1/11/08

Lunes 20 de Octubre de 2008






El centro de Campeche era otra colorida cuadrícula colonial; pero agraciada con un toque marino, horizontal y almibarado que la hacía diferente de las otras ciudades coloniales. Sus casas de una altura, su atmósfera caribeña relajada y gentil; sus adoquinadas calles con aceras de un metro de altura que probablemente evidenciaban la frecuencia de temporales e inundaciones por su proximidad al área de los huracanes otoñales… Campeche tenía un carácter de mundo, no tan recogido e íntimo como San Cristóbal. Después de todo, abierto al mar y bendecido por la ardiente brisa del Caribe, tenía que vibrar a un ritmo distinto. El mar no se podía ver, pero estaba presente al final de las líneas de las calles, hoy cortadas por edificaciones modernas en primera fila que impedían ver el azul y el horizonte. Un huracán había destrozado hacía pocos años su vieja muralla española, que por un lado se bañaba directamente con el oleaje, y por el otro amenazaba con sus cañones a las incursiones por tierra. Habían aprovechado la reconstrucción de la devastada línea del mar para ganarle unos cientos de metros artificiales al océano, y así darle la espalda como en un infantil acto de despecho; las nuevas construcciones de la reciente tierra firme ocultaban el decorado marino que tan colorida perla se merecía como colofón.








Campeche había sido desde poco después de la conquista española, un enclave estratégico que en seguida se vio acosado por piratas franceses e ingleses. Cañones, fortines en las esquinas de su muralla, y rincones decorados con la temática bucanera daban buena cuenta de ello. Cambiamos la ropa larga por los pantalones cortos, que llevaban más de un mes en el fondo de la mochila. Volvía a ser, por momentos, penoso el caminar en las horas de más calor del día.








Después de un agradable paseo por sus calles buscamos la salida al mar tras la línea de hoteles horribles; un agua fea y turbia moría en un malecón de hormigón sin gracia ni cuento, con lo que nos llevábamos una pequeña desilusión; tal vez habíamos esperado un mar como el de la Riviera Maya, como las playas idílicas de Tulum con las que soñábamos a menudo. La playa tendría que esperar.

Así se pasó el día, y a última hora del sol se nos ocurrió tomar un autobús a una playa cercana que nos habían recomendado. Con la idea de disfrutar del atardecer en un horizonte marino que daba al oeste, nos fuimos internando en una sucesión de barrios cada vez más humildes, y aquí y allá aparecían grupos de chavales de aspecto ponzoñoso que nos retiraban de nuestro deseo de playa. Susana se fue asustando, y yo tampoco tenía muy claro que fuese una buena idea parar por aquellos lares poco antes del anochecer; así que cuando nos dejó en la desierta playa, no hicimos otra cosa que cruzar la calle para esperar el transporte de regreso al centro de Campeche. Un sospechoso coche con las lunas tintadas disminuyó su velocidad al pasar frente a nosotros, y paró unos metros más allá. Un escalofrío nos recorrió la espalda, pero por fortuna llegó a tiempo el colectivo para rescatarnos y llevarnos al cobijo del centro. Uf… por poco…

Tras dos meses lejos de la costa oriental de México volvíamos al Caribe; y aunque de día se veía gris y sucio, con la noche sirvió para un paseo relajante y evocador en su brisa que suavizaba el caluroso aire tropical. De regreso a la posada nos encontramos con una redada policial; después me enteré de que buscaban a dos ilegales hondureños, y que se los habían llevado presos para, seguramente, deportarlos de vuelta al infierno. Qué extraña la vida, a veces.
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Domingo 19 de Octubre de 2008






Por la mañana dejó de llover un rato. Habíamos decidido marcharnos después de comer para continuar viaje, pero aunque lo de la excursión a día completo por la selva no era posible debido a los torrentes de agua, viendo que el chaparrón nos daba una tregua, sí que al menos podíamos dar un corto paseo hasta una cascada no muy lejana del campamento, y a la que una clara senda conducía sin necesidad de llevar guía. Los grandes charcos como lagunas en el camino anunciaban lo que nos esperaba, y con un poco de resignación nos sumergimos hasta poco menos de la rodilla, empapando las botas sin remedio. Hacía algo de fresco en la nublada mañana, y no fue agradable mojarse; pero una vez pasado el pequeño mal trago, ya podíamos trotar por el monte sin cuidado, pues más no nos íbamos a mojar.
Seguimos por los amplios terrenos arbolados, en los que de vez en cuando aparecía un grupito de cabañas perteneciente a una familia. Algunos lacandones vestían su túnica blanca tradicional sobre la que caía una brillante melena negra, mientras otros vestían a la occidental. Incluso se podían ver algunos jóvenes imitando la moda pandillera hispana, pelo corto, piercings, gorras de béisbol y majaderías similares. El choque cultural había sido demoledor, y en una de las explanadas aparecía una iglesia evangélica que atronaba el silencio maravilloso de Lacanjá con despreciables cánticos de misa en sus altavoces. Un escozor pirómano nos invadió a los dos, cuánto daño hacían estos inconscientes… ¿hasta tan lejos tenían que llegar para destrozar una cultura tan valiosa y hermosa como aquella?


Seguimos por el camino, y después por una sendita que estaba siendo acondicionada con gravilla por los locales para explotar la visita a la cascada de cara al turismo. Entrábamos en una espesura oscura y silvestre, de árboles no demasiado viejos, pero enmarañados y llenos de fragancias. La senda se convirtió en arroyo, y no había más remedio que volver a sumergirse para seguirlo. Susana se puso algo cómica; era su primera experiencia de selva, y andaba algo paranoica con imaginaciones de insectos, serpientes y animales peligrosos que en cualquier momento se le iban a agarrar al cuello. Con tanta agua allí no había ni mosquitos, y no pudimos disfrutar más que de unos cientos de metros antes de llegar a un punto en que un fuerte torrente desbordado impedía el paso. Había valido la pena, aunque a las botas sumergidas comenzaba a sumarse la lluvia, que regresaba a tomar posesión del bosque.








De regreso al campamento preguntó Susana en una tiendita en el cruce de caminos. Lo atendía un chico joven, Chankin, que resultó ser el hijo mayor de la familia que nos acogía. Ya brincaba de los 30, y vestía a la occidental después de unos años en Ocosingo y en otras ciudades de Chiapas. Había vuelto a la vida tranquila de Lacanjá, a ocuparse de su joven esposa y sus hijos, de su milpa y de sus responsabilidades en la comunidad. Se conoce que no debía de tener muchas ocasiones al cabo del mes para hablar con gente de fuera, porque durante más de dos horas nos contó tantas cosas que no alcanzaría a recordarlas todas. Y a cual más interesante.

Nos comenzó hablando de la historia de su pueblo. Sus tierras ancestrales eran extensas, y en su mayoría cubiertas de una selva casi virgen que habían sabido conservar durante siglos. Pero desde que en los años 40 el gobierno había comenzado a interesarse por esta remota región, oleadas de colonos de otras etnias, choles y tzeltales sobre todo, habían ocupado muchas de sus tierras, creando una situación algo tensa que se veía agravada por la destrucción masiva de la selva que estos producían para crear pastos para su ganado. El gobierno los había obligado a mancomunarse en una asamblea multiétnica para administrar los derechos sobre las tierras comunales, pero según Chankin, los acuerdos no eran a menudo respetados por las otras etnias. Los lacandones seguían cultivando sus tradicionales milpas, sin practicar la devastadora ganadería, y enorgulleciéndose de su comunión con una Naturaleza que siempre los había cobijado y alimentado; prácticamente la adoraban como a una madre, y la honraban escrupulosamente.
Los conflictos con otras etnias solían surgir porque los lacandones, en clara minoría, se encontraban muy desprotegidos ante los miles de choles y tzeltales que ocupaban frecuentemente sus tierras, avanzando en su expansión y en su destrucción. No hacía ni un mes que un joven de 19 años lacandón había sido asesinado por unos tzeltales ebrios. Se trataba del hijo de la dueña del campamento El Tucán Verde, que de repente se había quedado sin un hijo y sin un pilar básico de sus ingresos, ya que era él quien hacía de guía a los turistas que alojaban. Era también el primo de Chankin, y un cierto sentimiento de pueblo acosado y amenazado de extinción se apoderaba de su rostro cuando nos lo relataba.

