15/11/08

Lunes 10 de Noviembre de 2008

Recorrido: de Panguipulli a Puerto Fuy: 97 km

Tras unos pocos kilómetros de asfalto, volvieron el pedregal y las nubes de polvo al paso de cada coche que se perdía por el camino. Lo bueno de las sendas de tierra era su perfecta soledad, internándose en la naturaleza más indómita de Chile: montañas, lagos, bosques sólo perturbados por alguna casita de madera aislada y acomodada en una pradera arrancada al monte… Lo malo era que los pocos coches que pasaban me enrunaban, y literalmente me hacían morder el polvo.







Las lluvias parecían ya un recuerdo lejano, y una claridad cegadora resaltaba los cauces de agua, los volcanes nevados, y la miríada de cascadas que caían por los acantilados de basalto que cercaban los valles. Llegué a Coñaripe al final de otro lago más, cubierto de polvo de la cabeza a los pies, y con las articulaciones desencajadas por el traqueteo de las piedras.

Después de almorzar y recargar la despensa de las alforjas, tomé el camino de tierra hacia la frontera argentina. Los desfiladeros se hicieron más angostos, el bosque más espeso y viejo, y el perfil más empinado y matador. Los únicos habitantes que me cruzaba eran las águilas y halcones que acechaban a otras aves más pacíficas y ruidosas. A veces se hacía tan complicada la cuesta de piedras sueltas que no tenía más remedio que bajarme y empujar la bicicleta. Después de coronar el collado se abrió un amplio valle cercado por cumbres nevadas, y moldeado por otro río caudaloso y perfectamente transparente. Cada lago ofrecía un matiz que lo hacía diferente, especial.

El camino llegó a una bifurcación, de la que tomé la ruta menos usada en dirección a Puerto Fuy. Sus puentes de tablas casi destrozados, y los enormes baches en las empinaduras cubiertas de árboles y sombra, evidenciaban que pocos se aventuraban por allí. Incluso algún tronco derribado sobre el camino impedía el paso a cualquier vehículo algo más ancho que mi bicicleta. En efecto, no me crucé con nadie durante más de 40 kilómetros, disfrutando de las vistas encaramado a media altura de las montañas que recorría, como en un balcón abierto al valle y a la sierra cubierta de hielos que me miraba desde el oeste.







Al final del camino retomé la ruta principal, también de tierra, y me fue atardeciendo en los últimos kilómetros al destino del día, Puerto Fuy, el final de la carretera a orillas de un lago que debía cruzar en barco a la mañana siguiente, para poder así continuar hacia Argentina.







Puerto Fuy no era más que un grupo de casas al final de un espeso bosque sin luz, dispersas en un vallecito rodeado de un paisaje imponente, que presidían las siluetas blancas dos conos volcánicos consecutivos. Pero como fin de la carretera y punto de embarque, disponía de un par de alojamientos. Helen, que había partido de Coñaripe por la mañana, llevaba allí varias horas ya, tratando de reponerse de la paliza del día.Me quité el barrizal del cuerpo en una ducha reparadora, y salí a pasear bajo las estrellas. Las constelaciones diferentes del hemisferio sur me eran desconocidas, aunque no era la primera vez que las veía. Incluso la luna se veía extraña, como si le hubiesen dado la vuelta al dibujo de sus cráteres. La luz del cielo iluminaba las cumbres nevadas de un azul pálido fantasmagórico, y sólo algún perro asustado de mi presencia en la oscuridad me salió al encuentro.





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Domingo 9 de Noviembre de 2008

Recorrido: de Pucón a Panguipulli: 99 km








Pensaba continuar pedaleando de todos modos, pero inesperadamente amaneció con algunos claros en el cielo. Hacía frío, pero ya parecía que las lluvias habían pasado. Los nuevos huéspedes de la posada me habían desvelado entrando y saliendo del barracón-dormitorio, sin miramientos, encendiendo la luz y hablando en voz alta hasta bien entrada la madrugada. Así, a la hora que había quedado con Helen en estar listos para ponernos en marcha, apenas había dormido cuatro horas. Una vez más tenía un día duro por delante, y sin haber descansado en condiciones.
Tomé venganza de mis desveladores haciendo todo el ruido posible, metiendo y sacando las bolsas en las alforjas, con la cortina bien descorrida para que entrase suficiente luz para mí y para los impresentables que no me habían dejado dormir. No soy persona propensa a revanchas, pero de vez en cuando sienta bien dar una lección de civismo con un poco de incivismo, por puro afán pedagógico.







Por la orilla del lago de Villarrica tomamos camino a la ciudad del mismo nombre, por una carretera asfaltada entre floridas granjas a la orilla del agua. Las últimas nubes se aferraban a la cumbre del volcán, que después de 4 días en Pucón todavía no había alcanzado a ver.
Villarrica era un pueblo un poco feo, cerca del lago, pero sin aprovecharse de su belleza en su urbanismo. Allí paramos a almorzar algo antes de iniciar las subidas que nos separaban de Lican Ray, a orillas del siguiente lago. Helen seguía en su tónica silenciosa, pero ya había pensado yo cómo superar la situación algo incómoda en que me veía, sin llegar a ser rudo. Llegados a Lican Ray, tomaría yo el desvío a Panguipulli, una vuelta innecesaria que se apartaba del camino original hacia la frontera argentina, y que Helen seguro que prefería evitar. Por otro lado las vistas de los tres volcanes de la zona reflejados en el lago de Panguipulli bien podían valerme el desvío, un día como aquél en que por fin reinaba un cielo azul.








El lago Calafquén, a orillas de Lican Ray, ofrecía el paisaje de montañas reflejadas que poco a poco se me empezaba a hacer monótono, sin perder por ello un ápice de su incuestionable belleza. Después de un rato de contemplación, llegó el momento de separarnos. Helen tomó la carretera del este, y yo me dirigí hacia el sur. Realmente estaba hecho para la soledad, a falta de una compañía perfectamente complementaria como lo fue Susana en México; un profundo alivio de felicidad se acomodó en mí. Escuchando música y dejando vagar la mente en una especie de meditación, sentía el latir de la vida en mi piel, sin presencias extrañas que me distrajesen. Poco a poco aparecían tras las lomas boscosas los tres conos volcánicos brillando cegadores ante un sol tibio que se hacía luminoso en sus nieves. El Villarrica, el Quetrupillán y el Chosuenco reinaban sobre un paisaje verde mientras yo avanzaba por la fácil planicie que rodeaba los lagos.








Descendiendo al siguiente valle llegué por fin a Panguipulli, un pueblito entre verdes asombrosos a orillas de un lago. Los tres volcanes cercaban el oriente y el norte, e incluso sus habitantes, más que habituados a la postal, ocupaban las mejores posiciones del paseo del lago para disfrutar de las vistas de la tarde. Me sobraba tiempo para recorrer otros 30 kilómetros y dormir más adelante, pero la belleza sobrecogedora del lugar me decidió por hacer noche en Panguipulli. Entré en una tiendita a comprar algo de merienda y preguntar por alguna pensión. Una mujer que había entrado con su marido e hijos, al escuchar mi acento me saludó. Era asturiana, y llevaba más de 25 años en Chile. Había conocido a su marido cuando éste fue a Asturias a los partidos del mundial del 82, y se la había traído al país austral. No echaba de menos su tierra natal, aunque desde que entrara en erupción el volcán que dominaba el pueblo donde habían vivido todos estos años, estaban como exiliados. Ya llevaban dos años lejos de su granja, ahora sepultada bajo un metro de ceniza volcánica. Pronto pasaría yo por su pueblo, donde hacía poco que se había cancelado la alerta roja que evacuara a todos sus habitantes. Pero Ángeles, más consciente que yo de lo revuelta que venía la partida en España, ni se planteaba volver por allí.

