a cada cual acuciasen, y entenderlos mejor, de manera que era fácil encontrar soluciones que de otro modo no se hallarían. O también descubría un mundo nuevo de color en el que la Naturaleza brillaba con un esplendor especial, mostrando su riqueza y su despliegue de vida de un modo asombroso. A veces los propios elementos de la Naturaleza cobraban vida para contar al “viajero” secretos y sentimientos… Parecía toda una experiencia que tal vez deberíamos de haber probado; pero yo nunca he sentido curiosidad por perder el control de mis sentidos y de mi pensamiento, y aquélla no iba a ser tampoco la ocasión de hacerlo. Nos conformamos con las espectaculares vistas desde nuestro rinconcito encaramado en el risco. El frío nos había recogido el ánimo, la ventisca de la noche helaba los huesos, y el ascenso a la cabaña desde el pueblo se hacía duro por lo enrarecido del aire. Por la mañana sería buena idea viajar al mar y respirar de nuevo su humedad salina.







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