No sólo físicamente estaban acorralados, sino también culturalmente. El gobierno los obligaba a cortarse el pelo y a vestir a la occidental si querían ir a la escuela. Normalizando, destruían su cultura, y él mismo no parecía ya dispuesto a colocarse la túnica y dejarse crecer el pelo de nuevo. Otra guasa digna de mención, era que en un país como México, en el que las familias fácilmente tienen una docena de hijos, los lacandones estaban siendo obligados a tener un solo hijo, con la excusa de que si su población crecía (no superaban las 600 almas), la selva sería devastada. Estaba claro que la única intención era exterminarlos, erradicarlos como anormalidad incómoda, como voz discordante y como patrimonio de la Humanidad, que es lo que en realidad debieran ser.

Su abuelo le solía decir que había que cuidar los árboles y la selva; que si los mataban serían ellos los que después acabarían vengándose y matando al Hombre. Chankin no lo entendía cuando era pequeño, pero después de vivir en algunas ciudades y descubrir la inhumana existencia de las personas que mataron a su madre Naturaleza, había comprendido las palabras de su abuelo, y lo había dejado todo para volver a la tranquila Lacanjá. Hoy se preguntaba cómo su abuelo, un anciano de otro tiempo, podía haber sabido todo eso.

Chankin había sido durante algún tiempo representante de su comunidad ante el gobierno de Chiapas. En una de las reuniones a las que acudió se negó a firmar un acuerdo que no favorecía los intereses de su pueblo; trataron de comprar su voluntad con un sueldo mensual astronómico, soborno al que él se había negado. Todo se compraba en México: la política, la policía, la justicia… Desde entonces estaba marcado como maldito por los poderosos de la región, y prefería no mezclarse en los asuntos políticos.








Nos despedimos de Chankin para regresar a por nuestras mochilas y emprender viaje. Sólo se podía llegar en el taxi de Carmelo hasta el cruce por donde pasaba el colectivo a Palenque. Carmelo era un lacandón bonachón y sonriente, con tez clara pero rasgos casi africanos que recordaban a las cabezas colosales olmecas. Con su túnica y su melena sorprendía al volante de un bien cuidado taxi. Nos despedimos de la familia del Jaguar, y embarcamos con Carmelo hacia la carretera. Por el camino nos contó que su abuela decía que a través de una chamán había hablado con los mayas; que le habían contado que seguían vivos, que vivían en otro planeta; que los lacandones eran los descendientes de los mayas que, después de las catástrofes que asolaron sus magníficas ciudades, habían huido a la selva más espesa. Era una pena tener que marcharse, porque con cada persona que hablábamos en Lacanjá nos llevábamos una sorpresa. Se podía escribir un libro si se pasase el suficiente tiempo entre ellos; sería cosa de regresar, era un pueblo realmente especial, el lacandón.







Agarramos el colectivo; de pronto se habían ido las nubes un sol espléndido resaltaba los colores de la selva; y justo ahora nos teníamos que ir. Colgamos las botas mojadas en la ventanilla para que el viento ya caldeado las secase, y cuatro horas después llegábamos de vuelta a Palenque. Ahora sí que tomábamos el camino del Caribe; la primera parada, en la ciudad costera de Campeche. El autobús salía bien entrada la noche, así que hicimos tiempo cenando y charlando en la única terraza de palenque que cerraba tarde. Adiós Chiapas, gracias por todo y hasta pronto.
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Viernes 17 y Sábado 18 de Octubre de 2008







No había más tiempo para San Cristóbal. En principio nos habíamos planteado abandonar Chiapas después de esta ciudad, y volver directamente a la costa del Golfo para disfrutar del Caribe con tranquilidad. Pero en México DF, nuestros amigos Óscar y Ruth nos habían convencido de hacer una visita a Lacanjá, un remoto pueblito casi en la frontera con Guatemala, en el que se podía conocer a los nativos lacandones y visitar la selva virgen en su compañía por un precio muy razonable. Así que pasamos todo el día en el transporte para poder llegar a Lacanjá.








Por la cantidad de horas de autobús bien hubiera valido la pena viajar de noche; pero esto no era posible, ya que teníamos que conectar varios trayectos de unas pocas horas en colectivo, y sólo hacían el recorrido de día. El primer tramo, dos horas desde San Cristóbal a Ocosingo. Después otras dos horas de Ocosingo a Palenque; y tras un rato largo de espera que aprovechamos para almorzar, otro trayecto de cuatro horas hasta Lacanjá. Todo el recorrido desde San Cristóbal había sido de bellísimas montañas y bosque de clima cálido; pero según nos fuimos acercando a la selva lacandona, la espesura y la altura de los bosques se hicieron más considerables, y poco a poco se vino la noche entre neblinas, lloviznas, y las estrechuras de los cerros y los tupidos árboles.

Lacanjá no era si quiera un pueblo común; era una cierta zona geográfica inmersa en selva en la que se desperdigaban las casitas de los lacandones, comunicadas por un laberinto de caminitos y senderos. No había un centro reconocible, ni nada que se le pareciese. Los lacandones habían vivido sin contacto con la plaga occidental hasta el año 1942, y pese a la presión de los gobiernos y de los colonizadores, mantenían un estilo de vida bastante intacto. Con una población que no llegaba a los 600 habitantes, los lacandones eran los legítimos descendientes de los mayas, cuya lengua hablaban todavía junto a un español mucho más entendible que el de muchos mexicanos más urbanos. Llegamos de noche, lloviendo; el conductor del colectivo se apiadó de nosotros y nos dejó en la puerta del campamento que nos habían recomendado, el Tucán Verde, apenas unas chocitas entre los árboles. La luz estaba encendida, pero no había nadie. Nos resguardamos de la lluvia bajo un techado, y esperamos con paciencia un largo rato mientras una miríada de luciérnagas intermitentes aparecía y desaparecía por turnos de la alta hierba de la explanada. Un rato después, en vista de que no llegaba el dueño, cogimos nuestras mochilas y caminamos el tramo de camino que llevaba a otro campamento, el Jaguar, donde esta vez sí nos atendieron. En seguida nos acomodaron y nos prepararon una cena, que ya iba siendo hora de comer algo. El dueño era un hombre entrañable, un lacandón rubio casi albino que tenía nada menos que 12 hijos y ya pasaba de 60 años. Vestía la túnica tradicional, blanca y larga hasta las pantorrillas, y lucía una melena larga y cuidada. Él solo había montado el campamento, las varias cabañas y los cuartos de baño, que junto con el trabajo en la milpa (la huerta) le daban para mantener a tan numerosa familia.

Hablando con ellos nos dimos cuenta en seguida de que, para ser uno de los pueblos más recientemente contactados e integrados a la vorágine oficial, eran sorprendentemente abiertos, y la comunicación parecía más fácil y fluida que con muchos otros mexicanos que habíamos conocido en lugares mucho más cosmopolitas.









La noche se adentró en la selva como había comenzado, con un fuerte aguacero que hacía sonar las infinitas hojas de los árboles y empantanaba la ya saturada tierra. Sentíamos el palpitar de la vida, el crepitar de los seres que no veíamos y que llenaban de ojos la oscuridad.


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Y amaneció como anocheció, lloviendo. Habíamos venido a hacer una excursión en la selva, pero con la que estaba cayendo y el fresco que hacía no era un buen plan. Además, por lo que nos dijeron, una lluvia tan copiosa anegaba los llanos y los llenaba de torrentes peligrosos, por lo que había que descartar del todo la exploración. Estábamos a las puertas de una selva fascinante, y no podíamos hacer otra cosa que charlar con la familia que nos acogía, y soportar bajo techado el ininterrumpido diluvio que no cesó ni un minuto durante todo el día. Leímos, escribimos; almorzamos en la cabaña principal. Especialmente interesante fue conversar con el anciano lacandón que, con la lluvia, estaba igual de varado que nosotros, con la milpa esperando que despejase para poder ser trabajada. Su delicado entendimiento mostraba una coherencia asombrosa; una conciencia ecológica sutil y una visión global por la que me hacía cruces: cómo aquél anciano que jamás había salido de Lacanjá conocía tan bien los problemas de nuestro mundo de locos occidental… Él había nacido en una época en la que todavía no sabían de la existencia del hombre blanco, pero parecía más enterado que muchos enteradillos que conozco. Sabía de sobra que vivíamos en ciudades insalubres, llenas de industria y de coches que envenenaban el aire y el agua, que contaminaban los alimentos y nos mataban prematuramente. Cultivábamos la tierra con químicos, tratando de acelerar los parsimoniosos procesos de equilibrio de la Naturaleza, que de este modo se rompían afectando a nuestra salud. Sí, se producía más y más grande, pero a costa de enfermarnos. No eran nuestras ciudades lugares para vivir, la vida se hacía miserable y carente de valor. Él trataba de transmitir a sus hijos el amor por la naturaleza, la necesidad de conservar los árboles, la pureza de las aguas y del aire; el frágil y maravilloso equilibrio de la tierra que nos daba de comer.