Después de descargar los bultos en una pensioncita, con la bici libre me dirigí hacia la orilla sur del lago. Al final de un camino de tierra encontré una playita que ofrecía unas perspectivas inmejorables. Aquel lugar era maravilloso. Durante más de tres horas asistí absorto a la evolución de la luz del atardecer sobre los tres volcanes y sus reflejos sobre el lago; de los tonos del bosque que tapizaba las montañas más próximas, y de las praderas impecables que rellenaban el pueblo y sus alrededores. Pensé que, si alguna vez ya viejito quería elegir un lugar para alejarme del mundo y saborear cada puesta de sol, aquel rincón bien podía ser el lugar perfecto. Para levantar una cabañita en la orilla del agua, y dejarse morir rodeado de pura belleza.




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Sábado 8 de Noviembre de 2008

Lloviendo en Pucón.

Pero amaneció con otro diluvio. Y pasaban las horas y no aflojaba si quiera. No podía salir bajo la lluvia con la bici… como el tiempo continuase así por mucho tiempo, tal vez tendría que considerar la idea de tomar un autobús y escapar a los desiertos del norte del país. No eran desiertos lo que yo había venido a ver a Chile, pero al menos no podrían darme mal clima. La predicción meteorológica anunciaba mejoría para el domingo, así que aún le daría una oportunidad al sur antes de tirar la toalla… pero una y no más.







Aproveché la lluvia para empezar a buscar trabajo por internet. Se suponía que estaba en excedencia en la empresa en la que había trabajado cinco años; pero no podía dar nada por seguro, y no contaba con que me readmitieran a la vuelta en enero. Y menos con los datos económicos que me llegaban en las noticias. En España ya casi alcanzábamos los 3 millones de parados… y el gobierno iba a garantizar carencias en las hipotecas de los parados. Mmmm, subsidios por desempleo a varios millones de nuevos parados, sufragio de las hipotecas malpagadas… a ver si después de todo, en lugar de la quiebra de los bancos y una probable expulsión del euro, nos íbamos a encontrar con la bancarrota del mismo Estado… como en los buenos tiempos de Felipe II. Tal vez la mejor opción era buscar trabajo en Chile, y olvidarme de mi condenado paisito por una larga temporada…







Por la noche volvieron los grupos de viajeros, y la pensión de Vivi se volvió a llenar de un ambiente familiar en los sofás del comedor. Con un té y alrededor de la estufa, volvía la charla hasta las tantas. Aunque decidido a madrugar y seguir el viaje contra viento y marea, no hubo tiempo ya de hacer grandes amistades. Helen viajaba en mi misma dirección, y me propuso comenzar la ruta juntos por la mañana. Tampoco supe decirle que no, pero ya me empezaba a fastidiar la idea de no gozar de la soledad que tanto aprecio, en la única compañía de mis pensamientos y de la naturaleza. Ya le empezaba a coger cariño a la holandesa, pero tenía que pensar cómo darle esquinazo. Nada personal, es que prefiero viajar solo.
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Jueves 6 y Viernes 7 de Noviembre de 2008

Recorrido: jueves en Pucón bajo la lluvia, y viernes de ruta local hasta el lago Caburgia: 53 km

La mayoría de los viajeros se marcharon por la mañana para continuar viaje, y sólo dejarían una lluvia fría y continua que no hacía apetecible la bicicleta. Decidí quedarme a pasar el temporal en casa de Vivi, aunque Pucón no tenía mucho que ofrecer para días como aquél. La gente llegaba para escalar el volcán Villarrica, o a hacer rafting en sus ríos; pero con el chaparrón, ni se veía el volcán, ni había ganas de río.







Los ratos de más lluvia los pasé cómodamente sentado, leyendo junto a la estufa, o tomando tés calientes mientras conversaba con Vivi. Estaba especialmente contenta, porque su hija mayor había venido a visitarla. Se la llevó a su tierra sudafricana un viajero que se había perdido por Pucón, y después de un breve romance la convenció para que se casara con él y lo acompañara a su pueblito cerca de Ciudad del Cabo. Por lo que contaba, se trataba de una islita blanca en medio de la mayoritaria población negra; su hija se había acostumbrado un poco a esta segregación, pero no a la insoportable vida gris de la anquilosada mini-sociedad aristocrática blanca, donde lo único fresco lo aportaban los sirvientes negros. Le había costado dos años de adaptación y depresión, pero con su bebé nacido hacía unos meses parecía haber vuelto a la vida.

Pasear por el pueblo cuando la lluvia daba una tregua no era más interesante que estar en casa; las calles casi desiertas, y sus numerosas cafeterías vaciadas por la temporada baja no lo hacían especialmente atractivo. Helen, la ciclista holandesa, andaba en las mismas, refunfuñando mientras miraba los grises nubarrones, y tomándoselo con paciencia en la pensión. Yo tenía dos alternativas: coger mis bártulos y ponerme en ruta bajo la lluvia, arriesgándome a no encontrar dónde dormir a cubierto al final de algún barrizal; o bien quedarme en Pucón hasta que se pasase el temporal y hacer algún recorrido por la zona, sin bultos y para regresar de noche al calor de la posada.








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Opté por lo segundo. La idea de dormir empapado en mi tienda sobre un barrizal no me seducía; después de todo había cosas interesantes alrededor de Pucón, que se podían ver en el día. Preparé una bolsa con lo mínimo, comida y herramientas, y cuando iba a ponerme en camino, apareció Helen igual de preparada. No habíamos conectado demasiado, después de todo se trataba de una holandesa de más de 50 años solitaria y poco sociable, curtida por la vida aséptica, aislada y competitiva de la Europa profunda. Completamente opuesta a mi carácter. En la configuración de las arrugas de su cara se adivinaba una jefa severa y temible, puntillosa y perfeccionista, que hería a sus subordinados en el hospital con observaciones correctas pero demoledoras. Cinco minutos de conversación con ella eran entretenidos, después de todo estaba de vacaciones y se la veía relajada; pero al cabo no había mucho más que comentar, y quedaba al desnudo su ser real, reservado y hermético. Pero soy un blando, y como dice Susana adolezco del defecto muy español de no saber decir que no. Se notaba que pedía a gritos un poco de compañía, y cuando me preguntó si podía venir conmigo, no supe decirle que yo era más bien un viajero solitario.

Primero nos acercamos al lago que bañaba el oeste de la ciudad. Sus aguas oscuras de mar del Norte parecían ignoradas por todos, menos por una jauría de perros que se habían adueñado de la negra playa volcánica. Tras unos kilómetros de carretera tomamos un desvío, una pista de tierra que se internaba entre bosques, cerros arriba hacia otro lago. Las brumosas copas de los árboles daban al paisaje un aspecto perezoso y durmiente. Solitarios caballos pastaban en los cercados, y el único sonido de un río calmo acompañaba nuestro silencio.







En medio del camino encontramos un camping vacío, pero que mantenía abierta su cafetería junto al río. Era un pequeño jardín del edén volcánico, con musgos en los basaltos y verdores perennes. Un café caliente consiguió derribar algún muro, y Helen me habló de sus cosas, de su vida en Holanda en una casa que se le hacía demasiado grande para ella sola; de algún que otro viaje en bicicleta por España. E incluso de una mala experiencia con un tipo que intentó violarla en su misma casa, y que seguramente la había hecho tan huraña y fría. Aunque su falta de comunicatividad no nos había acercado mucho, parecía una buena persona. No es pecado ser un alma solitaria, aunque eso tiene su efecto sobre las arrugas de expresión.








Siguiendo el camino encontramos por fin el desvío a los Ojos del Caburgua, las cascadas que habíamos venido a ver. Un agua transparente caía en dos cataratas sobre una amplia balsa que después continuaba río abajo. Una hilera de pasarelas de madera entre las cenizas volcánicas cubiertas de verde permitía acercarse a las mejores vistas, e imaginarse en el bosque encantado de los gnomos.