También era un entendido en las plantas medicinales, en los remedios de la Naturaleza. Y no sólo del cómo; sino del por qué. Tanto el organismo humano como la Naturaleza dependían del concepto de equilibrio; enfermaban cuando este equilibrio precario se rompía, y sólo con mucho tiempo y paciencia, a la manera de los procesos naturales, se podía devolver el equilibrio al organismo, es decir, acabar con la enfermedad. La medicina de los occidentales no atacaba la raíz, no restablecía el equilibrio, sino que atacaba los síntomas, y lejos de equilibrar agrandaba el desequilibrio. La gente, incluso muchos de los lacandones más jóvenes, preferían los médicos occidentales, el remedio rápido, la pastilla que arreglaba esto y rompía lo otro a cambio. Curarse realmente requería de lentitud, de una alimentación sana que restableciera las proporciones, la armonía de nuestro organismo; y de la delicada y dilatada ayuda de las plantas medicinales, que hacían su trabajo al ritmo de la Naturaleza. Era una delicia escuchar a nuestro amigo, que con un aspecto de otro tiempo pasado, transmitía ideas para un futuro mejor. Había algo mágico en estos lacandones, sí es verdad.

Siguió diluviando todo el día, y de nuevo la noche se envolvió de evocaciones reptantes, de sigilosas existencias, de miradas invisibles.









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Jueves 16 de Octubre de 2008

Otra noche de autobús, bien movida, disfrutando del frío polar del aire acondicionado que me despertaba a cada rato con un castañeteo de dientes, y ya estábamos de vuelta a Tuxla Gutiérrez. Nada más salir del autobús nos descongelamos: volvíamos al trópico, al calor húmedo y selvático de los llanos chiapanecos, y aunque ya estaba apoderándose el nuboso otoño de la atmósfera, no alcanzaba a refrescar el ambiente.
Sólo teníamos que recoger el pasaporte nuevo de Susana del Consulado de España en la oficina de la ferretería, y ya podíamos salir del laberinto de hormigón de Tuxla. Un taxi nos dejó en la puerta, y una vez cerrado el trámite, tomamos un colectivo al centro: se nos había olvidado desayunar, así que estiramos los agarrotados músculos en una cafetería junto a la catedral, y después caminamos la hilera de cuadras hasta la parada de los autobuses a San Cristóbal. Recordaba haber pasado un poco de desconfianza paranoica paseando por Tuxla la primera vez: era nuestra primera gran ciudad en un país desconocido, y el aspecto no era el más saludable del mundo. Pero esta vez veníamos curados de espantos, y caminamos sin cuita por las calles ajetreadas de la mañana, acarreando todas nuestras pertenencias con nosotros.

Una hora después, tras el ascenso de la sierra, nos encontrábamos a 2.000 metros sobre el nivel del mar, de vuelta a la ciudad que más nos había seducido en todo el viaje: la indígena, mestiza, colonial, y casi mágica, San Cristóbal de las Casas. Nos recibía con su habitual y contrastado frío, con su vida relajada y mezclada, con sus estudiantes aguardando en la puerta de las facultades, con las mujeres indígenas cargadas con niños y mercancías. Susana y yo estábamos de acuerdo en que si tuviésemos que vivir en México, aquél sería un lugar ideal para quedarse. Bueno, si no fuese porque con los salarios locales y la falta crónica de trabajos disponibles, lo más probable sería que nos muriésemos de hambre cual náufrago lejos de casa.








Caminamos hasta la agradable pensión en la que habíamos pasado una semana meses atrás, pero no quedaban habitaciones libres, por lo que cambiamos a otra unas cuadras más al norte. La dueña era una joven suiza, rondando los 30 años, que se había decidido por dar el salto y vivir una agradable y fácil vida ganándose las lentejas con una casita de huéspedes repleta de viajeros alternativos. Se la veía disfrutar de su nueva vida, y a mí me daba buena envidia; hace años que yo me he planteado vivir de esta manera, conocí tanta gente por el camino que lo hizo…

San Cristóbal era escenario de un festival Cervantino, pero no parecía gran cosa: algún concierto público de música barroca, actuaciones callejeras,… Susana se fue a pasear y a buscar más información sobre sus inquietudes zapatistas, mientras yo me quedé en la posada escribiendo y poniendo en orden los recuerdos de los últimos días. Nos encontramos en la noche para dar un paseo de despedida, y tal vez prometernos regresar algún día con mucho más tiempo para disfrutar de la deliciosa rutina de la ciudad. Su ambiente cultural vibrante y ecléctico, el alma indígena de sus calles y mercados; la tranquila, pintoresca y armoniosa, pequeña y accesible San Cristóbal, acogía al visitante sin esfuerzo y con calidez pese al rigor de su clima. El zapatismo le añadía un carácter rebelde, innovador e inconformista, mentalmente activo y comprometido, impregnando el aire de aromas de nueva era. Cenando con música en vivo conversamos, como cada día, sobre lo lindo y lo feo, sobre lo humano y lo divino. Cuánto iba a extrañar la compañía de Susana cuando en unos días se separasen nuestros caminos.





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24/10/08

Miércoles 15 de Octubre de 2008


Estábamos impresionados por la hospitalidad de nuestros nuevos amigos. Tan sólo habíamos compartido unas horas con ellos y nos hacían sentir como en familia, como en casa. Estaba claro que nos iba a costar decir adiós por la tarde, pero todavía teníamos todo el día para disfrutar del humor y de las anécdotas de Iliana y Manuel. Un largo desayuno, un relajado ambiente casero y amistoso, y Manuel siempre con su carácter resuelto y parlanchín, con madera de cómico y una mente privilegiada. No eran menos interesantes sus amigos. A medio día llegó Ismael, otro doctor en sociología que conocía a Manuel e Iliana de toda la vida, y que procedente de Mazatlán venía a unos congresos en Cuernavaca cargado con los mejores camarones del Mundo (los de su Sinaloa natal, por supuesto) para agasajar a sus amigos. Acompañamos a Manuel a recoger a Ismael a la estación de autobuses, y mientras hacían unos recados nos dejaron en las ruinas precolombinas de la ciudad. Tuvimos un rato para recorrer sus viejas piedras antes de que regresaran por nosotros, y de allí a hacer las compras para acompañar los camarones. Por tradición los camarones y la carne sólo los podían cocinar los hombres, así que Iliana y Susana se relajaron con un café mientras Ismael, Manuel y yo nos dedicábamos a preparar los camarones en augachile (crudos en un batido de limón y chile), y en ceviche, una especie de ensalada con camarones crudos en limón. Ismael venía de la región en la que se había originado el narco mexicano, y como sociólogo aportaba información muy interesante. Todo había empezado cuando en la Segunda Guerra Mundial EEUU había pedido a México que cultivase marihuana para sus soldados. México había escogido Sinaloa para hacer las plantaciones, y cuando pasada la guerra fue proscrito su cultivo y comercialización hacia el vecino del norte, nadie estuvo dispuesto a cambiar tan lucrativo negocio por el de las papas. Surgieron en seguida redes clandestinas para continuarlo, que con el tiempo crecieron en poder y recursos, y en violencia al luchar por la exclusividad del tráfico.

Años después se había hecho común la lucha a muerte entre las familias del narco por mantener el control; pero con el sangriento atentado de Morelia el pasado septiembre, México había asistido estupefacto a un salto cualitativo: suponía, de repente, todo un desafío al mismo Estado. Durante los años de la dictadura encubierta del PRI, al menos su cultura de la corrupción generalizada lo había hecho capaz de negociar espacios de poder con el Narco, y mantener un status quo aceptable. Pero con la reciente etapa del PAN, la coexistencia con el Narco había sido sustituida por una lucha a muerte, y el Narco estaba demostrando ser más fuerte y eficaz; en pocos años había salido de sus regiones originarias para extenderse por todo el país. Al final del camino, tal vez la debilidad y vulnerabilidad del Estado permitían pensar en su derrota a manos de un nuevo Poder, el del Narco. En el fondo no dejaba de ser la sustitución de un grupo de malandros gobernando, por otro grupo de malandros gobernando. Tan viejo como la Humanidad. De hecho, en muchos lugares gozaba de más apoyo popular el Narco que el mismo Estado, ya que eran los narcotraficantes los que construían las escuelas y los hospitales, los que daban trabajos bien remunerados, y los que movían la economía.
Ismael me recomendó leer “La Reina del Sur”, de Pérez Reverte, que según él había sido superado por la realidad. La novela hablaba de una mujer que había acabado dirigiendo el cártel de Sinaloa una vez que la mayoría de hombres con poder hubiesen ido a parar a la cárcel; y parecía ser que, efectivamente, la historia era verídica, y tal vez incluso más sangrienta y desgarrada que en la novela.