Unos kilómetros más adelante llegamos a Caburgua, el pueblito que daba nombre a otro gran lago rodeado de montañas. Era el final de la ruta, y ahora tocaba regresar por otra carreterita cerrando el círculo hasta Pucón. Había sido un bonito paseo, entre frío y conatos de lluvia; y ver que no era para tanto me daba ánimos para retomar el viaje en bicicleta pese a lo adverso del clima.
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Miércoles 5 de Noviembre de 2008

Recorrido: del collado del puma a Pucón: 99 km

Yo no sé si el puma vino a olisquear, si se marchó o entró en la tienda; si arreció el vendaval o pasó a mi lado un regimiento de caballería. Cuando desperté por la mañana no había ni cambiado de posición, y seguía como me había acostado. No me había enterado de nada.






Amanecía más cubierto, más ventoso y frío que el día anterior. Después de recoger y mal desayunar algo de pan duro y queso, me puse en camino forrado con toda la ropa que tenía. En seguida me sobró, y tuve que volver a la ropa corta en cuanto las cuestas de ripio me pusieron a sudar. Subidas y bajadas empinadas se sucedían por valles en los que ríos salvajes horadaban un paisaje todavía en formación. Incluso las glaciares araucarias parecían fuera de lugar, y no lucían tan peripuestas como en las faldas del volcán Llaima. Por fin llegó el descenso, que me duraría prácticamente el resto del día, para regresar poco a poco a los valles más cálidos de las cotas bajas, con pequeñas granjas que me devolvían al planeta Tierra. Acabé encontrando una aldeíta, Ripollil, en cuya tiendita encontré un par de yogures para desayunar. El dependiente charlaba con otros dos hombres, que parecían los únicos habitantes del pueblo. Me pusieron al día: el tal Obama había ganado las elecciones de EEUU. Uno de ellos parecía ilusionado, quizás algo mejorarían las cosas y el mundo con un presidente negro en la gran potencia. Yo me acordaba de Clinton y de sus bombardeos en Irak para desviar la atención sobre el escándalo de la Lewinsky, no había sido mucho más simpático que papá Bush. También me acordé del discurso que dio Obama cuando fue seleccionado por su partido en detrimento de Hillary Clinton. Yo estaba en Siem Reap, Camboya, después de recorrer las ruinas del templo de Angkor Wat. Y el caballero Obama se pasó la hora hablando exclusivamente de el compromiso que tenía EEUU con el pueblo de Israel, de cómo habían sufrido los pobres en la Europa de la II Guerra Mundial, y de cómo su apoyo incondicional al sionismo en su lucha contra el terrorismo palestino iba a ser nota característica de su eventual mandato. No parecía el ilusionante discurso inaugural de alguien que va a cambiar el mundo. Ciertamente el color de la piel no hace diferentes a las personas… estos racistas son unos ignorantes.







Entre valles amplios rodeados de moles monumentales y empinadas, la pista iba llaneando y descendiendo poco a poco. Volvían las casitas con granja, los cercados de vacas de los mapuches. La lluvia acabó alcanzándome poco antes de llegar al primer pueblo con aspecto contemporáneo en dos días. Curarrehue era un centro turístico repleto de hoteles, base de las excursiones por los valles, montañas y lagos que acababa de recorrer, y de los volcanes que se internaban, un poco más allá, en territorio argentino.







Me dio tiempo a entrar a un restaurantito a comer algo caliente antes de que se pusiera a diluviar. Unas amigas comían juntas, y acabé hablando con ellas. Se rieron de mí cuando les dije que me estaba pensando si quedarme a pasar la noche en el pueblo, dada la que estaba cayendo. ¿Lluvia? Pero si aquello no era nada… unas gotitas que ni mojaban. Tenía que venir en invierno para ver lo que era lluvia con todas las letras. En fin, con una temperatura de menos de 15ºC y una fina llovizna persistente, me parecía que aquellos andinos debían de estar hechos de otro material. A mí sólo me apetecía meterme entre mantas y tomar un chocolate caliente. Pero ciertamente, en la calle la gente paseaba sin paraguas, como quien toma el sol en primavera.

Consiguieron tocarme el amor propio que no suelo sacar a menudo, y me dejé convencer; después de todo le quedaban varias horas al día, y a treinta kilómetros de carretera asfaltada estaba Pucón, un lugar que me habían recomendado. Y no podía abandonar tan pronto, según me decían el clima sería así la mayoría de los días, y tendría que irme acostumbrando. Me despedí de las chicas y, con gran dolor, me puse en marcha con un impermeable bajo la lluvia. Algo me protegía, pero en bici se acaba mojando todo de igual manera. Atrás iban quedando las grandes montañas, y por la carretera se sucedían las granjas con casita de cuento de hadas, siempre en madera, con chimeneas por las que salía un humo hogareño por el que hubiera dado cualquier cosa.







A Pucón llegaba a tiro hecho, a una posada que me habían recomendado. Llegué empapado, y fui recibido como si me estuviesen esperando por un gentío de mochileros que preparaba la cena en la cocina, y por Vivi, la dueña, que procuraba darle un ambiente familiar a su posada. Antes de nada me trajo una toalla para secarme y un té caliente, y en unos minutos ya charlaba con todos como si fuésemos amigos de siempre. Hans y Helen, dos viajeros que había conocido en la pensión de Scott en Santiago, estaban allí desde hacía un par de días. Helen también viajaba en bicicleta, pero después de Cunco había tardado poco en hartarse de la bici, y había llegado en autobús hasta Pucón. Conversando alrededor de la estufa de leña se nos hicieron las tantas.
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Martes 4 de Noviembre de 2008

Recorrido: de Cunco a un collado en las montañas: 69 km







Venía un temporal de lluvia, y con el cielo encapotado y un viento frío y desagradable dejé la calidez de la hogareña pensión. Antes desayuné allí mismo, charlando con otros dos huéspedes que llevaban unos días en el pueblo trabajando en las instalaciones de un banco. Eran de Santiago, y se preguntaban cómo nunca antes habían sido conscientes de que en su propio país existieran paraísos como aquél, donde la gente era pausada y amable, y las montañas altísimas y cubiertas de pura naturaleza. En Santiago, me decían, la gente ni te mira a los ojos. Todo está amañado por el dinero, la gente vive en la avaricia, tenga o no tenga. No era lugar para hacer amigos… en cambio, tras unos días en Cunco ya tenían su ambientecillo hecho, y hasta con quién salir de marcha, a “carretear”, como decían en Chile. En cuanto pudiesen, se vendrían a vivir a un lugar como Cunco, para qué vivir la vida deshumanizada de la capital. Deseándoles que lo consiguieran lo antes posible, me puse en camino con la despensa del cuerpo bien repleta. Hasta la laguna de Colico, la carretera estaba pavimentada; pero cuando alcancé la orilla, el asfalto se cambió en tierra volcánica suelta y pedruscos, y así seguiría por unos eternos 150 km.







Durante un largo recorrido seguí la boscosa orilla norte, tras la que se elevaban escarpadas montañas verticales, acantilados desde los que de vez en cuando se desprendía un arroyo en forma de cascada de cientos de metros de altura. El gris del cielo le daba al lago un aspecto negro y siniestro, salvaje e inhóspito en medio de las paredes de roca. Al final del lago se descubría su origen, un río bravo de aguas cristalinas que peleaban con las rocas desprendidas de las cornisas heladas, formando remolinos, rápidos y cascadas antes de desembocar mansamente en el lago. Desde allí se complicó la vía, iniciando un considerable ascenso por un camino que no estaba pensado para las bicicletas. Aún con el cambio más ligero, la fuerza de las piernas se perdía con el continuo patinar de la rueda trasera, o con el desequilibrio errático de la delantera, que se iba por donde quería. Conforme ganaba altura reaparecían las araucarias, y tras las nubes moviéndose a gran velocidad, se asomaban de vez en cuando las cumbres nevadas que ya helaban el viento.







Tras un par de horas así, había subido demasiado. Allá arriba, en el collado, soplaba un viento despiadado y ártico, y aunque quedaba un par de horas de sol, preferí acampar antes de que el frío se extremase con el anochecer. No lejos de unas casitas que ocupaban el estrecho valle del collado, busqué un lugar llano y protegido del viento del oeste por un pequeño cañaveral, y allí coloqué mi tienda con los dedos ya entumecidos. Preparado el refugio me senté en un tronco a cenar un bocadillo y mientras contemplar el atardecer entre araucarias y carreras de nubes. En ese momento surgió de las matas mi vecino, el pastor de la casita perdida en medio de la nada. Estuvimos charlando un buen rato. Venía de agrupar a sus vacas para que pasasen juntas la noche. Un puma merodeaba la zona desde hacía días, justo cuando sus vacas estaban pariendo con la primavera. En grupo se podían defender del depredador, pero por separado los terneros eran presa fácil, y ya había perdido dos terneros en lo que llevaba de primavera. Al pastor lo acompañaba su hijo, un adolescente con síndrome de down que, seguramente hubiera sufrido una vida difícil en una ciudad; pero que en medio del campo se mostraba feliz, capaz de realizar todas las tareas igual o mejor que su padre, y en un entorno de belleza incomparable.
El pastor, que ni si quiera me llegó a decir su nombre, me aseguró que los pumas nunca atacan al Hombre; pero cuando se fue a casa a encender la lumbre para la noche, me hubiese quedado intranquilo escuchando los sonidos que filtraba el fantasmagórico ulular del viento, si no fuera porque estaba tan agotado por la paliza del día, que nada más meterme en el saco, me olvidé del mundo y me dormí como un tronco.





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7/11/08

Lunes 3 de Noviembre de 2008

Recorrido: de la base del volcán Llaima a Cunco: 75 km






Dormí más de 13 horas para recuperar el sueño atrasado. Cuando me levanté por fin, el sol ya hacía rato que reinaba en un cielo azul, pero sin llegar a calentar el aire invernal. Me lo tomé con calma, mis piernas desacostumbradas ya a la bicicleta resentían la paliza del día anterior, el ascenso por los pedregales hasta el collado de la laguna. Con la luz del día se veían más extrañas las araucarias, unos árboles endémicos de esta región que habían sobrevivido a los dinosaurios. Se trataba de un auténtico fósil viviente de aspecto acorazado y primitivo, y por primera vez los veía formando un espeso bosque en su medio nativo. Algunos ejemplares tenían diámetros de más de dos metros, y alturas considerables de un tronco pelado que acababa en una geometría de candelabros ramificados. Los largos líquenes de un verde pálido que cubrían las cortezas recordaban las barbas de los venerables ancianos que eran en realidad. El camino seguía siendo impracticable, y bajo los cortes que las máquinas habían hecho en la tierra para recuperar la ruta, aparecía un helado permafrost, y rodales de nieve protegidos del sol por los árboles.






Unos kilómetros después llegué al lago Conguillío, a los pies de un murallón de montañas cubiertas de bosque y coronadas por picos nevados. Por el lado oeste se podía acceder a las playas negras de ceniza volcánica en las que todavía no había crecido ni un matojo. Detrás, siempre presente, el coloso dormido del Llaima, y por doquier las araucarias con sus ramas como cabezas de dragón. Era el escenario perfecto para una película de dinosaurios. A partir de entonces la mayor parte del trayecto fue una pura bajada, aunque difícil de disfrutar por el frío y por el estado de la pista. Unas montañas sucedían a otras, y por el lado sur aparecía el mayor campo de lava de la última erupción. Toda la ladera había sido arrasada, y el bosque sustituido por una negra sombra de bombas volcánicas y cenizas. Durante kilómetros atravesé este paisaje muerto a los pies del soberbio nevado. Los brazos gigantes de lava habían cortado el cauce de los ríos en algún tramo para formar nuevas lagunas de aguas tan puras que brillaban con el matiz de piedras preciosas. La belleza del lugar era salvaje y desbordante.







Llegué por la tarde al primer lugar habitado después de Curacautín. Melipeuco era poco más que una calle con casitas de madera a los lados, en un valle verde protegido por picos a un lado, y amenazado por el Llaima en el contrario. Allí reaparecía la carretera de asfalto, y después de comer algo caliente me puse en camino, ahora contra el viento de poniente, para llegar a dormir a Cunco. Encontré un hostal familiar, que alquilaba las habitaciones que no ocupaban los miembros de la familia. Tan familiar era, que la hija mayor de la señora recibía con un beso en la mejilla a todos los huéspedes, y les ofrecía un café para tomar. Me quité el salitre y la polvareda en la ducha, y vestido de nuevo como un ser civilizado salí a dar un paseo por el pueblo.




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Domingo 2 de Noviembre de 2008

Por fin la bicicleta.

Recorrido: de Lautaro a las faldas del volcán Llaima: 96 km

En México me había acostumbrado a vestirme con toda la ropa que tuviese en la mochila para defenderme del gélido aire acondicionado de los autobuses. Aún así solía desvelarme en cada curva con los huesos helados y una intensa mala leche hacia la honorable madre del conductor. Y así, forrado de ropa, subí al autobús nocturno de Santiago a Lautaro. Tampoco pegué ojo, más que por la incomodidad del asiento, por el calor de estufa que me tuvo sudando toda la noche pese a quedarme en camiseta. Entre unas cosas y otras, amanecí en Lautaro sin haber dormido ni un minuto, con una sensación de somnolencia e hipnosis, molido, y como siempre, con ganas de cometer un homicidio. Caramba, parecía que todos los conductores se habían formado en las escuelas secretas del Santo Oficio, qué mala sangre, por dios.

El sur de Chile me recibía, a las 7 de la mañana, con un frío invernal envuelto en brumas. La gente bien abrigada me miraba con curiosidad mientras armaba mi bicicleta y sus alforjas. Faltaba mucho para que abrieran las tiendas, y con el frío que hacía no era cuestión de esperar dos horas en la calle para poder desayunar. No veía el momento de empezar a pedalear; un vistazo al pueblo, y a hacer kilómetros.

Con la primera cuesta entré en calor, y en una curva hice un strip-tease para ponerme la ropa corta y el maillot, sin dejar de saludar a los lugareños que pasaban. Es curiosa la habilidad de la gente para aparecer de la nada cuando uno se encuentra en paños menores. Una vez vestido, pueden pasar horas sin cruzarse con nadie… Estaba entusiasmado con mi bici nueva, y con los dos meses que tenía por delante en un paisaje que prometía. El sol iba disolviendo las neblinas sueltas para dejar brillar el intenso verde de sus praderas, donde pastaban vacas y caballos. Los leves relieves se iban acentuando según me dirigía hacia el este; al poco, de entre las nubes, apareció la silueta refulgente del cono del Llaima, un soberbio volcán completamente simétrico, cubierto de nieve como si quisiera amansar su fiera realidad. No habían pasado ni dos años desde su última y devastadora erupción, y yo me dirigía, tan tranquilo, a sus campos de lava ya dormidos.






Pasaban las horas y no encontraba más que humildes cabañas de madera dispersas y de aspecto deshabitado. Seguía en ayunas, sin agua ni comida, y ya me veía comiendo hierba para hacer boca. Por fin, entre un grupo de cabañas encontré un letrero, se vendían quesos. Con eso y un pedazo de pan que me dieron pude por fin calmar la fiera, y recuperar fuerzas para pedalear. La carretera rodeaba de lejos el volcán, y su silueta crecía y se hacía más impresionante. Un segundo cono volcánico y varias cumbres, todas nevadas, me introducían en un formidable paisaje de extremada belleza.