Se sumaron a la comida Omar y Vicky, otros dos doctores para la colección. Los exquisitos camarones acompañaron el típico pique de españoles y mexicanos; con socarronería desenfadada y amistosa trataba Omar de sacarnos los colores con anécdotas de su experiencia en España. Como cuando, caminando con su violín enfundado por el aeropuerto de Madrid, se dirigió a él la policía de aduana gritando sin respeto “Eh, tú, el de la guitarrita”. Lo cierto es que nos dejaba muy mal, pero como yo no podía por menos que reconocer que mi país no había terminado nunca de saltar los Pirineos, me reí tanto como los demás. Después de todo, Omar estaba casado con una española, así que no debía de tener tanto prejuicio como pretendía.
En un entrañable ambiente de humor y mentes selectas, pensé en Lucía, la hija de nuestros anfitriones, una afortunada niña que iba a crecer en un entorno insuperable; seguramente llegaría a ser todo un talento, y una amante de la vida.

El tiempo en México se agotaba, así que teníamos que continuar viaje. Con pena nos despedimos de nuestros amigos, y Omar nos acercó en su coche a la estación de autobuses. Suerte amigos, espero verlos muy pronto.

Para cruzar el centro del país y regresar al sur teníamos que tomar un autobús a Tuxla Gutiérrez, y así de paso recoger el pasaporte nuevo de Susana en el consulado de la capital de Chiapas. No había trayecto directo desde Cuernavaca, así que tomamos el de Puebla, y de allí el autobús nocturno a Tuxla.
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Martes 14 de Octubre de 2008





El esposo de nuestra amiga Iliana de Cuernavaca se encontraba en la ciudad dando su clase semanal en la universidad. Manuel acababa de regresar de sus congresos internacionales, y retomaba las clases, así que quedamos con él por la noche en una salida de metro de la zona sur de la ciudad para irnos en su coche a Cuernavaca y pasar un día con ellos. Teníamos hasta las 8 de la noche para hacer las últimas visitas por ciudad de México, un lugar que nos había cautivado con sus infinitos atractivos, muchos de los cuales dejaríamos sin ver, y su oferta cultural sin fin que tal vez algún día habría que disfrutar con más tiempo.

Empezamos por tomar nuestro último desayuno en una cafetería que ya nos había aficionado, y donde cada mañana en la capital tomábamos un buen café con rosquillas leyendo el periódico, casi siempre con fondo de música de Mecano o Sabina. Óscar nos había recomendado ver los murales del Palacio de Justicia, en el mismo Zócalo, y tras varios controles de seguridad entramos en el corazón de la máquina, llena de sedes ministeriales y de engominados con corbata. Algunos de los murales nos dejaron, en efecto, estupefactos, con una desgarrada denuncia de los crímenes de Estado, de la represión del año 68, o de la infamia de las cárceles y de la tortura policial. En uno incluso se sugería la violación de una detenida política por parte de sus captores policiales. No supimos cómo tomarnos aquel contraste; aquel edificio era la sede de los responsables de tales crímenes, y paradójicamente habían permitido una decoración semejante en sus pasillos. ¿Era recochineo? ¿Era una manera de desvincularse de los abusos y presentarse como el Estado nuevo que les pondría punto final? Más bien nos recordaban las palabras de Gema en la pulquería: aquél era el país de la risa, un lugar surrealista que no había por dónde cogerlo…

Saliendo al Zócalo hicimos un breve recorrido por las carpas de la feria del libro que había tomado toda su extensión. Editoriales alternativas ofrecían títulos subversivos frente al Palacio de Gobierno; volviendo al surrealismo, en un país como México, con un alto grado de represión política, había amplios espacios para la contracultura impensables en cualquier otro lugar del mundo.







Pasando el Palacio de Bellas Artes nos adentramos en el sector de los rascacielos y oficinas, otro contraste para la colección. Allí se mostraba el México más sofisticado, el que mezcla inglés en sus conversaciones y alardea de su última escapada a Miami. Preguntamos a una chica bien trajeada cómo llegar a una parada de metro próxima, y nos miró con cara de extraterrestre: no sabía, tal vez no había tomado el metro en toda su vida.







Haciendo tiempo hasta la cita con Manuel, entramos al cine a ver otra película mexicana: “Bajo Juárez”, un documental sobre los centenares de mujeres violadas, torturadas y asesinadas en la fronteriza Ciudad Juárez. La cinta reflejaba fielmente la impunidad y la corrupción en que vivía el país: sólo con la connivencia de las altas esferas de la Justicia y el Gobierno podía suceder algo así durante más de una década sin que nadie hiciese nada. Los únicos condenados por los crímenes, meros chivos expiatorios, tenían coartadas tan exageradas como que se encontraban viviendo y trabajando a 2.000 kilómetros de la ciudad el día de los hechos, y pese a ello se pudrían en la cárcel. Todo apuntaba a hijos predilectos de las familias más poderosas, las mismas que gobernaban el país y que, por supuesto, no estaban dispuestas a esclarecer los hechos ni a ponerles coto. Las muchachas eran llevadas por la fuerza a orgías privadas de la alta sociedad que siempre acababan en atroz asesinato. Un argumento similar a “Tesis”, de Amenábar.
Tal vez una sociedad construida alrededor de la exaltación del hedonismo acababa llevándolo a menudo al extremo; los alicientes y placeres se gastan, cuando son objeto único de consumo, y algunas mentes se van insensibilizando, y continúan buscando experiencias cada vez más extremas… ¿se trata de individuos enfermos, o de toda una sociedad enferma que produce tales individuos?

Recogimos nuestros bártulos de la posada, y tras otra entrañable experiencia a presión en el metro del DF, llegamos al punto de encuentro con Manuel. En las dos horas de trayecto hasta Cuernavaca, y después en su casa con Iliana, se nos pasó el tiempo charlando. Manuel era doctor en psicopedagogía, un intelectual que, pese a ser toda una figura, podía presumir de un genio alegre y de un ingenio vivaracho y divertido. Especialmente cuando nos contaba anécdotas de sus viajes por España con su perfecta imitación del acento extremeño.
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Lunes 13 de Octubre de 2008

El conductor nos había dado la noche martirizándonos con corridos mexicanos a todo volumen. Cuando Susana le pidió que bajara la música, le contestó que si lo hacía se dormiría. Aún así se obró el milagro, y llegamos vivos, aunque muertos de sueño por no haber pegado ojo, al atasco mañanero de la capital. Buscamos una posada cerca del Zócalo, y en seguida salimos a pasear. En el mercado de artesanía curioseamos entre puestos de plata y telas con motivos étnicos; y en los puestos que rodeaban el Zócalo compramos un peluche para la bebé de Iliana, a la que íbamos a visitar de nuevo de regreso a Cuernavaca. Llamamos a Óscar para tomar algo y despedirnos, y por la tarde acudimos de nuevo a su casa. No tardó en llegar su novia Alexandra, y poco después Ruth, una española que llevaba unos años afincada en el DF, y que parecía mucho más a gusto con su nueva vida indiana que Alexandra. Llegó con un catálogo de ofertas de pisos recién reformados en pleno centro. Los más caros rondaban los 30.000 euros, y si hubiera llevado suelto no me hubiese resistido a la tentación de comprarme un par de ellos… casi como los precios de Madrid.

Aún se nos uniría otra chiquilla francesa, una viajera de aventura que no tenía aspecto de tal. Entre otros viajes, había caminado en solitario una ruta de 600 km por los bosques de Canadá, algo para quitarse el sombrero. Y allí estaba en México, disfrutando de la comodidad de ser extranjero en un país que desde los tiempos de Lázaro Cárdenas trataba a los de fuera mejor que a los de adentro. Colaboraba con una organización que ayudaba a los niños de la calle, pero estaba empezando a desvincularse de ellos. Por una parte, ayudando a unos pocos afortunados no se solucionaba el problema, que nunca se atacaba de raíz (la miseria y la exclusión), sino que se abordaba sintomática y superficialmente. Por otra parte, los tiempos de las pandillas de niños abandonados viviendo en la calle e inhalando pegamento para olvidarse hasta de la vida, ya habían pasado; la miseria se vivía en familia, y el abandono no era tan numeroso como en el Brasil de los Escuadrones de la Muerte, o el Perú de las Maras. Las ONG´s habían montado un negocio con el tema, y a falta de niños peleaban por sacarlos de donde fuese, para no perder sus jugosas subvenciones.