Llegué a Curacautín para almorzar. Era el único pueblo en doscientos kilómetros de ruta, y por fin pude comprar comida para un par de días. Pregunté a un señor por la pista que subía a la base del volcán. Lo primero que me dijo es que estaba cortada debida a la erupción; pero como no estaba seguro llamó con su celular a los carabineros, que le contaron que ya se encontraba practicable. Eso significaba que, pasada la alerta roja, por fin las máquinas habían entrado a recuperar el trazado de la pista sobre la nueva orografía de los campos de lava. Bueno, no era para echarse a temblar, pero algo de vidilla le daba al recorrido. Unos kilómetros después del pueblo, el asfalto se convirtió en ripio, ceniza volcánica y piedras sueltas en las que las ruedas se hundían y patinaban. De pronto avanzaba penosamente a una velocidad ridícula, luchando por no hundirme en arenas movedizas. En cada repecho no tenía más remedio que bajarme y empujar. El paisaje era increíble, eso sí, con el volcán cada vez más cerca, amenazante y poderoso. Los ríos de lava habían sepultado los caminos y destruido los bosques de araucarias centenarias, y aparecían a los lados del camino como monstruosas olas petrificadas en un entorno lunar. Al menos no había problemas de abastecimiento de agua, y cada poco paraba a rellenar el botellín en cualquiera de los arroyos de aguas cristalinas que bajaban de los hielos.






Con el atardecer bajó la temperatura bruscamente, y llegué a la base del volcán, ya anaranjado por el ocaso, con un gélido viento que hacía brotar nubes de la cima. Había subido hasta los 1.800 metros sobre el nivel del mar, y acampé junto a una laguna antes de que la noche helara el aire y me atenazase las manos. Una cresta de cumbres nevadas se reflejaba sobre la laguna, y el silencio incómodo del monstruo que en cualquier momento podía despertar se apoderó de la tierra. Yo estaba tan molido por la dureza del camino, y tan muerto de sueño por la tortura del autobús, que antes de que las últimas luces se escapasen de los nevados, ya estaba metido en mi saco, tratando de entrar en calor y de dormir en la perfecta soledad, en el increíble silencio sólo roto por las pocas aves que se atrevían a asomar el pico entre las copas de las araucarias.




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Viernes 31 de Octubre y Sábado 1 de Noviembre de 2008





Comencé el día con un paseo por el centro. El puente había dejado la ciudad relativamente vacía, y los huecos se llenaban con los omnipresentes Evangelistas, que celebraban su día con conciertos en la calle y estruendo de altavoces. Se los veía trajeados y repeinados, en grupos agazapados tras cualquier esquina para atormentar a los paseantes con sus berridos amplificados por potentes altavoces, invocando a dios, a su madre, al fin del mundo y a los pecados de los Hombres. El micrófono siempre andaba en manos del más energúmeno de todos ellos, muy al estilo poseso de los telepredicadores yanquis, pero en la misma calle y sin ofrecer posibilidad de defensa a los pobres viandantes. También se podía encontrar algún repartidor de milagros que, a un módico precio, ofrecía su bendición a grito limpio, deshacía maleficios y desterraba al demonio de la carne de los pecadores al tiempo que desatascaba las orejas de los benditos.






Volví a la tienda de Jorge, necesitaba un par de herramientas más para poder reparar la bici en caso de avería. Era la única tienda abierta en toda la calle, ya que todo el mundo se encontraba de puente. Menos el palestino adicto al trabajo. Mientras me atendía charlaba con una chica, y acabamos hablando los tres. Como a Jorge no había quien lo sacase de su tienda, Feña, que así se llamaba, me propuso dar una vuelta y almorzar por el centro. Algo diferente se veía en el rostro de Feña; llevaba poco tiempo en Santiago, era original de un pueblito del sur, y todavía no había cambiado su mirada limpia por el ceño fruncido y la expresión airada de los santiagueños. Había dejado su carrera de medicina por la de arte dramático, y disfrutaba de la bohemia de la capital y de su libertad y anonimato en la gran urbe. Pasamos la Plaza de armas, repleta de artistas, retratistas y pintores, y continuamos hacia el mercado del norte para comer algo en sus improvisados restaurantes.






Feña provenía de la alta sociedad chilena, la que había disfrutado de la dictadura de Pinochet. Pertenecía a una generación nueva y más comprometida, pero no le resultaba difícil comprender que sus padres fueran pinochetistas hasta la médula. Después de todo, los ricos habían mantenido y acrecentado su bienestar con la dictadura. También reconocía que una versión muy distinta me daría cualquiera de los millones de chilenos más humildes que vivieron aquellos años en represión y miedo, cuando no en el exilio o en las fosas comunes. Poco a poco el país había ido cambiando y se había adaptado a los nuevos tiempos. Hoy se hallaba inmerso en una lenta transición hacia una mentalidad más abierta. Algo había que reconocer, Santiago era, con diferencia, la ciudad más tranquila, civilizada y segura de toda la América que yo había conocido hasta el momento; y mucho de esto seguramente se debía a la mano dura del dictador.
Feña era una persona reflexiva y educada, con una cultura amplia y una gran curiosidad. Me preguntaba por mis viajes, y parecía que su imaginación volaba soñando tal vez con recorrer mundo algún día.

Cuando nos despedimos por la noche, me invitó a acompañarla a su pueblo a la mañana siguiente. Iba a ver a sus padres, y aseguraba que no tendrían problema en que apareciese por allí con un nuevo amigo. Pero trastocaba mis planes demasiado, después de todo tenía que tomar el autobús por la noche, y no tenía claro ni qué hacer con la bici y el equipaje si me iba con ella; decliné la invitación, y prometimos tomar algo cuando volviera de mi recorrido por el sur. Supongo que perdí una estupenda ocasión de vivir una experiencia única: por lo que contaba de la casa de sus padres, no debía de tener mucho que envidiar a la de Falcon Crest.

En la posada se celebraba el cumpleaños de una viajera. Su novio la había abandonado días atrás en mitad del viaje, y todo el mundo se puso de acuerdo para hacerle más agradable la noche. Poco antes de que saliese Scott con la tarta y una vela, llegó el novio pródigo a hacer acto de presencia. La escena no fue apta para mimosos, y superada la sorpresa y la reconciliación, hubo tarta y vino para todos, y nadie se acostó antes de las tantas de la madrugada. Me encantan estos lugares en donde los viajeros forman en seguida una alegre familia.

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Aproveché la falta de planes del día siguiente para escribir y poner al día mis anotaciones. El ambiente de la pensión se relajaba por el día, con todo el mundo visitando los museos y los rincones de la ciudad, dejando un agradable silencio para la escritura. Cuando quedaban un par de horas para el autobús nocturno a Lautaro, armé el equipaje sobre la bicicleta, me despedí de los viajeros, y salí a la avenida principal para recorrer el par de kilómetros hasta la estación. Incluso de noche, Santiago parecía segura, con gente de todas las edades paseando y charlando en cada esquina.

En la estación charlé con un maletero de mi edad que en seguida captó la procedencia de mi acento. De todos los europeos que había, me decía con guasa, tenían que haber colonizado Chile justo los españoles… no podían haber sido los ingleses, o los alemanes… los españoles, tan llenos de defectos y tan flojos. En ese momento lo avisaron para que buscase un pasajero despistado de un autobús que tenía que partir en ese momento. Se marchó diciendo con sorna: “¿Lo ve? Si es que es la mala raza…” Qué se le va a hacer. Apellidándose Pérez, mi amigo el maletero aspiraba en balde a tener origen inglés. Pídale cuenta a sus antepasados, amigo mío, creo que razón no le falta.
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Jueves 30 de Octubre de 2008

Un último vistazo a las tiendas, y me decidí por una bicicleta. De tanto entrar y salir, el dueño ya me conocía. Jorge era un chileno de padres palestinos que vivía por y para su tienda… como buen árabe, llevaba el comercio en la sangre. Me preparó la bici con los accesorios que le pedí, un sillín cómodo, un transportín con sus alforjas; un cuentakilómetros, unos cuernos para el manillar, un kit de herramientas, y cosas así. Más contento que un crío con zapatos nuevos volví a dejarlo todo al hostal, y empleé el resto del día en elegir saco de dormir y tienda de camping en los centros comerciales del sur de la ciudad.






Sólo me quedaba un detalle: el billete de autobús. La ruta que me había recomendado Scott empezaba a unas 11 horas de trayecto más al sur, en la localidad de Lautaro. Hasta allí el paisaje era más bien árido y carente de interés, pero a partir de este pueblo se ascendía entre montañas y volcanes nevados, bosques y lagos cristalinos. Pero inesperadamente, la estación de autobuses estaba colapsada, llena de miles de capitalinos que querían abandonar la ciudad para pasar el puente de todos los santos en la playa. No quedaban billetes, y me tuve que conformar con viajar el sábado por la noche, dos días después. Tenía dos días para desesperarme en una ciudad sin demasiado interés, europea y carente de atractivos para el viajero de lo exótico. Con todos los deberes hechos no me quedaba más que hacer tiempo paseando las calles del centro, conversando con los viajeros, y tratando de disfrutar su vida urbanita y sofisticada. Claro que, hacer esto uno solo no era lo mismo que en compañía.






Ya me había formado una primera impresión de los chilenos, al menos de los de la capital. Como una extraña anomalía en un continente cálido y apasionado, los santiagueños parecían fríos, distantes… caminando rápido, con prisa y cara de vinagre. Si preguntaba por alguna calle me contestaban con un gesto, con un gruñido, sin si quiera mirarme y sin más explicaciones. No parecían muy amistosos; pero poco a poco fuimos convergiendo: yo en mi adaptación a un carácter más reservado y norte-europeo, y ellos sorprendiéndome de vez en cuando con su amabilidad. De pronto empezaban a parecerme más cívicos y educados que los españoles. A esta facilidad para simpatizar con los habitantes del país que visito, por extraños o diferentes que sean, lo llamo síndrome de Estocolmo, y es así como a lo largo de los años he acabado amando países y gentes de todo tipo. Que me dure siempre…
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Miércoles 29 de Octubre de 2008





Dormí unas pocas horas en el tercero de los aviones, el que me llevaba a Santiago. Las primeras luces del alba delineaban el colorido cielo sobre las aserradas cumbres de los Andes, presidiendo la capital de Chile. Ni si quiera se había levantado el sol sobre ellas cuando ya me encontraba listo con mi mochila y a la puerta del aeropuerto. No tenía una guía de Chile, así que ignoraba incluso dónde alojarme en Santiago. Durante el trayecto había buscado sin éxito algún otro viajero de mochila que tuviese una guía del país; por fortuna había una librería en el aeropuerto. Allí pude buscar el nombre de una pensión económica, y además muy útil, porque el dueño conocía Chile como la palma de su mano y podía recomendar rutas y lugares de interés. Estuve haciendo tiempo para no salir a la urbe antes de que las calles se llenasen de gente. No quería jugarme el tipo en una ciudad que desconocía. Pasado un tiempo prudencial, tomé un autobús que me llevase al centro, y ya por el camino me di cuenta de que Santiago no tenía el aspecto sórdido de otras ciudades hispanoamericanas. Parecía más bien una ciudad dinámica y moderna, y casi la totalidad de la gente que se veía en la calle se dirigía inequívocamente a su trabajo. Esto que parece una trivialidad no es común en Hispanoamérica, donde la mayoría de la gente se levanta muy pronto para tratar de buscarse la vida de cualquier manera; y algunos de ellos cuchillo en mano, si es menester. Con ello se fue tranquilizando mi ánimo, y me sentí seguro para salir a explorar.

La pensión que buscaba se encontraba al final de una calle industrial, apartada de todo. En cualquier otro país de la región no me hubiese aventurado con mi equipaje en un lugar como aquél, pero Santiago se veía saludable, más incluso que muchas zonas de Madrid. Tanto es así que, cuando descubrí que la pensión que buscaba ya no se encontraba allí, sino que se había trasladado al centro, no me importó caminar un par de kilómetros por las callejas en busca de su nuevo emplazamiento. Por fin llegué a Tales, un hostal que recomiendo a cualquier viajero que precise de un empujón para conocer Chile. A los cinco minutos de entrar, Scott, su dueño, ya me había dibujado en un mapa una ruta recomendable para conocer en bicicleta lo mejor del país.






Quería aprovechar el tiempo, y después de desayunar salí a recorrer centros comerciales y tiendas de bicicletas. Necesitaba adquirir el equipo completo para el viaje ciclista, saco de dormir y tienda de campaña incluidos. Me fui haciendo a la idea de precios y calidades, y decidí retirarme para consultarlo con la almohada antes de gastarme los cuartos.

La posada se llenaba de mochileros, y por la noche el mismo Scott, un americano de unos 50 años curtido en viajes, se convertía en el alma de la fiesta, y una relajada conversación entre amigos se establecía con facilidad. Volvía al paisanaje cosmopolita, como me decía una amiga.
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Martes 28 de Octubre de 2008

Mi avión salía a media mañana. Tenía un largo día por delante, con tres aviones y una extraña combinación. Primero de Cancún a Miami; después de Miami a Bogotá; y de allí, vuelo a Santiago de Chile. Hacía falta armarse de paciencia, pero el costo de los tres vuelos era mucho menor que el de un vuelo directo, y a estas alturas del año sabático no estaba yo para derrochar. El autobús me dejó en el aeropuerto, y así comencé la carambola por toda la geografía americana. Cómo no, un vuelo a EEUU requería de controles extraordinarios. Nada de líquidos, como si aún hubiese pirados tratando de reventar aviones con nitroglicerina… no quería facturar la mochila, prefería llevarla como equipaje de mano para no arriesgarme a que me la perdieran con tanto transbordo. Dos tarros de líquido sobrepasaban el mínimo: un champú, y un protector solar. Me daba cuenta de que me los iban a quitar en el control, así que intenté salvar al menos lo más caro, el protector. Lo envolví dentro del saco de dormir, y dejé cerca el champú. En el escáner debieron de ver dos botes, pero los tuve un par de minutos entretenidos haciéndome el loco; cuando encontraron triunfantes el bote de champú ya se habían olvidado del otro bote, y entró sin dificultades al coste de aquél. Así que, queridos terroristas de todo el mundo, nada más fácil que colar 300 ml de protector solar explosivo en un avión, para atormentar a los pasajeros con olor a coco y vainilla. De todos modos, para los aprendices, añadir que lo de los explosivos líquidos ya no se lleva, es demasiado retro. Mejor colar explosivo plástico dentro de la suela del zapato, o en la batería de un aparato electrónico, opaca a los escáners. Estos de los aeropuertos no se enteran de nada. Hablando en serio, el tema de los líquidos y los aviones es tan estúpido que demuestra que no pretenden otra cosa con estos controles que extender y generalizar el miedo y la paranoia colectiva, afianzar el Estado del Miedo con el que nos dominan desde hace unos años. Con cuentos de viejas como estos, consiguen que adultos hechos y derechos parezcan bebés asustados, dispuestos a descalzarse y desnudarse en los arcos de los aeropuertos, o de renunciar a los más elementales derechos civiles provenientes de la revolución francesa.