Juntos fuimos a disfrutar de las mejores vistas nocturnas del Zócalo y de la ciudad: desde la terraza de un hotel de interior art decó que por fuera pasaba desapercibido por su mugrienta fachada, se abría un privilegiado balcón al Zócalo iluminado y a los barrios marginales que al poco comenzaban y se encaramaban por algunas lomas, con un engañoso aspecto de agradable belén iluminado en la noche. Óscar señalaba unas cuadras más al norte, a la colonia de Tepito, donde era mejor no caminar si se quería salir vivo. Allí podía encontrarse cualquier arma, misiles y cohetes incluso. El narcotráfico se surtía en sus calles, y disponía de un armamento mejor que el del propio ejército, y de fusiles a los que teóricamente sólo tenían acceso los ejércitos de la OTAN, desvelando oscuras conexiones. Cuanto más sabíamos menos entendíamos este complejo país.
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Domingo 12 de Octubre de 2008

Habíamos tocado norte, llegando al extremo de nuestra ruta, y ahora tocaba deshacer el camino hacia el sur. Hasta ciudad de México había más de 10 horas, por lo que lo más práctico era tomar un autobús nocturno para aparecer por la mañana en la capital. Zacatecas estaba visto, así que dejamos la ciudad y dimos un pequeño salto de una hora a Aguascalientes. Allí podíamos emplear las horas del día visitando un destino menor mientras llegaba la noche para tomar el bus de México. Dejamos las mochilas en consigna, y tomamos el colectivo al centro. Todo lo que veíamos al paso era nuevo y feo, cemento y vidrio crecidos sin cuidado como en una caótica cristalización postmoderna. Poco quedaba del brillo arquitectónico colonial, aparte de una plaza central muy mona presidida por la inevitable catedral barroca. El domingo había vaciado la mayoría de las calles, y con los comercios cerrados adquirían un aspecto algo desolado que sembraba la desconfianza. Pero pasando la catedral encontramos una calle apañada con multitud de cafeterías en la que se relajaba un dominical y adormecido asueto. En una de ellas entramos a tomar un café. El que lo atendía no parecía mexicano, aunque hablaba perfectamente el español. Farid era un argelino que llevaba décadas fuera de su país. En Grecia había estudiado derecho internacional, decía hablar siete idiomas, y charlando con él descubrimos un tipo culto y meditadamente profundo. Era musulmán no practicante, pues pensaba que la religión era algo íntimo que no tenía que traspasar las fronteras de uno mismo. Hablar de religión, como de política, sólo servía para enfrentar a las personas, lo cual no valía la pena. Había llegado a México a estudiar un postgrado, y allí se había quedado por amor. Casado con una mexicana, pronto había dejado su oneroso trabajo como abogado; sí, aquello le daba dinero, pero no el tiempo para disfrutar de sus hijos, que crecían sin casi conocerlo. ¿Para qué valía el dinero, pues? Por eso había transformado su vida, mucho más sencilla ahora, trabajando en su propia cafetería; que le daba lo justo para sobrevivir cómodamente, pero mucho tiempo para lo que realmente importaba. Hoy lo que se planteaba era dónde seguir su vida: ya habían abandonado ciudad de México después de que a su esposa la asaltaran en su propio coche poniéndole una pistola en la boca. Y poco a poco el país se estaba volviendo tan complicado hasta en rincones antes tranquilos como Aguascalientes, que tal vez llegaba el momento de volver a Grecia.

Farid nos contó muchas curiosidades sobre su país. Por ejemplo, que cualquier musulmán del mundo era capaz de leer árabe, pero eso no implicaba capacidad de comunicación, ya que hablarlo era otra cosa; por eso, a menudo necesitaban una lengua franca como el inglés para poderse entender. Su tono mediterráneo, amable y conciliador me hacía sentirme cerca de casa.







Atravesando un frondoso parque se llegaba a un moderno centro comercial al aire libre con más aspecto hispano e histórico que la mayor parte de la ciudad. Parecían darse cita allí todos sus habitantes, repartiéndose entre las terrazas y los bares con temas taurinos, y las actuaciones callejeras: payasos para los niños, grupos de percusión y baile africanos para los medianos; y para los amantes de las gorritas de beisbol, raperos haciendo de las suyas e imitando la maravillosa subcultura pandillera norteamericana. Al anochecer regresamos a la estación, rumbo a la capital.




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Sábado 11 de Octubre de 2008







Después del desayuno caminamos hasta el convento de San Francisco, al final de las calles monumentales del centro. Se trataba de la típica estampa de ruinas de arcos y bóvedas ocupadas por enredaderas, árboles y nopales inundando de Naturaleza los viejos claustros y los ábsides. Recientemente convertido en un museo visitable, estaba ligeramente cuidado y ajardinado, aunque ni una piedra había sido movida de su lugar. En una de las salas en pie se conservaban varios edictos firmados por Felipe II por los que se le daba a Zacatecas el título de Ciudad, después distinciones honoríficas, e incluso un escudo de armas.







Siguiendo calles arriba la monumentalidad desaparecía, y encontramos una ciudad más sucia y descuidada, que sin embargo conservaba el encanto de la decadencia, de pueblo en el que se camina despacio y el cubo de fregar se vacía en el pavimento de la calle. En una de las casonas nos encontramos con una exposición de fotografía: eran instantáneas de los meses en que la ciudad de Oaxaca se había rebelado contra el Estado central, dos años atrás. Todo había empezado con unas reivindicaciones de los maestros y los estudiantes, a las que poco a poco se había sumado la mayoría de la población. Durante unos meses tomaron la ciudad, expulsaron a las autoridades y a la policía, y se declararon autónomos. El control y la justicia eran ejercidos popularmente: los ladrones eran atados en lugares públicos con un cartel visible de “Rata”, explicando los motivos para el escarmiento. Una fotografía mostraba un violador que había sido apaleado y, sin peligro de su vida, sufría sus heridas atado a una farola con un cartel que lo explicaba. Numerosas fotografías de asambleas populares eran sucedidas por la llegada final del ejército, que a sangre y fuego acabó con la rebelión. Terribles fotografías de sicarios del narcotráfico pagados por el Estado para disparar contra los manifestantes helaban el corazón. Nadie supo decirnos el número de muertos en que terminó aquella rabieta popular, tras la cual todo volvió al mismo punto del que se había partido. Nos acordamos de los maestros que acampaban en Cuernavaca, muchos de ellos provenientes de Oaxaca; así había empezado todo en aquella ciudad, quién sabe en qué acabaría todo.







Por la tarde tomamos el teleférico al cerro de la Bufa. Una envidiable vista de la ciudad era superada por el horizonte del desierto, que se escapaba hacia unas desvaídas brumas que bien podrían haber sido un mar, si éste no se encontrara a cientos de kilómetros más al este.







Después de disfrutar del paseo de regreso a la ciudad, y más tarde de las callejoneadas de estudiantes, acabamos probando la noche en un antro de barrio. Algún mariachi despistado y algo alcohólico tomaba tequila, y el resto de rudos hombretones miraban el boxeo en la televisión. El camarero, sorprendido de nuestra presencia, trató de ser amable, y para hacernos sentir como en casa nos puso canciones de Sabina, en una luz sucia que levantaba polvaredas añejas de las roñosas estanterías repletas de mil marcas de tequila.
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Viernes 10 de Octubre de 2008

El viaje iba llegando a su recta final; bueno, bien es cierto que nos quedaban 17 días de viaje, y cualquiera diría que es el tiempo del que dispone el común de los mortales para hacer el viaje de su vida. Pero con las dimensiones de México, sin haber desperdiciado mucho el tiempo, todavía teníamos todo el norte por conocer, y miles de kilómetros de recorrido para regresar a Cancún con tiempo de tomar el avión. Ya hacía tiempo que habíamos decidido disfrutar con tranquilidad del sur y el centro, y dejar para otra ocasión el extenso norte. Aquella mañana tomamos el autobús a Zacatecas, nuestra parada más septentrional, y la última antes de iniciar la ruta de regreso hacia el sur y hacia Yucatán.

Dejamos nuestro querido chamizo de lo alto del cerro de Guanajuato, y recorrimos de nuevo las calles del valle en dirección al mercado cubierto. Desayunamos allí y cogimos el autobús a la estación. Teníamos que hacer escala en León, una ciudad industrial con poco que ofrecer al visitante.

Solíamos escuchar la radio para amenizar los recorridos diurnos. Un anuncio en la emisora de Guanajuato nos llamó la atención: “¿Quieres participar en el rodaje de una película? Si tienes tez blanca de tipo europeo, llama al…” La segregación racial seguía como toda la vida; ni si quiera escondían por vergüenza esta realidad inconfesable, y no bastaba con que, efectivamente, todos los tipos y tipas que salían en la tele o en los carteles publicitarios, desde el comentarista de las noticias hasta el actor del anuncio de yogur, fuesen blanquitos de pura cepa en este país abrumadoramente mestizo e indígena.