El formulario norteamericano de inmigración tenía su aquél. Rodeado de norteamericanos en la sala de espera del vuelo a Miami, sentía el peso de la Historia en sus miradas desconfiadas y recelosas. Ese pueblo enriquecido en exceso, pasó su época dorada cultivando un delicioso hedonismo según se iba sumergiendo en una absurda espiral de arrogancia. De ahí nació su visión casi judaica de pueblo Elegido, para dominar el Mundo, para dar lecciones hasta al último rincón de la Civilización. En unas décadas construyó su efímero Imperio, y se dedicó a dar bofetadas allá donde le llevaban la contraria. Hoy, con un planeta lleno de enemigos suyos, el miedo secuestraba sus miradas, las del que tiene mucho que perder y ya no se fía de nadie. Me resultaban cómicos, incluso me inspiraban ternura, tan perdidos y desorientados, tan confundidos y convertidos en ovejitas a merced de sus tiranos. Mirando a su alrededor parecían buscar las barbas de un famoso espía de la CIA, un tal Bin Laden que los traía locos.

Muchas veces he llegado a la conclusión de que el Ser Humano se vuelve caduco y decadente cuando consigue la riqueza y la abundancia material. Se convierte en un ser vulnerable y blando, manejable y acaudillable. Es triste reconocerlo, pero sólo damos lo mejor de nosotros mismos en la dificultad, en la penuria. Sólo de la miseria nace el talento y la alegría. Que se lo pregunten a los malogrados argentinos, o a los brasileños en su país al que el futuro nunca llega. Entre tanto pensaba en España, desperezándose poco a poco de su sueño de eterna primavera, volviendo a la cruda realidad con cada telediario. Todos nos subimos a la parra y creímos en un futuro deslumbrante; no podía ser de otro modo, éramos los mejores, los más listos. Nos creímos unos fuera de serie, pasando en pocos años del eterno complejo tercermundista a la arrogancia más ñoña y autocomplaciente. Ahora regresábamos despacio, pero seguro, a los tiempos del cocido y el bocata de salchichón, de los jornales y los rateros de esquina. Se pasó la primavera, y sin tocar el verano regresamos al invierno. Tal vez ahora volveríamos en la penuria, y lección de humildad mediante, a ser un pueblo que valiese la pena. El tiempo lo diría.
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Lunes 27 de Octubre de 2008

El avión de Susana salía por la noche. Era nuestro último día juntos, y un intenso amargor de despedida coartaba la conversación. Los dos meses y medio se nos habían pasado en un suspiro, como era fácil prever; yo me había reído de Susana cuando al planificar el viaje se había hecho la cuenta de que con tres o cuatro semanas tendría de sobra para conocer el país y hartarse de viajar. Y allí estaba, dos meses y medio después, con la sensación de que le quedaba todo por ver, y seguramente ninguna gana de volver. A mí, que soy un descastado y un loco irreflexivo, aún me quedaban dos meses por delante para viajar por Chile, antes de retomar sin remedio la vida adulta de casa. Me encontraba triste por la despedida, pero ilusionado con la nueva etapa. No veía el momento de ponerme sobre dos ruedas y pedalear otros pocos miles de kilómetros por las fascinantes montañas del sur de Chile.

Como colofón del viaje decidimos pasar de nuevo por la playa de las tortugas. Preparamos las mochilas, y después de despedirnos de Carlos y compañía, tomamos el colectivo para Akumal. Llevábamos todo encima, así que no era cuestión de abandonarlo en la arena mientras buceábamos. En el punto de información turística conseguimos que nos guardasen las mochilas durante el par de horas que teníamos para el mar. Volvimos a disfrutar de las tortugas, de nadar a su lado o al de los peces, de la barrera de coral… Eran cosas que ciertamente extrañaríamos desde el mismo momento en que saliésemos del agua. La variedad, intensidad y cuantía de la vida submarina desbordaba con mucho la pobre naturaleza que se podía observar en la tierra firme. El despliegue de vida bajo el mar dejaba atónito al más insensible.

Sin ducharnos, con un leve secado, tomamos el camino de vuelta a la carretera, y en dos horas estábamos en Cancún. Buscamos una habitación para mí, que no volaba hasta la mañana siguiente y tenía que hacer noche, y dejando allí las mochilas a resguardo, salimos a dar un último paseo. Aún le quedaba algún regalo que comprar, y por los puestos de artesanía y plata completó la lista. Las horas hasta la noche se nos hicieron pocas, y sin saber ni por dónde, llegó el momento de la partida. Gracias por todo Susana, nos vemos pronto. Fue un placer.

La verdad es que llevaba meses sin pasar una hora solo, y cuando se subió en el autobús que la llevaba al aeropuerto, me sentí extrañamente melancólico y triste. Volví despacio a la pensión, salí sin ganas a cenar algo en los puestos callejeros, y apuré mis últimos tacos por una larga temporada. Maté las penas charlando con los otros viajeros del hostal, y dándome cuenta de que había perdido mucho inglés después de no hablarlo durante varios meses. La aventura continuaba, próximo destino: Santiago de Chile.




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1/11/08

Domingo 26 de Octubre de 2008





A sólo unos kilómetros de Tulum había una playa que nos habían recomendado, porque a unos metros de la arena se podía nadar junto a tortugas marinas de gran tamaño. Parecía una experiencia interesante, así que preparamos una mochilita con los bártulos para el buceo, y tomamos el colectivo, a playa Akumal. Dejamos nuestras cosas junto a una familia que tomaba la sombra bajo un grupo de palmeras, y entramos al agua. El sol aparecía y desaparecía entre las nubes, y el mar no terminaba de caldearse. Nos costó un poco más de la cuenta mojarnos, pero en seguida comprobamos que valía la pena. Lo primero que apareció bajo el agua fue una manta raya de tamaño mediano, pero siempre sorprendente por volar más que nadar, a ras de la arena del fondo. Y un poco más adentro, las tortugas, rondando el metro de largo, indiferentes a nosotros mientras comían de las algas del fondo. Cada cierto tiempo salían a respirar a la superficie, momento en que era más fácil nadar junto a ellas… los dos estábamos maravillados por el privilegio de verlas desde tan cerca, y en su medio natural. Aún nos aventuramos unos cien metros mar adentro hasta la barrera coralina que protegía la bahía. No era peligroso internarse, ya que varias vías de boyas unidas por cuerdas podían servir en cualquier momento de salvavidas en caso de problemas. Al fin nadábamos por una zona de aguas claras, y entre bancos de peces de colores. Susana llevaba dos meses soñando con ese momento.






La arena de la playa no era espectacular como el litoral de Tulum, pero las tortugas marcaban la diferencia. En la arena Susana vivía su despedida interior, su final de viaje y su pronto regreso a la realidad, la dura realidad. Ya se la veía nerviosa, con un pie en Madrid buscando trabajo y viviendo la incertidumbre de tiempos algo más difíciles que de costumbre. Es complicado cambiar la libertad y el bienestar interior del viaje por la rutina de la vida real, por la frialdad de la ciudad gris y antipática que es Madrid. Antes de que se fueran las últimas luces de la tarde caminamos de regreso a la carretera para tomar el colectivo a Tulum.






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Y haciendo un paréntesis en el relato, quería hablar aquí, fuera del momento en que ocurrió, sobre una conversación que tuvimos con un mexicano que conocimos por el camino. Lo que nos contó tenía miga, por lo que he preferido sacarlo de contexto para que nadie pueda identificarlo por culpa de este blog. Se trataba de un ex policía que había vivido en primera persona los hechos que contaba, y que por todo ello había decidido dejar su trabajo tras cinco años en activo. Hoy vivía una vida más tranquila, aunque seguramente asaltado por el miedo de vez en cuando. Nos desviamos de una charla más casual para comentar alguna noticia que había salido en los periódicos, la habitual matanza de cada mañana a manos del Narco. Comenzó criticando la hipocresía del Gobierno, que llevaba meses supuestamente inmerso en una guerra contra el Narcotráfico. Qué farsa tan enorme, decía, cuando el Narco y su violencia eran la misma policía y el Estado. Él lo había vivido desde dentro, de 20 policías que uno se encontrase, podía haber dos o tres que quisieran cumplir con las leyes, que eran los buenos, según sus palabras. Los otros 17 eran corruptos, al servicio del narco, y más delincuentes que los propios delincuentes. Había estado un tiempo destinado en un puesto fronterizo con Guatemala. Decía que todos en el cuerpo policial conocían perfectamente quiénes eran los capos, los jefes de los Carteles, y que todo lo que se hacía era abrirles la frontera sin control alguno, y saludarlos cortésmente; después de todo eran ellos los que gobernaban el país y pagaban sus sueldos…
Una vez había sido destinado a una prisión, de incógnito, para controlar el narcotráfico. Como novato, había supuesto que su misión era localizar a los traficantes, y detenerlos. Pero cuando informó a sus superiores de que era el propio alcaide de la prisión el que organizaba el tráfico de drogas y armas, había recibido la rechifla de sus compañeros, y un aviso para que anduviese más vivo en lo sucesivo. Su misión era salvaguardar la organización criminal, no desmontarla.
En otra ocasión, estando en comisaría, se armó un revuelo: decían los compañeros: “Han secuestrado a una chica”. Él creyó que se trataba de un caso más de desapariciones de mujeres, tan típicos en México, y que habría que ponerse a trabajar para tratar de salvar a la pobre. No se trataba de eso. El comisario era el secuestrador, llegaba a la comisaría con una muchacha… nuestro amigo se marchó, para no ver lo que estaba a punto de suceder. La chica iba a ser violada, torturada y asesinada, por los mismos policías que supuestamente debían evitar casos así. ¿Las mujeres desaparecidas de Ciudad Juárez? Eran víctimas de la misma policía, de los más ricos, de las familias poderosas que se divertían con orgías de sangre. Los pelos se nos ponían de punta escuchando este relato… y durante el resto del viaje nunca más volveríamos a ver del mismo modo a los policías mexicanos. México era un país lindo y extraordinario, de gentes encantadoras y corazones enormes; pero ahí estaba el contrapunto, un país a merced de los más viles, dominado y gobernado por clanes de puros delincuentes psicópatas. Era como un clan de vampiros abusando de un pueblo indefenso, un retrato medieval de una sociedad tal vez condenada para siempre.

Nos contó tantas cosas del estilo que fácilmente se le fue una hora de prácticamente monólogo. Eché en falta una grabadora para poder reproducir al pie de la letra una entrevista que nos dejó helados.

La vida en la Casa del Sol era plácida. Por la noche se charlaba con buena música de fondo, y de entre los hermanos siempre había alguno con una buena historia que contar.
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Viernes 24 y Sábado 25 de Octubre de 2008





El viaje estaba llegando a su fin. Habíamos reservado los últimos días para regresar a las increíbles playas de Tulum, y aquella mañana volvimos a levantarnos antes del alba para tomar el primer barco de regreso a Chiquilá. Los 20 minutos atravesando el mar calmado de la bahía coincidieron con el amanecer, y se llenaron de colores sobre los mangles reflejados en el espejo del agua. En Chiquilá esperaba el autobús a Cancún, y tras unas horas de viaje que aprovechamos para dormir un poco más, llegamos a la ciudad del Caribe después del mediodía. Comimos unos tacos para llenar el estómago en los puestitos callejeros, y sin más tomamos el siguiente autobús a Tulum. Al cabo de dos horas estábamos de vuelta a la Casa del Sol, una de las mejores pensiones en las que estuviéramos durante el viaje, con el ambiente familiar de Carlos y sus hermanos. Allí le habían robado el pasaporte a Susana, así que el buen recuerdo no era completo, pero seguía siendo la mejor opción en Tulum.






Veníamos ansiosos de playa, y no le dimos ni opción a Carlos, el dueño, de darnos más plática, que ya habría tiempo. Dejamos las cosas, y tomamos un taxi a la playa. La otra opción era tomar un colectivo y después caminar varios kilómetros, y el precio no era muy diferente, así que para aprovechar las pocas horas de tarde que nos quedaban, preferimos tomar el taxi. La playa Paraíso seguía soberbia, como la última vez que la habíamos visto; pero la meteorología no era la del verano, por lo que el agua andaba un poco revuelta, y nos quedamos con las ganas de practicar un poco de buceo. El cielo encapotado disimulaba y agrisaba el colorido del agua, e incluso la temperatura era algo menor. Pero allí estábamos, dándonos un regalo de playa para despedir los últimos días de un viaje que había salido estupendamente. Completo y variado, interesante y con un poco de todo. Me había acostumbrado a viajar acompañado, y sabía que seguir solo por Chile me iba a resultar un poco duro, sobre todo al principio. Con quién iba a compartir las maravillas que viera, con quién conversar sobre lo que viviera.






Hacia el atardecer volvimos caminando por la carreterita desierta de las ruinas de Tulum, y del cruce volvimos en colectivo hasta el pueblo. A lo largo del viaje nos habíamos aficionado a algo típico de México, los licuados, batidos de leche con frutas tropicales que eran insuperables cuando había hambre y sed. Compramos lo necesario para hacer una cena en la cocina compartida de la Casa del Sol, mientras charlábamos con Carlos y sus hermanos. Su padre los había maltratado y les había dado una niñez insoportable; en seguida comenzó la diáspora, cada uno de los chavales se escapó como pudo. El más aventurero, Víctor, con 9 años agarró una bicicleta y se marchó en dirección al sur, pasando Belize y Guatemala, y llegando al Salvador. Allí donde paraba buscaba pequeños trabajillos que le daban la plata necesaria para seguir comiendo y pagando fonda. Jamás volvió a ver a su padre.
Carlos, por su lado, como el mayor de los hermanos, había aguantado el que más; pero finalmente había tomado el camino de la frontera, y toda su vida la tenía en EEUU. También su pequeña fortuna, pues 30 años de trabajo le habían permitido juntar el dinero para construirse ahora su viejo sueño, una casita junto al mar en Tulum, y un hospedaje para viajeros. Con la excusa del hostal, había reunido a todos los hermanos, y ahora trabajaban juntos para ponerla en pie y atenderla. No parecía fácil la convivencia, y eso lo notábamos hasta los huéspedes, pero después de un pasado así no era de extrañar; en el fondo eran unos perfectos desconocidos, pero sí que al menos parecía que cada uno ponía lo mejor de su parte, para rearmar una familia que se había desmembrado hacía décadas.

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Estábamos allí para lo que estábamos, playa caribeña para desquitarnos, y para tomar bríos por los años que seguramente pasaríamos sin ver playas semejantes. Bien temprano salimos de la posada, y tirados en la arena, bañándonos y tratando en vano de ver algo con las gafas de buceo, se nos fue todo el día. Tal vez fue uno de los días más inactivos de todo el viaje, pero seguramente nunca nos arrepentiríamos de ello. A la vuelta nos cayó el diluvio que se había estado formando todo el día alrededor de la playa, y con las calles convertidas en pequeños ríos entramos a cenar en un local en el que bastante tenían con achicar agua para que no les llegara al cuello.

Habíamos quedado con Carlos en que nos prepararía un temazcal para la noche. Se trataba de una especie de sauna ritual que utilizaban los aborígenes desde tiempos inmemoriales; como en una sauna, se echaba agua sobre piedras calentadas al rojo en una hoguera; pero con la diferencia de que los nativoamericanos utilizaban infusiones de plantas medicinales; algunas incluso alucinógenas, que unidas al calor intenso del vapor en el recinto cerrado los llevaban de viaje astral. No pretendíamos más que una sauna de hierbabuena, pero con la lluvia se le había mojado la madera, así que nos quedamos con las ganas. A cambio salimos a tomar algo por los bares del pueblo, más vacíos que en el verano, pero aún animadillos. Como cada noche acabábamos comentando lo que habíamos visto y oído, en un agradable ritual que pronto echaría de menos cuando nuestros caminos se separasen. Me había dado cuenta de que Susana era la mejor compañera de viaje que había tenido en 15 años de viajero, dejaba el listón muy alto en lo sucesivo. Gracias Susana, ha sido un placer.
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