En León no tuvimos tiempo de visitar el centro, que todavía guardaba un par de detalles del pasado colonial. Seguramente fundada por leoneses de la península con un tanto de nostalgia, habían imitado su catedral en una versión reducida, pero manteniendo el esplendor de sus vidrieras policromadas. Nos quedamos sin verlo, y tan sólo almorzamos alrededor de la estación antes de tomar el siguiente autobús hacia Zacatecas.

En la carretera eran frecuentes los controles militares. El Narco y el Estado se habían enzarzado en una aparente guerra que parecía todo un desafío al poder establecido; las noticias de matanzas entre bandas y contra policías eran diarias, y el efecto notable para nosotros era que cada poco y en cada carretera, un efectivo armado hasta los dientes revisaba pasajeros y equipajes. Varios soldados entraban fusil en mano en el autobús, y pedían la documentación a quien encontraran sospechoso. Susana tuvo la tentación de hacer una foto disimulada con los militarotes dentro del autobús, y aunque le dije que no estábamos en Madrid, no conseguí disuadirla. Uno de ellos la vio, y con rostro desencajado e intimidante y voz amenazadora, vino corriendo a preguntar si había tomado una fotografía. El corazón de Susana se debió poner al galope, y se quedó paralizada balbuceando una respuesta. Yo le contesté por ella tranquilamente, casi mostrando indiferencia, que estaba viendo fotos del día anterior; y aunque no quedó muy convencido, se marchó sin saber qué contestar o qué hacer. Susana se quedó asustadísima, dándose cuenta de que no se trataba de soldados europeos; que estaba en un país hispanoamericano donde los militares habían hecho desaparecer a millones de personas durante el último medio siglo, masacradas por cualquier idea política o casi por capricho. En fin, que en lo sucesivo no era cuestión de andarse con tonterías con ellos.

Seguíamos por un paisaje semidesértico de lomas suaves, cárcavas profundas de las escasas y torrenciales lluvias, y el típico decorado de espinos y cactus gigantes de las películas del oeste. Zacatecas era una ciudad con un extraño aspecto de alfombra acomodada sobre suaves colinas, sin ningún edificio cuya altura destacase sobre los demás. Detrás de ella se elevaba una montaña un poco más alta con un afloramiento rocoso peculiar, a cuyo mirador llevaba un teleférico que partía del lado opuesto de Zacatecas.











Tampoco era un lugar barato para alojarse, y para cuando encontramos algo ajustado a nuestras pretensiones, ya habíamos recorrido las calles más llamativas de la ciudad. Muy venida a menos, la ciudad había conocido el esplendor de la minería platera, y disponía de un centro monumental elaborado en cantería rosada, que era presidido por una espléndida catedral de portada churrigueresca. Sus plazuelas se llenaban de gente paseando al atardecer; actuaciones de payasos concentraban en una escalinata a las familias con niños, y entre sus cafeterías y soportales se repartía una nutrida vida estudiantil. Era una ciudad que a menudo recordaba a Granada, en su arquitectura como en su ambiente.







Se nos hizo de noche paseando por sus calles; de repente se empezó a oír música de charanga, con un inequívoco sabor bajoaragonés o navarro. De un callejón apareció una peña de estudiantes, no menos de 300, que bailaban recorriendo las calles al son de la charanga. Cuando encontraban una pareja salían al unísono a la carrera, y los rodeaban chillando “¡Beso, beso, beso…!”, para celebrarlo después con un griterío. Así, sin esperarlo, me encontraba en algo muy parecido a la Vaquilla de Teruel, y casi me emocioné. Nos contaron que se trataba de las “callejoneadas”, una tradición de estudiantes que se repetía cada viernes y cada sábado por la noche. Eso sí, llamaban tamborazos a las charangas. Qué curioso me resultaba que dos pueblos con tanto en común, casi dos versiones calcadas en mundos paralelos, se ignorasen y se desconociesen infinitamente.
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19/10/08

Miércoles 8 y Jueves 9 de Octubre de 2008







Con un par de paseos, uno de día y otro de noche, se podía dar la ciudad por vista, así que aprovechamos bien la mañana para recorrer todos sus rincones, y después de comer tomamos el autobús para continuar a nuestro siguiente destino: Guanajuato.

Llegamos a la ciudad en pleno festival cervantino, un evento anual con fama internacional que atraía a Guanajuato a artistas e intelectuales de todo el país, estudiantes y viajeros, que llenaban la ciudad y disparaban los precios del alojamiento. Pasamos buena parte de la tarde recorriendo la ciudad mochila al hombro en busca de algún acomodo de precio razonable, y cuando ya casi habíamos agotado las posibilidades, probamos suerte preguntando por algún particular que alquilase un cuarto. El dueño de una tienda me dio en seguida la referencia de una señora que vivía a pocos metros de allí. La mujer nos ofreció un cuarto por un precio razonable, pero todavía teníamos que verlo. Ascendimos por uno de los cerros que rodeaba la ciudad hasta llegar casi a lo más elevado. En un terreno vallado, casi un corral, tenía una chabola infame techada de lata, con un camastro y una puerta que mal ajustaba. Las vistas de la ciudad eran insuperables, eso sí. Un colorido mosaico de casitas encaramadas en las lomas semidesérticas, reverdecidas por las recientes lluvias y pobladas de cactus candelabro, se abría a la vista bajo un cielo de acuarela, con nubes asombrosas peleando con un sol ya moribundo. Creo que el aspecto del cuartucho le costó a Susana casi deprimirse, pero no teníamos muchas más opciones. Así que nos quedamos. Después de todo, cuando se viaja sólo se necesita la habitación para dormir, y de noche todos los gatos son pardos.









Después de una buena ducha regresamos ladera abajo al animado centro, que bullía de gente joven: cada bar ofrecía música en vivo, y los mariachis animaban la principal plaza con su música desgarrada y eufórica. No tuvimos gana de hacer cola para asistir gratis al concierto de Serrat, y nos conformamos con un agradable paseo por las serpenteantes calles de la ciudad, encajada en el fondo de un valle que se quebraba en seguida para sostener sus casitas precarias en las lomas que la rodeaban.



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Empleamos la mañana siguiente en recorrer sus calles y pasadizos. Un laberinto de túneles y fosos comunicaba extremos opuestos de la ciudad, haciéndola extrañamente original. Tanto nos habían hablado de Guanajuato que esperábamos encontrar en ella nuestro lugar predilecto en México. Pero aparte de su escenario espectacular, de sus laderas atiborradas de sencillas casitas de colores, y de la vida de sus plazas en pleno festival, no ofrecía un conjunto arquitectónico destacable. Sin duda nos quedábamos con San Cristóbal y con su encanto multicultural, cosmopolita, rural y refinado. Guanajuato disponía de un centro monumental que ocupaba un par de calles encajadas en lo profundo del valle; pero en cuanto se salía de ellas, las construcciones no eran mucho más elaboradas que las de cualquier favela de Rio de Janeiro. Aunque eso sí, con la mano de pintura de colores que las cubría adquirían un aspecto de maqueta recién terminada que en parte lo compensaba.








El ambiente estudiantil había tomado el centro, y lo disfrutamos tranquilamente con un café allí y un paseo allá. De noche volvía la música en vivo, las actuaciones de payasos para los niños, y los coros de mariachis. Entramos en uno de tantos bares, donde varios cantautores se turnaban para imitar a Pablo Milanés o entonar sus propias composiciones. Los únicos que no estábamos allí para cantar éramos Susana y yo, así que disfrutamos en exclusiva del concierto. Bueno, yo más bien lo sufrí, pues tengo una cierta incapacidad para prestar atención a las letras de las canciones, en seguida vuela mi pensamiento y me pierdo en otras cosas. Y dado que la música del género “cantautor” es siempre la misma, acabé más con dolor de cabeza que con paz de espíritu.








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Martes 7 de Octubre de 2008






Después de una relajada mañana llegó el momento de empaquetar y decir adiós por el momento a la ciudad de México. En la estación de autobuses del Norte tomamos el transporte a Querétaro, una ciudad que no parecía tener demasiados puntos de interés, y que pasaríamos sin ver para continuar en otro autobús hasta San Miguel de Allende. Su centro colonial sí que era interesante, y situado en la empinada ladera de un cerro, ofrecía una estructura más aleatoria y llena de rincones con encanto. Su pasado minero y platero la habían enriquecido y llenado de palacios e iglesias barrocas, y con el turismo vivía una nueva edad dorada.













Después de alojamos salimos a pasear. Sus bellísimas casonas coloniales acogían un turismo exclusivamente norteamericano, y ya entrado en años, lo cual la hacía demasiado cara para nosotros. Durante muchos años había recibido este tipo de visitantes, y poco a poco se habían instalado definitivamente, controlando la mayor parte de sus negocios hosteleros. La ventaja era que su centro estaba esmeradamente cuidado, rico en detalles y buen gusto, como sus numerosas fuentes decoradas con cerámicas de Talavera. La pega era su precio excesivo para el mochilero, y que los únicos jóvenes en la ciudad éramos nosotros.








Por sus angostas y empinadas calles adoquinadas aparecían cafeterías y restaurantes en patios ajardinados, deliciosamente ambientados por velas y antorchas para clientes adinerados y refinados, en una atmósfera relajada de enredaderas trepando por rejas de forja. Demasiado inactiva para nosotros, demasiado aburrida.






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Lunes 6 de Octubre de 2008

El Mundo y las bolsas seguían cayéndose, hasta el Banco Mundial afirmaba en grandes titulares que el sistema ya no funcionaba, que había que inventar algo nuevo. Y allí estábamos los dos, inconscientes, levantándonos a capricho y disfrutando de la soleada mañana por las calles del Zócalo mientras aún pudiéramos permitirnos lujos como éste, en serio peligro de extinción.
Susana se dedicó a recorrer varios puntos de la ciudad que tenía pendientes: la sede del EZLN, la librería de la Jornada (un importante periódico independiente mexicano), el mercado de artesanías… Yo preferí quedarme paseando, y poner al día mis anotaciones. Nos reencontramos después de comer para visitar los murales del palacio presidencial.













Más tarde nos acercamos en metro al Mercado de Sonora. Su atractivo principal eran sus numerosos puestos dedicados a la magia negra y blanca, sus amuletos de vudú que sólo servían tras un complicado ritual, y a los que había que alimentar con cigarros y tequila para que obrasen sus milagros. Los había para buscar trabajo, para conquistar a un hombre o a una mujer; para llevar la desgracia a un enemigo, o para tener suerte en un negocio. Plantas mágicas, imágenes de santería; cuernos y cráneos de animales, polvos mágicos para atraer el dinero, el amor, la armonía familiar… Por pocos pesos se podía recibir una limpieza espiritual que alejara el mal de ojo, una sanación de un mal del alma, o una lectura de cartas. Después de un buen rato curioseando entre humo de velas y pellejos resecos, aprovechamos una tregua de la tormenta que estaba cayendo para atravesar las anegadas calles que llevaban de vuelta al metro.

Queríamos probar la bebida prehispánica por excelencia, y que había sido hasta hacía poco toda una tradición en México, hoy casi desaparecida: el pulque, la bebida fermentada de maguey, el mismo ágave del que los españoles obtuvieron el tequila. Óscar nos había recomendado una pulquería cerca del Zócalo. Era un lugar cutrecillo y lleno de estudiantes que declaraban su rebeldía escuchando una música que, por primera vez en casi todo el viaje, no consistía en una sucesión de corridos norteños insoportables. El pulque era un mejunje con textura babosa, con algo de gas y un toque alcohólico similar a la cerveza; y no estaba nada mal.








Las mesas desemparejadas invitaban a conocer gente, y en seguida estábamos charlando con Gema y Óscar, una pareja de estudiantes que nos invitaron a probar la variedad más pura de pulque. Óscar era estudiante de bellas artes, un tipo bohemio con un toque intelectual y transgresor que se encontraba desempleado; su novia lo mantenía con lo que sacaba vendiendo artesanía. Motivos no les faltaban para quejarse, y desde luego que se desahogaron con los dos extranjeros que se habían perdido por el antro. Según nos decían, México era el país de la risa; pasara lo que pasara, a nadie parecía importar, y sólo producía risa en un pueblo hastiado e indiferente. Nadie ayudaba a nadie, ni aspiraba a mejorar su situación. La inflación incontrolada, los salarios congelados por décadas; la miseria campando a sus anchas, y la mayoría de la gente viviendo en infraviviendas y sin trabajo… y pese a todo, nada sucedía. Ciudad Juárez no era el único sitio donde las mujeres eran asesinadas en serie; la impunidad estaba extendida por toda la geografía del país, y ya ni si quiera se publicaban las cifras de asesinatos y violaciones. Por unos pesos vendían algunos indígenas a sus propios hijos, para servir de trabajo esclavo, sufrir las redes de pornografía infantil, o ser víctimas del tráfico de órganos. Todo un paraíso, ¿verdad?

A las 8 nos echaron del bar para cerrar, y la conversación siguió bajo la luz de una farola. También, me contaba Gema, México era el país de la apariencia: ropa, peinado, zapatos… y sobre todo el color de la piel, decidían qué papel representaba cada uno en la escala social. Las puertas estaban cerradas para cualquiera que tuviese un toque mestizo en su piel, y sólo se abrían para los blancos. Nuestros amigos eran también conscientes de que la independencia lo había dejado todo igual, y sólo hizo más poderosos a los criollos, que seguían gobernando y haciendo a su antojo. Entre tanto, el pueblo indígena y mestizo seguía apartado; y lo que es peor: acomplejado. La televisión, controlando las mentes al milímetro, perpetuaba la segregación, y si alguna vez aparecía una piel oscura en la pantalla, era la del malandro o la del esclavo. Los protagonistas de novelas y películas, así como de todos los spots publicitarios, eran de pura raza blanca. Por otra parte, se había impuesto la división de roles de la cultura norteamericana, estructurada en base al dinero; un clasismo en el que el triunfo personal individualista se tenía que alcanzar a costa de los demás: porque no bastaba con ser bueno o brillante; hacía falta poder mirar a los demás por encima del hombro. Y en esa cultura vivía todo el país, no importaba si se fuese hambriento o dueño de multinacional; el modelo a seguir era el mismo.
Con conversaciones casuales como ésta es como se profundiza en un país, y con una versión más íbamos completando nuestra imagen de México.
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Domingo 5 de Octubre de 2008







No podíamos irnos sin visitar las ruinas de la majestuosa Teotihuacán, unos kilómetros al norte de la ciudad de México. Tomamos el metro hasta la estación del Norte, y desde allí un autobús que nos dejaba, una hora después, en la puerta del parque arqueológico. Ya aparecía la silueta de sus dos pirámides principales al final de los cuatro kilómetros de avenidas, edificios y templos, que las precedían desde el sur. La avenida principal, o de los Muertos, sorprendía por su increíble extensión, más parecida a la de un aeropuerto que a la de una ciudad planeada hace dos mil años.

Los teotihuacanos fueron el pueblo originario y pionero de la cultura mesoamericana; a principios de la era cristiana, la pequeña aldea que ocupaba el valle recibió una avalancha de refugiados provenientes de las áreas desoladas por la erupción de un volcán del valle de México. De pronto era necesaria una estructura organizativa capaz de ordenar una sociedad multicultural, y así surgió y creció la ciudad planificada de Teotihuacán, sumando barrios cuyos habitantes pertenecían a etnias diferentes, y que edificaron en la avenida principal sus edificios administrativos. Se convirtió en un centro de poder y de cultura que irradiaba a miles de kilómetros alrededor, y durante el milenio de esplendor llegaron a crear en ella sus propios barrios culturas tan distantes como las de Oaxaca o del Yucatán. Un sistema de alcantarillado adelantado a su tiempo evacuaba las aguas de la ciudad. Cuando en el siglo IX, tras 9 siglos de Historia y estabilidad, estalla una revuelta interna que llena de cadáveres abandonados sus calles y destruye muchos de sus edificios principales, sus habitantes huyen y regresan a sus regiones de procedencia, llevándose consigo la cultura, las técnicas arquitectónicas, y el culto religioso, entre otras muchas facetas que enriquecieron a los pueblos posteriores, que sin excepción, imitaron a la legendaria Teotihuacán. Así siguió, abandonada y convertida en un lugar sagrado y venerado por los siglos venideros, como referencia para pueblos tales como los toltecas, los mayas o los aztecas, que respetaron y reverenciaron siempre sus viejas piedras.

Comenzando desde el sur, fuimos recorriendo los 4 kilómetros de la avenida de los Muertos, un centenar de metros de anchura flanqueado por pirámides menores, plazas ceremoniales, y complejos administrativos correspondientes a cada uno de los linajes que dieron vida a la ciudad. En el extremo norte, recortada contra la enorme montaña que presidía el valle y a la cual evidentemente imitaba, aparecía la majestuosa silueta de la Pirámide de la Luna, más pequeña que la del Sol, pero más impresionante que ésta por situarse al final de la avenida y sin obstáculos que impidieran apreciar su perspectiva. Dejamos a un lado la Pirámide del Sol, reservando su ascenso para el final, y seguimos bajo la dorada luz tamizada de la mañana hacia la Pirámide de la Luna. A sus pies se abría una plaza rectangular adornada de otras pirámides menores, y subiendo la escalinata final ascendimos a la mejor vista de la ciudad. La suave bruma del valle desdibujaba levemente los contornos, y permitía apreciar mejor las distancias y las perspectivas. Sin duda estábamos contemplando una de las maravillas de la Humanidad. La inmensa mole de la Pirámide del Sol aparecía soberbia, alineada con la lejana presencia del Popocatepetl. Allí nos sentamos para disfrutar largo rato de la estampa, según el sol iba disolviendo las brumas para imponerse en el valle arbolado.








El ascenso a la Pirámide del Sol, en realidad dedicada al dios de la Lluvia, era imprescindible para admirar su volumen comparable, aunque menor, al de la pirámide de Keops en Egipto; sin embargo las vistas que ofrecía su cumbre no eran igualables a las que habíamos disfrutado sobre la Pirámide de la Luna. Entre tanto una marea de gente recorría como pequeñas hormigas una ciudad tal vez pensada para dioses.








Después de todo el día pateando la desproporcionada escala de Teotihuacán no nos quedaba fuerza más que para regresar al DF, buscar dónde comer algo, y regresar a la habitación a descansar.
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Sábado 4 de Octubre de 2008

Iliana, la encantadora amiga que habíamos conocido en Cuernavaca, nos había dado el teléfono de un amigo suyo, Óscar, para que nos pusiésemos en contacto con él en la capital. Nos invitó a tomar un café a su casa, y desde el mediodía estuvimos de charla con él. Óscar era un tipo interesante, con una cultura considerable y una capacidad reflexiva única. Había estudiado Ciencias Políticas, aunque se dedicaba a escribir en revistas, a hacer crítica cultural, o incluso a la informática. En seguida salió el preguntón que tengo dentro, y la conversación derivó hacia contenidos más tangibles para quienes, como nosotros, pretendemos conocer la realidad del país. La problemática mexicana era compleja, pero tras 70 años de dictadura encubierta del PRI, era entendible que la cultura política y social del país se encontrara en pañales, y con mucho por cambiar y poner al día. La corrupción alcanzaba todos los niveles de la vida mexicana; una buena muestra de ello era cómo dos calles más arriba de su casa se podía obtener una falsificación válida de cualquier título universitario; ni si quiera los profesores eran fiables, y muchos de ellos habían comprado el título y la plaza que les permitía ejercer. También los cargos sindicales, hereditarios y vitalicios, paralizaban la capacidad de acción de los trabajadores, convertidos tan sólo en aparatos del tráfico de influencias. Por otra parte, el cambio no podía esperarse veloz en un país conservador como México, extremadamente orientado por los dictados de un catolicismo anclado en otros tiempos. Incluso la generación del 68 estaba aburguesada y apoltronada en las instituciones. Sin embargo Óscar no era del todo pesimista, y valoraba positivamente el lento cambio que en la cultura política estaba teniendo lugar desde el final del poder priísta.
Por otra parte, nos relataba cómo el campo mexicano había sido depauperado, los precios de sus productos hundidos por los tratados de libre comercio con EEUU, y su población empujada por tanto a huir de la miseria para caer en otra peor: la de los cinturones infames que rodean las grandes ciudades. Las condiciones habían caído en picado en pocos años: con un sueldo mínimo se había pasado de poder adquirir 56 kg de tortillas de maíz, el alimento básico de la dieta mexicana, a tan sólo 5 kg.

En esas llegó Alexandra, la novia francesa de Óscar. No se la veía del todo adaptada a su país de acogida, pese a llevar más de dos años allí. Pero como francesa blanca, México le abría muchas puertas que cerraba a sus propios ciudadanos, y para ella las ventajas superaban a desventajas como la inseguridad, el ruido, la contaminación… Su vida era mucho más fácil que cuando vivía en su estrecho y gris cuartucho de un suburbio parisino, y no parecía dispuesta a regresar en breve.

Salimos los cuatro a dar un paseo entorno al Zócalo. Alexandra me hablaba del estilo relajado hispano, que adoraba en contraposición a la frialdad calculada de los franceses. Como en aquella tarde, se había acostumbrado a hablar sin temor con alguien que acabase de conocer, algo impensable en la Francia postmoderna que había sustituido la retórica de la libertad por el miedo y la desconfianza, la individualidad y el aislamiento. Sin embargo no podía comprender el surrealismo mexicano presente en todas las facetas de la vida; ni la corrupción sin límites que solía rozar lo absurdo y lo hilarante.

Para completar esta visión del México incomprensible, nos llevaron a visitar una exposición sobre Lucha Libre mexicana. Toda una telenovela de enmascarados representaba semanalmente su papel, levantando la pasión de cada uno de los mexicanos, desde el más humilde hasta el doctor en sociología. Era un fenómeno difícil de entender, una suerte de catarsis colectiva en la que un simbolismo algo maniqueísta de la vida, del bien y del mal, plasmaba el día a día de los mexicanos luchando por sobrevivir en un mundo lleno de trampas. Evidentemente sus peleas llenas de aspavientos eran una pura representación teatral, pero el juego de ambigüedad en la que no se sabía dónde acababa lo fingido y dónde empezaba lo real, era capaz de enganchar por generaciones a todo un pueblo. Y esto era para nosotros lo más fascinante e incomprensible.

Tomando un café en una terraza seguimos la agradable conversación. Yo coincidía con Alexandra en un cierto diagnóstico sobre Occidente del que no había oído hablar a nadie antes, y que ronda mis pensamientos desde hace años: la decadencia terminal de la cultura occidental, que parece no poder dar más de sí. Sus modelos de vida exportados en forma de consumismo y de un determinado sistema económico, habían llevado a una depravación mental en todo el mundo, hoy inundado de una violencia y una desesperanza sin vuelta atrás. En Europa, en cambio, nos habíamos vuelto miedosos y blandengues, vulnerables ante el vuelo de una mosca. La estrategia del miedo puesta en marcha por los gobiernos de las últimas décadas nos habían llevado alegremente a renunciar a todos los logros sociales conseguidos después de un siglo de luchas, así como a deshacernos de las libertades civiles de la ya olvidada revolución francesa. De un plumazo habíamos borrado lo que nos distinguía como europeos, como supuesta cuna de la civilización. En todas partes la democracia había quedado reducida a una ridícula pantomima en la que unos embrutecidos ciudadanos sin atisbo de espíritu crítico bailaban a merced de los intereses de determinados grupos de intereses y poder, encarnados en bipartidismos repartiéndose el poder. Alexandra y yo estábamos de acuerdo en que esto no podía continuar mucho tiempo así, y que asistíamos al final, seguramente trágico, de una penosa opereta. Estábamos rodeados de culturas mucho más frescas y jóvenes, eficientes y dinámicas, aunque no por ello mejores; pero sí capaces de desplazarnos económicamente y, a la larga, políticamente: cualquier país de Asia parecía mucho más adaptado al siglo presente que los enmohecidos ciudadanos europeos, ensimismados y mirándose el ombligo sin ser conscientes de lo que se les viene encima.

Entre tanto se asombraba Óscar: hablábamos de decadencia nosotros, los europeos que lo teníamos todo, cuando en el resto del mundo la lucha era por la mera supervivencia… La crisis financiera andaba ya de boca en boca, amenazando con llevar a sus últimas y más desastrosas consecuencias las viejas profecías marxistas. Óscar, procedente de una familia de ideas marxistas, opinaba que la Humanidad iba derechita a un pozo tan oscuro, que sin remedio volvería el comunismo por sus fueros, como única alternativa viable capaz de rescatar de este fango tenebroso en el que poco a poco nos hundíamos, a este género humano engañado y exhausto.

Había sido una conversación intensa, y ya de noche nos despedimos. Susana y yo seguimos de visita para relajar la mente: la plaza de los Mariachis, que conocíamos de día, nos esperaba con un ambiente rebosante, original y extravagante. En los bares y discotecas desembarcaban lujosos autos con tipos trajeados de aspecto viperino acompañados de mujeres de película; pero la vida real era la de la explanada decorada de estatuas de charros. Cientos de mariachis ofrecían sus canciones a quien pagara por ellas, y formaban corrillos alrededor de quien recibiera la dedicatoria, a menudo escuchando en silencio, y que otras veces se unía cantando o bailando.
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